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Martes, 19 de Junio de 2012


La carta al editor del Herald (II Parte)

María Luisa García Moreno

Como expresé en un trabajo anterior, George Eugene Bryson, corresponsal del The New York Herald, diario de Nueva York, llegó el 2 de mayo al campamento mambí donde se encontraban José Martí y Máximo Gómez, quienes el 11 de abril habían desembarcado por Playitas de Cajobabo y ahora marchaban, atravesando la abrupta serranía, hacia el Camagüey. 

A partir de la llegada de Bryson, Martí trabajaría en la redacción de una carta manifiesto que el corresponsal se llevaría al marcharse, documento que se publicaría con la firma de José Martí, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, y Máximo Gómez, como general en jefe del Ejército Libertador.  

En ese documento, el Apóstol hace énfasis en “la incompatibilidad de carácter nacional, por sus raíces diversas y sus distintos grados de desarrollo, entre España y Cuba” y condena “la dependencia de un pueblo ágil y bueno” con respecto a una metrópoli decadente. De igual modo analiza cómo —tras el choque devastador de la conquista, que en Cuba significó el genocidio de nuestros aborígenes— durante cuatrocientos años, la metrópoli se enriqueció a costa de las riquezas de sus colonias: “América vino a ser tan ancha abra de riqueza robusta […]”. 

En lo que a Cuba se refiere, puntualiza nuestro Héroe Nacional, lleno de orgullo y emoción ante la heroica historia de su tierra: “[…] cuando estas ansias de libertad fructificaron en la revolución de 1868, aquel pueblo de hombres verdaderos redimió en su primer acto de nación la esclavitud negra que le daba a la vez soberbia al amo y gozos de opulencia; y sus mujeres se fueron a los montes a acompañar, vestidas de telas de árbol, a los maridos que peleaban por la libertad; y sus magnates incendiaron sonriendo las casas de sus pergaminos y señoríos”.

Del estudio minucioso de nuestra primera guerra libertaria, de sus méritos y de sus errores, sacó nuestro Martí razones para afirmar que “Los letrados regalones anduvieron diez años por el bosque con la República a la espalda” —y en ese adjetivo “regalones”, se esconde la crítica a los leguleyos que integraron la Cámara de Representantes, que tan nefasto papel desempeñó en esta guerra—, “sin más alimento a veces —continúa diciendo— que los animales desdeñados y las raíces salvajes. Los jóvenes elocuentes, con el rifle al hombro, buscaron tribuna a la sombra de los árboles” —porque no puede olvidarse que, a pesar de sus múltiples errores en la dirección de la guerra, esos hombres eran patriotas que enfrentaron múltiples sacrificios—. “El petimetre enamoradizo aprendió, en un golpe de alma, a cercenar de un machetazo las cabezas de la tiranía. El marqués descalzo enterraba con sus manos, en el silencio de las selvas, a la compañera que trajo a cuestas a la sepultura. La república nació, imperfecta como un gigante niño, de aquellos ancianos solariegos y demócratas imberbes” —y no podía ser de otra forma: como se sabe la Guerra del 68, fue iniciada por los patricios cubano, dispuestos al sacrificio sí, pero acostumbrados a decir la última palabra, a ordenar, a decidir… y poco dados a escuchar: señores o, como decía un colega profesor, “dones”— y aun así “[…] se ganaron batallas en que tres centenas de hombres dejaban por tierra a quinientos siete enemigos; y en los montes, fecundados por la revolución, surgían siembras, fábricas y talleres”.  

De igual manera halla tibias palabras para referirse al regionalismo, vicio que fue, en definitiva, una de las causas fundamentales del fracaso de aquella primera gesta; tibias, porque tras ese vicio se escondía el amor al terruño en que habían nacido y en el cual habían echado profundas raíces: “Y cuando el hábito de localización, creado a favor de la inexperiencia de los héroes, aisló y vició la guerra, y la perturbó de modo que pudo disuadirla el español […]”. Porque aun con sus muchos errores hubo en esa guerra y en sus próceres mucho heroísmo.  

Y el pueblo cubano es, desde aquellos lejanos tiempos un pueblo de tradición heroica: “De la tradición de sus hombres, de lucidez propia y rebelde; de la veneración de los mártires de la independencia; del largo ejercicio de la guerra y el destierro; del poder humano de abnegación y de creación, y del conocimiento y práctica de la vida liberal y trabajadora en las naciones ejemplares, surge a la vida política el hombre cubano verdadero, blanco o de color […] Así, templado al fuego de la vida corriente, es el pueblo cubano”.  

De nuestro pueblo, expresa con sabia y generosa palabra: “Él brilla por su cultura superior, como quien más, en los centros humanos, donde más se brilla, y en sus hijos humildes ya ha creado un carácter constante, moderado e iniciador. Él ha alzado de sí, frente a la sociedad apagada e incrédula de la colonia, un pueblo sereno, que se ofrece sin miedo al examen de los hombres justos, seguro de su simpatía y aprobación”. Con palabras plenamente vigentes se refiere Martí al carácter de nuestro pueblo, a “su capacidad para la independencia” y su “apego a la emancipación”, que son algunas de las cualidades que nos definen, desde entonces, como cubanos. 

