Sección Constante
(Ilustrada y con
coletillas)
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*Hoy queremos transmitir la siguiente recomendación que de la
salutífera leche de burras acaba de hacer el ático escritor Guilmain
Abarca:
*Francisco
I de Francia, aquel rey que empezó el Louvre y que estuvo prisionero
en Madrid en la célebre torre de los Lujanes, padecía un catarro
pulmonar tan fuerte que los médicos, después de haberle propinado
cuantos jarabes prescribe la farmacopea, declararon que la
enfermedad presentaba síntomas alarmantes, que no respondían de la
vida del soberano.
Al hombre,
como es consiguiente, no le hizo maldita la gracia el diagnóstico de
sus facultativos y se quedó triste, muy triste. El caso no era para
menos.
Pues, señor,
un palaciego que amaga de veras a su rey le recomendó con instancias
cierto hebreo, muy hábil en eso de curar dolencias desesperadas.
El bueno del
rey Francisco, que esto oyó, sin encomendarse a Dios ni al diablo,
hizo venir al rabino, que era un tiote muy flaco, con barbas y
espejuelos, para que le curase la tos que tanto le molestaba,
teniéndole ya, a fuerza de expectoraciones, en un estado de
debilidad tan grande, que apenas podía andar sin apoyo.
En efecto: el
israelita visitó al paciente, le reconoció con detenida
escrupulosidad y declaró que los médicos que le asistían eran unos
solemnes… tales (no ha llegado hasta nosotros el calificativo); que
no había semejante peligro de muerte, y que para corroborarlo
disponía se le administrase al rey la cosa más simple del mundo
¡leche de burras! Con la que, al cabo de dos semanas, estaría
radicalmente curado.
Al oír tal
colosal despropósito, todos los cortesanos soltaron la carcajada, y
al rey mismo le hizo tanta gracia la ocurrencia que por poco se
ahoga de golpe de tos que le sobrevino con la risa. Pasado este
primer momento de buen humor, su majestad hizo un gesto de esos que
sabían hacer los soberanos absolutos de aquel tiempo, gesto cuya
traducción podía ser muy bien ¡cortadle la cabeza! Pero no: se
contentaron con declararlo loco y así quedó la cosa.
A todo esto el
rey tosía cada vez más y no podía descansar un solo instante por más
beleño que le encajaban, hasta que una mañana en que estaba
desesperado por no haber podido pegar los ojos en toda la noche, oyó
los rebuznos de una recua de pollinos que a la sazón pasada por
delante del palacio.
--¡Ah!
–exclamó dándose una palmada en la frente; –este es un aviso del
cielo. ¡Dadme a beber de la leche de esas bestias!
--¿De cuáles,
señor? –exclamó la servidumbre estupefacta y mirándose unos a
otros.
--De la de
esas pollinas que pasan por la calle.
--Pero, señor,
--objetó alguno.
--¡Lo quiero,
y lo mando! –respondió imperiosamente Francisco I.
Agacharon las
orejas los cortesanos, llamaron al burrero, le dieron a beber al rey
cuanta leche quiso…y con asombro de todos se quedó a poco
profundamente dormido.
A la mañana
siguiente, y a la otra, y a la otra, se repitió la dosis, y por
último, el rey se curó de aquel terrible catarro, que si no es por
el judío, o mejor dicho, por la leche de burras, le hubiera llevado
al sepulcro.
El monarca
francés, como era tan dicharachero, al verse completamente curado,
lo mismo que improvisó aquella famosa frase cuando perdió la batalla
de Pavía, de: “Todo se perdió menos el honor”, dice, no salimos
garantes del dicho, que repentizo el siguiente epigrama:
Por su
excelente bondad,
la leche de la pollina
me curso una enfermedad
que errara la medicina.
Cúmpleme,
pues, declarar,
y a nadie asombre el portento,
que debo más a un jumento
que a la ciencia de curar.
Desde
entonces, ricos y pobres, grandes y pequeños, lo mismo los que no
tenían más que un resfriado, como los que estaban en último grado de
tisis, todos, todos, sin distinción de sexo ni edad, se atracaron de
leche de burras. Por eso se conoce que la humanidad viene haciendo
tantas burradas.
No obstante,
la ciencia ha analizado los elementos de que se compone esta
sustancia, y la encuentra eficacísima para las afecciones
pulmonares. ¿Si? Pues leche de burras y a sudar.”
Coletilla de Cubaperiodistas.-
Francisco I de Francia (1494-1547). Se le llamó Rey Caballero, Rey
Guerrero, además de que se le considera un monarca emblemático del
período del renacimiento francés. Contribuyó al desarrollo de las
artes y las letras en Francia. Implantó el francés como idioma
oficial, y fue un aficionado a la caza y otros deportes.
-0-
*El
trono que ha de servir para la coronación del zar Alejandro III
perteneció a Constantino II, último emperador de Constantinopla. Su
heredera, Sofía Paleólogo, lo transportó a Moscú y lo vendió a la
corona rusa. En el reinado de Iván el Terrible fue apreciado en 2
500 rublos. Es todo de marfil y ostenta en la parte superior del
respaldo el águila bizantina y adornos de carácter mitológico que
representan a Orfeo y Eurídice, Leda, Saturno y otras figuras. El
trono de la zarina es también de procedencia oriental con relieves
persas de plata, y está guarnecido por 876 diamantes y rubíes y mil
223 zafiros, turquesas y perlas finas. Es del año 1659 y ostenta una
inscripción latina dedicada al zar
Alejo.
Fue presente de unos negociantes armenios.
Coletilla de Cubaperiodistas.-
Constantino II fue
uno de los hijos de Constantino el Grande. El imperio de
Constantinopla, que tuvo mil cien años de vida (315 al 1456, se
dividió cuando los hijos de Constantino II asumieron el poder. Con
respecto al zar ruso Alejandro III ascendió al trono en 1881 y
estuvo en él hasta 1894. Se convirtió en zar de Rusia luego del
asesinato de su padre en San Petersburgo. Se le considera un zar
autoritario que mantuvo intacto el sistema absolutista.
(Sección Constante
publicada en La Opinión Nacional de Caracas, el 3 de diciembre de
1881)
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