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Lunes, 09 de Abril de 2012


10 de abril
La asamblea de Guáimaro: el abrazo de los fundadores

María Luisa García

Como se sabe, nuestro Martí no solo fue un entusiasta admirador de los iniciadores de la epopeya del 68, sino, además, un profundo estudioso de los errores que cometieron los padres fundadores en sus primeros pasos por el arduo y difícil camino de la libertad. Y ¡claro!, vale aclarar que su objetivo no era criticar por criticar: de los errores de esa primera fase de nuestras luchas, sacó el organizador de la guerra necesaria importantes lecciones, que de haber estado él presente durante la gesta del 95, es de esperar que no se hubieran repetido dichos errores, como en definitiva ocurrió, con nefastas consecuencias para la nación cubana. 

Por eso, al escribir “El 10 de abril”, trabajo publicado en Patria ese día de 1892, su pluma desbordaba emoción al rememorar aquel día grande, en que quienes habían puesto su empeño en la conquista de una Cuba libre, se reunieron en Guáimaro, para dar forma legal y organizada a la revolución: “[…] Guáimaro libre nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en la gloria y en el sacrificio. Era mañana y feria de almas Guáimaro […]”. Con júbilo, tiene el periodista José Martí una palabra de halago para cada uno de los participantes y destaca la alegría de los pobladores. Y también resalta el respeto entre los cabecillas insurrectos: “¿Por quién manda Céspedes que echen a vuelo las campanas, que Guáimaro se conmueva y alegre, que salga entero a recibir a una modesta comitiva? Entra Ignacio Agramonte […]”.

Con idéntica emoción, relata el Apóstol: “Al caer la noche, cuando el entusiasmo no cabe ya en las casas, en la plaza es la cita, y una mesa la tribuna: toda es amor y fuerza la palabra; se aspira a lo mayor, y se sienten bríos para asegurarlo; la elocuencia es arenga: y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana”, porque no podía olvidar quien siempre tuvo palabras de elogio para la mujer a quien fue la primera en reclamar el derecho a combatir por su patria.  

Pero enseguida apunta: “En los modos y en el ejercicio de la carta se enredó, y cayó tal vez, el caballo libertador; y hubo yerro acaso en ponerles pesas a las alas, en cuanto a formas y regulaciones, pero nunca en escribir en ellas la palabra de luz. Ni Cuba ni la historia olvidarán jamás que el que llegó a ser el primero en la guerra, comenzó siendo el primero en exigir el respeto de la ley… Estaba Guáimaro más que nunca hermosa. Era el pueblo señorial como familia en fiesta. Venían el Oriente, y el Centro, y las Villas al abrazo de los fundadores”.  

Desde estas primeras palabras señala Martí, cómo el exceso de idealismo llevó a una forma republicana que, desde la propia Constitución, cortó las alas al desarrollo de la guerra, al conferir a la Cámara de Representantes la potestad de interferir en los asuntos militares, y de nombrar y deponer tanto al presidente de la República de Cuba en Armas como al general en jefe —“[…] Que aunque suene, por parte de los unos a amenaza o reticencia, dice Martí, los otros consentirán en que la Cámara quede con el derecho de juzgar y de deponer a los funcionarios que puede nombrar. Que la Cámara pueda nombrar al presidente de la República”.—, hechos que, como se sabe, tuvieron dramáticas consecuencias en la muerte de Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo, y en el propio curso de la Guerra de los Diez Años, consecuencias que harían exclamar a Martí: “Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos”.* 

Y así ocurrió “Que Céspedes, convencido de la urgencia de arremeter, cedía a la traba de la Cámara. Que Agramonte y Zambrana, porque no se les tuviera la idea de la Cámara por aspiración personal, ponían, en el proyecto de constitución que la junta de representantes les encargó, lejos de su alcance por algunos años la edad de la presidencia”. Exceso de idealismo que traería fatales consecuencias… 

También explica Martí cómo Céspedes cedió “[…] la bandera nueva que echó al mundo en Yara, para que imperase la bandera de Narciso López”. En otro momento del propio trabajo había expresado: “El pabellón nuevo de Yara cedía, por la antigüedad y la historia, al pabellón saneado por la muerte […]”, porque su opinión sobre Narciso López, aventurero y anexionista, quedó escrita en otros trabajos; pero la sangre derramada por la libertad patria hizo que esa bandera —esgrimida por López en Cárdenas y por Joaquín de Agüero en Puerto Príncipe— se convirtiera en nuestra enseña nacional. Y ya desde el propio 10 de abril de 1869 se determinó que “el estandarte de Yara y de Bayamo se conservaría en el salón de sesiones de la Cámara, y sería considerado como parte del tesoro de la República”, con lo que se iniciaba la que es hoy una de nuestras más hermosas tradiciones patrias.  

Martí describe, como si hubiera estado presente, el desarrollo de las sesiones “Céspedes presidió, ceremonioso y culto: Agramonte y Zambrana presentaron el proyecto […]  Agramonte, con fuego y poder, ponía la majestad en el ajuste de la palabra sumisa y el pensamiento republicano […]  Y Céspedes, si hablaba, era con el acero debajo de la palabra, y mesurado y prolijo. En conjunto aprobaron el proyecto los representantes, y luego por artículos, «con ligeras enmiendas» […] El once, a la misma mesa, se sentaban, ya en Cámara, los diputados, y por la autoridad del artículo séptimo de la constitución eligieron presidente del poder ejecutivo a quien fue el primero en ejecutar, a Carlos Manuel de Céspedes”. 

(Resulta conveniente aclarar —porque con frecuencia se escucha que Tomás Estrada Palma fue el primer presidente de la República— que nuestro primer presidente fue el Padre de la Patria.) 

Describe Martí el solemne juramento: “De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino […]”, y concluye refiriéndose a la reacción, a la alegría popular: “Afuera, en el gentío, le caían a uno las lágrimas: otro, apretaba la mano a su compañero: otro oró con fervor. Apiñadas las cabezas ansiosas, las cabezas de hacendados y de abogados y de coroneles, las cabezas quemadas del campo y las rubias de la universidad, vieron salir, a la alegría del pueblo, los que de una aventura de gloria entraban en el decoro y obligación de la república, los que llevaban ya en sí aquella majestad, y como súbita estatura, que pone en los hombres la confianza de sus conciudadanos”.  

Hermoso debe haber sido ese 10 de abril en que la nación cubana adoptó su primera forma legal. Con emotivas palabras José Martí nos trae el recuerdo. También nosotros debemos rememorar ese día como una de las joyas del tesoro de la patria; pero, como Martí, debemos reflexionar y sacar lecciones.   

Notas

* José Martí: Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868, en Hardman Hall, Nueva York, el 10 de octubre de 1890. En Obras completas, Tomo 4. Centro de estudios Martianos, Colección digital, 2007, p. 248.

Las demás citas han sido tomadas de: José Martí: “El 1º de abril”. En: Cuadernos martianos II. Selección de Cintio Vitier, 1997, pp. 49-56.

(Cubaperiodistas.cu)

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