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Jueves, 07 de Enero de 2010


Sección Constante (Ilustrada y con coletillas) 31

*De fama al menos, todo el mundo conoce “La Cabaña del Tío Tom”, esta obra meritoria que ayudó tanto a acelerar la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos. Como drama, no hay día que no se represente “La Cabaña del Tío Tom” en algún teatro de la Unión; y el escándalo que atrajo sobre el nombre de la autora del libro, la señora Beecher, sus pretendidas revelaciones, no ha bastado a nublar el renombre de que goza la novelista afortunada que logró poner de relieve, en momento oportuno, los sufrimientos y miserable vida de los esclavos americanos en un libro que hace más impresión porque no se ve en él exageración, ni se nota esfuerzo. No fue el menor mérito de la escritora ir refrenando su indignación, y conteniendo su ira, a medida que describía las torturas de sus personajes. Eso hubiera dañado la obra. En las novelas, como en los poemas, y en los dramas, si el escritor no es actor permanente y visible, afloja su libro y compromete su éxito cada vez que su personalidad asoma en su obra. Y ese libro famoso, cuyos héroes están como vivos en la memoria de ingleses y norteamericanos, acaba de publicarse en Londres de manera que puede venderse a centavo cada ejemplar. Baratura mayor no se vio nunca; ni la de las mejores novelas de Walter Scout que se están vendiendo en el mismo Londres a seis centavos tomo.

Coletilla de Cubaperiodistas.- La Cabaña del Tìo Tom se publicó inicialmente en forma de episodios seriados en los años 1851-1852 en el periódico abolicionista The Nacional Era. Como libro su primera edición fue en 1852, y se vendieron 300 mil ejemplares. Se convirtió así en el libro más vendido en el siglo XIX en Estados Unidos. Harriet Beecher Stowe (1811-1896), quien nunca visitó el Sur de los Estados Unidos, fue la autora de este libro. Cuando Abraham Lincoln  la conoció en 1862, en plena Guerra de Secesión, al ver frente a él a una mujer de baja estatura, sólo media 1,50 metros, exclamó: “!Así que Usted es la pequeña mujer que provocó esta gran guerra”. Harriet Beecher Stowe fue autora de otras 15 novelas y relatos sociales.

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*Comienza a hacerse notoria, más que por sus talentos como actriz, por sus aventuras como mujer, una joven dama francesa, Mlle. Rhea. Habla y representa en inglés con tanta fluidez y gracia como en francés. En San Petersburgo goza de una fama semejante a la de la Bernhardt en París. Las economías que está realizando el nuevo zar en la imperial casa, la han hecho salir de Rusia, donde de señorita de compañía ascendió merced a su voz melodiosa, rostro bello y apostura arrogante a puesto de actriz a la moda. Muerto Alejandro II, que la favorecía, decidió salir de San Petersburgo, y apareció en un teatro de Londres, donde ganó fama en un papel donde es allí dificilísimo ganarla, en el papel de Beatriz, chispeante como un fuego de artificio en la liadísima comedia de Shakespeare “Como Ud. Quiera”. ¡Quién lo dijera! Nada hay tan familiar a los críticos, ni al público teatral de Inglaterra, como la obra shakespeariana. Los tiempos, como los años a los árboles monumentales, no hacen más que añadir a su hermosa. No sucede en Inglaterra con Shakespeare como en España, por ejemplo, con Lope, Calderón, Moreto o Tirso, que son muy gustados de los eruditos, y poco amados del público común. Los dramas de Shakespeare son celebrados, saboreados y oídos con el mismo fervor y atención con que se oirían cosas del presente, y nunca vistas. Así los que sacan inspiraciones del alma humana, que es la honda fuente eterna, vivirán siempre presentes en el alma humana. Mlle. Rhea está ahora en Nueva York.

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*La reina Victoria ha dejado ya que un rayo del sol de la vida penetre en sus negras tocas de viuda. Por primera vez desde la muerte de su esposo, ha ido a presenciar un drama en el teatro privado de uno de sus hijos, y le sirvió de compaña en una pieza de baile. No está de más, ya que de la Reina se habla, decir algo de uno de los escándalos de la Corte. Publicó hace poco Henri Labouchére, el periodista que con Edmundo Yates, goza de más fama entre los ingleses, un cuentecillo en apariencia insípido, en que se decía que la doncella que servía en el mostrador de bebidas del Hotel Corona y Cetro en Windsor, y, unida luego a un escocés, fue a los Estados Unidos, a servir en el Hotel Confederación, disgustó a sus nuevos marchantes, volvió a sus nativos lares, y se consoló con las atenciones de una persona de la curia. Pues ahora quieren los enemigos de Labouchére que se le condene como culpable de alta traición, porque esa historia que se refiere alude nada menos que a la princesa Luisa, que fue de gobernadora al Canadá, y ha vuelto a Inglaterra, con su esposo el marques de Lorne, siendo conocida la amistad que une a estas altas personas con el reverendo Duckworth.

Coletilla de Cubaperiodistas.- De dos importantes personajes ingleses habla Martí en la nota. De la Reina Victoria 1819-1901), quien fue la monarca británica que mayor tiempo ocupó el trono real–casi 64 años--, y del periodista, diplomático y político Henry Labouchere (1831-1912). Victoria reinó en una época caracterizada por la Revolución Industrial que convirtió a Gran Bretaña en la principal potencia mundial, lo que contribuyó a expandir su dominio imperial por el mundo.  Su etapa de reinado se le conoce como la época victoriana.  Fue monarca del Reino Unido de Gran Bretaña, Irlanda y Emperatriz de la India. Su esposo, el príncipe Alberto, amigo y confesor, falleció en 1861, y efectivamente Victoria guardó luto por él desde entonces, vistiendo de negro y alejándose de las apariciones públicas. La llamaron por eso “la viuda de Windson”. Con Alberto tuvo nueve hijos.  Labouchere estuvo casado con la actriz Enrique Hodson. Cuando ejerció el periodismo se inclinó a sacar a la luz pública escándalos de la corte y los políticos británicos, por lo cual fue demandado por difamación en varias ocasiones. Murió en Florencia y dejó a su hija una fortuna de dos millones de libras esterlinas.

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*Es cosa de ver el modo con que los bordeleses toman vino: porque en la misma Francia es fama, que no hay quien sepa gustar el rico zumo como ellos. El que tiene la botella, anuncia, con tono respetuoso, al verter el vino en el vaso: “Chateau Giscourt” o “Les Combes”, o “Margaux de 1840”. El catador toma silenciosamente el vaso entre el pulgar y el índice, lo levanta a la altura de sus ojos, hace girar con un ligero movimiento del codo el vino en el vaso, lo que hace percibir el aroma del líquido, que el bebedor aspira con deleite, mira una vez y otra vez el color transparente y rubio de la dulce pócima y lo bebe deliberadamente poco a poco y a pequeños sorbos. Luego vienen los comentarios científicos: el anfitrión mira a sus huéspedes ansioso: los huéspedes se consultan con los ojos; los adjetivos de encomio o de anatema se siguen en tropel. Si es desfavorable el juicio, se oirá decir que el vino es rebelde, duro, sin alma, desagradable, antipático, imperativo; si el vino ha parecido bueno a los catadores lo declaran amable, rico, fiero, dulce, perfumado, insinuante, incomparable.

(Sección Constante publicada el 26 de diciembre de 1981 en La Opinión Nacional, de Caracas)
 

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