La carta al editor del Herald (II
Parte)
María Luisa García Moreno
Como
expresé en un trabajo anterior, George Eugene Bryson,
corresponsal del The New York Herald, diario de Nueva
York, llegó el 2 de mayo al campamento mambí donde se
encontraban José Martí y Máximo Gómez, quienes el 11 de abril
habían desembarcado por Playitas de Cajobabo y ahora marchaban,
atravesando la abrupta serranía, hacia el Camagüey.
A partir
de la llegada de Bryson, Martí trabajaría en la redacción de una
carta manifiesto que el corresponsal se llevaría al marcharse,
documento que se publicaría con la firma de José Martí, como
Delegado del Partido Revolucionario Cubano, y Máximo Gómez, como
general en jefe del Ejército Libertador.
En ese
documento, el Apóstol hace énfasis en “la incompatibilidad de
carácter nacional, por sus raíces diversas y sus distintos
grados de desarrollo, entre España y Cuba” y condena “la
dependencia de un pueblo ágil y bueno” con respecto a una
metrópoli decadente. De igual modo analiza cómo —tras el choque
devastador de la conquista, que en Cuba significó el genocidio
de nuestros aborígenes— durante cuatrocientos años, la metrópoli
se enriqueció a costa de las riquezas de sus colonias: “América
vino a ser tan ancha abra de riqueza robusta […]”.
En lo que
a Cuba se refiere, puntualiza nuestro Héroe Nacional, lleno de
orgullo y emoción ante la heroica historia de su tierra: “[…]
cuando estas ansias de libertad fructificaron en la revolución
de 1868, aquel pueblo de hombres verdaderos redimió en su primer
acto de nación la esclavitud negra que le daba a la vez soberbia
al amo y gozos de opulencia; y sus mujeres se fueron a los
montes a acompañar, vestidas de telas de árbol, a los maridos
que peleaban por la libertad; y sus magnates incendiaron
sonriendo las casas de sus pergaminos y señoríos”.
Del
estudio minucioso de nuestra primera guerra libertaria, de sus
méritos y de sus errores, sacó nuestro Martí razones para
afirmar que “Los letrados regalones anduvieron diez años por el
bosque con la República a la espalda” —y en ese adjetivo
“regalones”, se esconde la crítica a los leguleyos que
integraron la Cámara de Representantes, que tan nefasto papel
desempeñó en esta guerra—, “sin más alimento a veces —continúa
diciendo— que los animales desdeñados y las raíces salvajes. Los
jóvenes elocuentes, con el rifle al hombro, buscaron tribuna a
la sombra de los árboles” —porque no puede olvidarse que, a
pesar de sus múltiples errores en la dirección de la guerra,
esos hombres eran patriotas que enfrentaron múltiples
sacrificios—. “El petimetre enamoradizo aprendió, en un golpe de
alma, a cercenar de un machetazo las cabezas de la tiranía. El
marqués descalzo enterraba con sus manos, en el silencio de las
selvas, a la compañera que trajo a cuestas a la sepultura. La
república nació, imperfecta como un gigante niño, de aquellos
ancianos solariegos y demócratas imberbes” —y no podía ser de
otra forma: como se sabe la Guerra del 68, fue iniciada por los
patricios cubano, dispuestos al sacrificio sí, pero
acostumbrados a decir la última palabra, a ordenar, a decidir… y
poco dados a escuchar: señores o, como decía un colega profesor,
“dones”— y aun así “[…] se ganaron batallas en que tres centenas
de hombres dejaban por tierra a quinientos siete enemigos; y en
los montes, fecundados por la revolución, surgían siembras,
fábricas y talleres”.
De igual
manera halla tibias palabras para referirse al regionalismo,
vicio que fue, en definitiva, una de las causas fundamentales
del fracaso de aquella primera gesta; tibias, porque tras ese
vicio se escondía el amor al terruño en que habían nacido y en
el cual habían echado profundas raíces: “Y cuando el hábito de
localización, creado a favor de la inexperiencia de los héroes,
aisló y vició la guerra, y la perturbó de modo que pudo
disuadirla el español […]”. Porque aun con sus muchos errores
hubo en esa guerra y en sus próceres mucho heroísmo.
Y el
pueblo cubano es, desde aquellos lejanos tiempos un pueblo de
tradición heroica: “De la tradición de sus hombres, de lucidez
propia y rebelde; de la veneración de los mártires de la
independencia; del largo ejercicio de la guerra y el destierro;
del poder humano de abnegación y de creación, y del conocimiento
y práctica de la vida liberal y trabajadora en las naciones
ejemplares, surge a la vida política el hombre cubano verdadero,
blanco o de color […] Así, templado al fuego de la vida
corriente, es el pueblo cubano”.
De nuestro
pueblo, expresa con sabia y generosa palabra: “Él brilla por su
cultura superior, como quien más, en los centros humanos, donde
más se brilla, y en sus hijos humildes ya ha creado un carácter
constante, moderado e iniciador. Él ha alzado de sí, frente a la
sociedad apagada e incrédula de la colonia, un pueblo sereno,
que se ofrece sin miedo al examen de los hombres justos, seguro
de su simpatía y aprobación”. Con palabras plenamente vigentes
se refiere Martí al carácter de nuestro pueblo, a “su capacidad
para la independencia” y su “apego a la emancipación”, que son
algunas de las cualidades que nos definen, desde entonces, como
cubanos.
