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Miércoles, 02 de Mayo de 2012


Un funeral chino en Nueva York

María Luisa García Moreno

De todos es conocido el interés de nuestro José Martí por el ser humano, su solidaridad con los oprimidos y discriminados en cualquier circunstancia y su respeto, su admiración, por todo aquel que, de una u otra forma, se rebela contra la opresión y el despotismo. Pues bien, todo ello puede apreciarse en “A propósito de un funeral chino”, una de sus habituales colaboraciones a la publicación bonaerense La Nación, fechada en Nueva York, el 29 de octubre de 1888 y vio la luz el 16 de diciembre del mismo año en las páginas del diario argentino.

Resulta interesante conocer que alrededor de 1888, se debatían en el Congreso de Estados Unidos toda una serie de restricciones a la presencia china en ese país, restricciones que, finalmente, fueron aprobadas, hecho al que Martí, dispuesto siempre a esgrimir su espada contra cualquier injusticia, también alude en su trabajo, como causa de la muerte. 

El motivo del artículo fue el fallecimiento de Li In Du, el ilustre general chino que derrotara a los franceses en Tonquín, el cual ocurrió precisamente en 1888. Su entierro en Chinatown, fue multitudinario. Resulta fácil comprender el interés de los redactores de los Archivos… en esta prolija y colorida crónica acerca de los funerales del general chino, en medio de Nueva York, texto en que el hábil redactor narra: “[…] abrió paso Nueva York a los chinos vestidos de colores que con magnas honras, a usanza asiática, seguían el féretro del general ilustre de los Pabellones Negros, de Li In Du, que se les ha muerto en los brazos […]”. Para de inmediato, invitar a sus lectores a adentrarse junto a él en la pintoresca ceremonia: “Hoy hay música extraña, la música de los funerales de Li In Du. Vamos, con Nueva York curiosa, a oírla”. Curiosa y original exhortación, pues de aquella inusual ceremonia descrita con preciosismo, lo único que no llega al lector es la música; aunque quizás las palabras del cronista sean capaces de poblar las mentes de sonidos. 

A través de toda la crónica, Martí detalla con gran plasticidad trajes, objetos y lugares, colores y formas, costumbres y ritos. Y también una filosofía de la vida, bien diferente de la nuestra, pero no por eso menos digna de respeto: “Pero no se mesan el cabello, ni se desgarran los vestidos, ni se descubren la cabeza, ni cesan de fumar, ni muestran pena por el cambio de estado del que les defendió tan bien la tierra, al pie de la gran bandera roja […] La vida es como la pared de la jarra, que contiene el vacío útil, el vacío que se llena con leche, con vino, con miel, con perfume; pero más que la pared, vale en la jarra el vacío, como la eternidad, dichosa y sin límites, vale más que la existencia donde el hombre no puede hacer triunfar la libertad. Morir ¿no es volver a lo que se era en principio?”. 

Amén de las llamativas costumbres chinas, que Martí describe perfeccionista, al amante de la libertad le interesan por sobre todas las cosas las ideas y las acciones de los hombres en pro de la libertad; por eso, caracteriza al héroe chino: “Li In Du fue persona valiente: derrotó a Francia en Tonquín: usó de su prestigio para favorecer a los amigos de la libertad: ni el prestigio le valió contra la persecución de los autoritarios, que no quieren sacar a China de su orden de clases: con la vida escapó apenas […]”. Y pensando en su presente y en su América doliente y hasta en Cuba, contrasta la dignidad del general chino con la de “[…] tanto espadón de nuestra raza, que cree que el haber sido hombre una vez, defendiendo a la patria, le autoriza a dejar de serlo, viviendo de ella. ¡La libertad tiene sus bandidos!”.  

Para redondear la imagen del general chino, escribe nuestro Martí: “Li In Du es masón: es librepensador, es cabeza propia, es venerable en la masonería china […] Por todas partes hierve el mundo y padece el hombre, por asegurar la libertad de su albedrío. ¡De eso tenía Li In Du la frente chata y los pómulos aplastados, de dar topetazos, cara a cara, al imperio despótico! Era taoísta viejo, que cree en la población aérea, en el descanso del pelear, en el individuo perdurable, en la transfiguración y asiento final, luego de cumplido el deber […] Y con el mallete de masón le ha estado ablandando la cabeza al emperador chino. Conmueven estos rebeldes que fundan. Se ve salir a estos hombres como llamas de entre la maraña tupida”. (Estas palabras recuerdan aquellas con que en La Edad de Oro se refiere a los héroes o aquellas otras con que en magnífico discurso habla de Bolívar.) 

En la propia voz de los participantes en la luctuosa ceremonia, trae la memoria viva del general chino: “[…] Li In Du era general terrible, que en la batalla parecía un pilar con alas, un pilar de los que el chino erige para espantar los demonios, de que mató mucho francés […]”; aunque “[…] no se ha de pisar un insecto ni cortar un árbol, porque es destruir la vida”. 

Y no solo se refiere Martí a la libertad patria, sino también a las libertades o derechos individuales —hoy se hablaría de derechos humanos— que a los chinos les eran negados o cuando menos limitados en aquella sociedad discriminatoria: “[…] se empleó en traficar en cosas de su tierra, que es, con lavar ropa y servir de comer, en lo que por acá permiten a los chinos ocuparse. Porque si se ocupan en minas o en ferrocarriles, como a fieras los persiguen, los echan de sus cabañas a balazos, y los queman vivos”. Y más adelante, afirmó el Maestro: “El hombre amarillo lleva el ojo de la fiera cazada: va mirando a su alrededor, como para precaverse de una ofensa: va blasfemando a media voz, lleno el ojo de fuego: va con la cabeza baja, como para que le perdonen la culpa de vivir”.  

De igual manera, aborda en su interesante crónica el irrespeto humano hacia todo aquello que es diferente: “[…] se agruparon en el cementerio junto a la fosa, donde los empujaban con risas y chistes crueles, millares de curiosos, de rufianes desocupados […] Los árboles, por hojas, tenían pilluelos […]”. 

Un hombre ha muerto; amigos y parientes le despiden a la usanza de su pueblo, de su cultura. Otro hombre, abierto a lo mejor de lo humano en cualquier latitud, observa y recrea, graba la ceremonia para el futuro con todo respeto. Una crónica martiana que pone al descubierto la vida en la Nueva York de finales del siglo xix. Una visión de ayer y de hoy acerca de lo humano… 

Nota

1 Las citas están tomadas de José Martí: “Los chinos en Cuba”. En: Archivos del Folklore Cubano, tomo dos, vol. V, núm. 2 (en proceso de edición). Este texto aparece en las Obras completas, tomo 12, Ed. de Ciencias Sociales, 1975, pp. 75-83, bajo el título de “Un funeral chino”.

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