Un funeral chino en Nueva York
María Luisa García Moreno
De todos
es conocido el interés de nuestro José Martí por el ser humano,
su solidaridad con los oprimidos y discriminados en cualquier
circunstancia y su respeto, su admiración, por todo aquel que,
de una u otra forma, se rebela contra la opresión y el
despotismo. Pues bien, todo ello puede apreciarse en “A
propósito de un funeral chino”, una de sus habituales
colaboraciones a la publicación bonaerense La Nación,
fechada en Nueva York, el 29 de octubre de 1888 y vio la luz el
16 de diciembre del mismo año en las páginas del diario
argentino.
Resulta
interesante conocer que alrededor de 1888, se debatían en el
Congreso de Estados Unidos toda una serie de restricciones a la
presencia china en ese país, restricciones que, finalmente,
fueron aprobadas, hecho al que Martí, dispuesto siempre a
esgrimir su espada contra cualquier injusticia, también alude en
su trabajo, como causa de la muerte.
El motivo
del artículo fue el fallecimiento de Li In Du, el ilustre
general chino que derrotara a los franceses en Tonquín, el cual
ocurrió precisamente en 1888. Su entierro en Chinatown, fue
multitudinario. Resulta fácil comprender el interés de los
redactores de los Archivos… en esta prolija y colorida
crónica acerca de los funerales del general chino, en medio de
Nueva York, texto en que el hábil redactor narra: “[…] abrió
paso Nueva York a los chinos vestidos de colores que con magnas
honras, a usanza asiática, seguían el féretro del general
ilustre de los Pabellones Negros, de Li In Du, que se les ha
muerto en los brazos […]”. Para de inmediato, invitar a sus
lectores a adentrarse junto a él en la pintoresca ceremonia:
“Hoy hay música extraña, la música de los funerales de Li In Du.
Vamos, con Nueva York curiosa, a oírla”. Curiosa y original
exhortación, pues de aquella inusual ceremonia descrita con
preciosismo, lo único que no llega al lector es la música;
aunque quizás las palabras del cronista sean capaces de poblar
las mentes de sonidos.
A través
de toda la crónica, Martí detalla con gran plasticidad trajes,
objetos y lugares, colores y formas, costumbres y ritos. Y
también una filosofía de la vida, bien diferente de la nuestra,
pero no por eso menos digna de respeto: “Pero no se mesan el
cabello, ni se desgarran los vestidos, ni se descubren la
cabeza, ni cesan de fumar, ni muestran pena por el cambio de
estado del que les defendió tan bien la tierra, al pie de la
gran bandera roja […] La vida es como la pared de la jarra, que
contiene el vacío útil, el vacío que se llena con leche, con
vino, con miel, con perfume; pero más que la pared, vale en la
jarra el vacío, como la eternidad, dichosa y sin límites, vale
más que la existencia donde el hombre no puede hacer triunfar la
libertad. Morir ¿no es volver a lo que se era en principio?”.
Amén de
las llamativas costumbres chinas, que Martí describe
perfeccionista, al amante de la libertad le interesan por sobre
todas las cosas las ideas y las acciones de los hombres en pro
de la libertad; por eso, caracteriza al héroe chino: “Li In Du
fue persona valiente: derrotó a Francia en Tonquín: usó de su
prestigio para favorecer a los amigos de la libertad: ni el
prestigio le valió contra la persecución de los autoritarios,
que no quieren sacar a China de su orden de clases: con la vida
escapó apenas […]”. Y pensando en su presente y en su América
doliente y hasta en Cuba, contrasta la dignidad del general
chino con la de “[…] tanto espadón de nuestra raza, que cree que
el haber sido hombre una vez, defendiendo a la patria, le
autoriza a dejar de serlo, viviendo de ella. ¡La libertad tiene
sus bandidos!”.
Para
redondear la imagen del general chino, escribe nuestro Martí:
“Li In Du es masón: es librepensador, es cabeza propia, es
venerable en la masonería china […] Por todas partes hierve el
mundo y padece el hombre, por asegurar la libertad de su
albedrío. ¡De eso tenía Li In Du la frente chata y los pómulos
aplastados, de dar topetazos, cara a cara, al imperio despótico!
Era taoísta viejo, que cree en la población aérea, en el
descanso del pelear, en el individuo perdurable, en la
transfiguración y asiento final, luego de cumplido el deber […]
Y con el mallete de masón le ha estado ablandando la cabeza al
emperador chino. Conmueven estos rebeldes que fundan. Se ve
salir a estos hombres como llamas de entre la maraña tupida”.
(Estas palabras recuerdan aquellas con que en La Edad de Oro
se refiere a los héroes o aquellas otras con que en magnífico
discurso habla de Bolívar.)
En la
propia voz de los participantes en la luctuosa ceremonia, trae
la memoria viva del general chino: “[…] Li In Du era general
terrible, que en la batalla parecía un pilar con alas, un pilar
de los que el chino erige para espantar los demonios, de que
mató mucho francés […]”; aunque “[…] no se ha de pisar un
insecto ni cortar un árbol, porque es destruir la vida”.
Y no solo
se refiere Martí a la libertad patria, sino también a las
libertades o derechos individuales —hoy se hablaría de derechos
humanos— que a los chinos les eran negados o cuando menos
limitados en aquella sociedad discriminatoria: “[…] se empleó en
traficar en cosas de su tierra, que es, con lavar ropa y servir
de comer, en lo que por acá permiten a los chinos ocuparse.
Porque si se ocupan en minas o en ferrocarriles, como a fieras
los persiguen, los echan de sus cabañas a balazos, y los queman
vivos”. Y más adelante, afirmó el Maestro: “El hombre amarillo
lleva el ojo de la fiera cazada: va mirando a su alrededor, como
para precaverse de una ofensa: va blasfemando a media voz, lleno
el ojo de fuego: va con la cabeza baja, como para que le
perdonen la culpa de vivir”.
De igual
manera, aborda en su interesante crónica el irrespeto humano
hacia todo aquello que es diferente: “[…] se agruparon en el
cementerio junto a la fosa, donde los empujaban con risas y
chistes crueles, millares de curiosos, de rufianes desocupados
[…] Los árboles, por hojas, tenían pilluelos […]”.
Un hombre
ha muerto; amigos y parientes le despiden a la usanza de su
pueblo, de su cultura. Otro hombre, abierto a lo mejor de lo
humano en cualquier latitud, observa y recrea, graba la
ceremonia para el futuro con todo respeto. Una crónica martiana
que pone al descubierto la vida en la Nueva York de finales del
siglo xix. Una
visión de ayer y de hoy acerca de lo humano…
Nota
1
Las citas están tomadas de José Martí: “Los chinos en Cuba”. En:
Archivos del Folklore Cubano, tomo dos, vol. V, núm. 2
(en proceso de edición). Este texto aparece en las Obras
completas, tomo 12, Ed. de Ciencias Sociales, 1975, pp.
75-83, bajo el título de “Un funeral chino”.