Con la
discreción, diplomacia o astucia que lo caracterizaron se
refirió a un asunto que mucho le preocupaba, pero en el que era
necesaria mucha cautela: “Los Estados Unidos, por ejemplo,
preferirían contribuir a la solidez de la libertad de Cuba, con
la amistad sincera a su pueblo independiente que los ama, y les
abrirá sus licencias todas, a ser cómplice de una oligarquía
pretenciosa y nula que solo buscase en ellos el modo de afincar
el poder local de la clase, en verdad ínfima de la Isla, sobre
la clase superior, la de sus conciudadanos productores”. Martí
sabía de las intenciones norteamericanas, apenas unos días
separan este documento de su carta inconclusa y tan reveladora a
Manuel Mercado; pero era el momento de sumar y no de restar, y
el pueblo norteamericano podría haber sido —no lo fue— un buen
aliado de la causa cubana.
Se refiere
también a la política económica de España y a la forma en que
“[…] el pueblo de Cuba […] paga, con el producto casi total de
sus frutos despreciados en la lucha sin término entre el interés
español, impotente para cerrar el único mercado a España en la
Isla […] para establecer en repúblicas libres americanas su
dominio europeo y monárquico. Hasta los gastos de la colonia de
África debe pagar Cuba”. Y añade con visión del futuro que debió
haber sido: “Es lícito desear que Cuba emplee en su desarrollo,
con ventaja patente de los pueblos que la rodean, los caudales
que paga para mantener sobre sí el gobierno que la corrompe”.
Luego pasa
al tema de la guerra independentista y afirma rotundo,
consciente de la trascendencia de la labor realizada: “La
Revolución había venido preparando ordenadamente, con un partido
elector de bases republicanas, todos los elementos vivos de la
independencia de Cuba, a fin de tenerlos a punto de acción en el
instante en que, vacía ya la esperanza de reformas españolas,
estallase a una voz la revolución inmortal definitiva, sin
retirada ni reserva. Las dos generaciones: la de los veteranos y
la de sus hijos […]” se han unido en esta guerra —no puede
olvidarse que punta de lanza de su campaña organizadora de la
guerra ha sido la batalla por la unión de los veteranos de la
pasada guerra con “los pinos nuevos”—. Y más adelante se refiere
a “[…] las dos fuerzas de la independencia: la que combate en la
Isla y la que de afuera le ayuda a combatir […]”, pues no es
posible prescindir del papel desempeñado por la emigración, de
la cual el propio Martí fue motor impulsor.
Continúa
su análisis destacando cómo todos tienen un lugar en la guerra
que ya ha comenzado: “La composición actual de los elementos de
Cuba demuestra que la revolución magnánima, que verá con
indulgencia la timidez de los cubanos lentos, y guardará el
puesto a todas las fuerzas sociales, llegará sin dificultad a la
victoria contra un enemigo cuyo ejército descontento e
incompleto pelea de mal grado en una guerra contra la libertad
[…]”. Incluso se refiere a los anexionistas, a quienes llama
“cubanos de adopción”, que “[…] vuelven aún los ojos al Norte,
como buscando amparo a las represalias, que no ocurrirán jamás,
de la República de Cuba”.
Y aborda
el problema racial, que tanto daño hizo a la Revolución cuando
la Guerra Chiquita: “Ni el cubano negro, que en su propia
cultura y la amistad del blanco justo halla alivio al
apartamiento social […] solo se alzará contra quien le suponga
capaz de atentar, por la cólera que revelaría inferioridad
verdadera, contra la paz de su patria”, para completar la idea
con un justo reconocimiento a aquellos próceres de la Guerra
Grande que fueron capaces de liberar a sus esclavos, quienes
constituían su principal fuente de riqueza: “La sublime
emancipación de los esclavos por sus amos cubanos borró, sobre
la tierra fecundada por la muerte hermana de criados y dueños,
el odio todo de la esclavitud”.
Al
concluir Martí este documento hace un llamado a los pueblos del
mundo, incluido el norteamericano, a quien va directa y
sabiamente destinado el documento: “A los pueblos de la América
española no pedimos aquí ayuda, porque firmará su deshonra aquel
que nos la niegue. Al pueblo de los Estados Unidos mostramos en
silencio, para que haga lo que deba, estas legiones de hombres
que pelean por lo que pelearon ellos ayer […] Y al mundo
preguntamos, seguros de la respuesta, si el sacrificio de un
pueblo generoso, que se inmola por abrirse a él, hallará
indiferente o impía a la humanidad por quien se hace”.
Este
documento, que no fue íntegramente publicado en su momento,
repite en esencia los puntos que nuestro Héroe Nacional y el
Generalísimo habían abordado ya en el Manifiesto de
Montecristi, dado a conocer por los líderes de la Revolución
el 25 de marzo de ese mismo año. Esos puntos, de una u otra
forma, aparecían expresados en los diferentes documentos que por
esos días había elaborado Martí y que llevaban la firma de ambos
jefes, en especial, la circular conocida como “Política de la
guerra”, del 28 de abril de 1895. Y es que Martí había trazado
sus planes acerca de la guerra necesaria luego de haber madurado
sus ideas acerca del futuro de Cuba y había reiterado que la era
solo un medio y no un fin.
Nota
Todas las
citas proceden de la carta documento Al editor del New York
Herald, fechada el 2 de mayo de 1895. En: José Martí.
Diarios de campaña. Biblioteca Familiar, s/f, p. 64-69.
(Cubaperiodistas.cu)