Con la discreción, diplomacia o astucia que lo caracterizaron se refirió a un asunto que mucho le preocupaba, pero en el que era necesaria mucha cautela: “Los Estados Unidos, por ejemplo, preferirían contribuir a la solidez de la libertad de Cuba, con la amistad sincera a su pueblo independiente que los ama, y les abrirá sus licencias todas, a ser cómplice de una oligarquía pretenciosa y nula que solo buscase en ellos el modo de afincar el poder local de la clase, en verdad ínfima de la Isla, sobre la clase superior, la de sus conciudadanos productores”. Martí sabía de las intenciones norteamericanas, apenas unos días separan este documento de su carta inconclusa y tan reveladora a Manuel Mercado; pero era el momento de sumar y no de restar, y el pueblo norteamericano podría haber sido —no lo fue— un buen aliado de la causa cubana. 

Se refiere también a la política económica de España y a la forma en que “[…] el pueblo de Cuba […] paga, con el producto casi total de sus frutos despreciados en la lucha sin término entre el interés español, impotente para cerrar el único mercado a España en la Isla […] para establecer en repúblicas libres americanas su dominio europeo y monárquico. Hasta los gastos de la colonia de África debe pagar Cuba”. Y añade con visión del futuro que debió haber sido: “Es lícito desear que Cuba emplee en su desarrollo, con ventaja patente de los pueblos que la rodean, los caudales que paga para mantener sobre sí el gobierno que la corrompe”. 

Luego pasa al tema de la guerra independentista y afirma rotundo, consciente de la trascendencia de la labor realizada: “La Revolución había venido preparando ordenadamente, con un partido elector de bases republicanas, todos los elementos vivos de la independencia de Cuba, a fin de tenerlos a punto de acción en el instante en que, vacía ya la esperanza de reformas españolas, estallase a una voz la revolución inmortal definitiva, sin retirada ni reserva. Las dos generaciones: la de los veteranos y la de sus hijos […]” se han unido en esta guerra —no puede olvidarse que punta de lanza de su campaña organizadora de la guerra ha sido la batalla por la unión de los veteranos de la pasada guerra con “los pinos nuevos”—. Y más adelante se refiere a “[…] las dos fuerzas de la independencia: la que combate en la Isla y la que de afuera le ayuda a combatir […]”, pues no es posible prescindir del papel desempeñado por la emigración, de la cual el propio Martí fue motor impulsor.  

Continúa su análisis destacando cómo todos tienen un lugar en la guerra que ya ha comenzado: “La composición actual de los elementos de Cuba demuestra que la revolución magnánima, que verá con indulgencia la timidez de los cubanos lentos, y guardará el puesto a todas las fuerzas sociales, llegará sin dificultad a la victoria contra un enemigo cuyo ejército descontento e incompleto pelea de mal grado en una guerra contra la libertad […]”. Incluso se refiere a los anexionistas, a quienes llama “cubanos de adopción”, que “[…] vuelven aún los ojos al Norte, como buscando amparo a las represalias, que no ocurrirán jamás, de la República de Cuba”.  

Y aborda el problema racial, que tanto daño hizo a la Revolución cuando la Guerra Chiquita: “Ni el cubano negro, que en su propia cultura y la amistad del blanco justo halla alivio al apartamiento social […] solo se alzará contra quien le suponga capaz de atentar, por la cólera que revelaría inferioridad verdadera, contra la paz de su patria”, para completar la idea con un justo reconocimiento a aquellos próceres de la Guerra Grande que fueron capaces de liberar a sus esclavos, quienes constituían su principal fuente de riqueza: “La sublime emancipación de los esclavos por sus amos cubanos borró, sobre la tierra fecundada por la muerte hermana de criados y dueños, el odio todo de la esclavitud”.  

Al concluir Martí este documento hace un llamado a los pueblos del mundo, incluido el norteamericano, a quien va directa y sabiamente destinado el documento: “A los pueblos de la América española no pedimos aquí ayuda, porque firmará su deshonra aquel que nos la niegue. Al pueblo de los Estados Unidos mostramos en silencio, para que haga lo que deba, estas legiones de hombres que pelean por lo que pelearon ellos ayer […] Y al mundo preguntamos, seguros de la respuesta, si el sacrificio de un pueblo generoso, que se inmola por abrirse a él, hallará indiferente o impía a la humanidad por quien se hace”.

Este documento, que no fue íntegramente publicado en su momento, repite en esencia los puntos que nuestro Héroe Nacional y el Generalísimo habían abordado ya en el Manifiesto de Montecristi, dado a conocer por los líderes de la Revolución el 25 de marzo de ese mismo año. Esos puntos, de una u otra forma, aparecían expresados en los diferentes documentos que por esos días había elaborado Martí y que llevaban la firma de ambos jefes, en especial, la circular conocida como “Política de la guerra”, del 28 de abril de 1895. Y es que Martí había trazado sus planes acerca de la guerra necesaria luego de haber madurado sus ideas acerca del futuro de Cuba y había reiterado que la era solo un medio y no un fin.  

Nota

Todas las citas proceden de la carta documento Al editor del New York Herald, fechada el 2 de mayo de 1895. En: José Martí. Diarios de campaña. Biblioteca Familiar, s/f, p. 64-69. 

(Cubaperiodistas.cu)

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