10 de abril
La asamblea de Guáimaro:
el abrazo de los fundadores
María Luisa García
Como se
sabe, nuestro Martí no solo fue un entusiasta admirador de los
iniciadores de la epopeya del 68, sino, además, un profundo
estudioso de los errores que cometieron los padres fundadores en
sus primeros pasos por el arduo y difícil camino de la libertad.
Y ¡claro!, vale aclarar que su objetivo no era criticar por
criticar: de los errores de esa primera fase de nuestras luchas,
sacó el organizador de la guerra necesaria importantes
lecciones, que de haber estado él presente durante la gesta del
95, es de esperar que no se hubieran repetido dichos errores,
como en definitiva ocurrió, con nefastas consecuencias para la
nación cubana.
Por eso,
al escribir “El 10 de abril”, trabajo publicado en Patria
ese día de 1892, su pluma desbordaba emoción al rememorar aquel
día grande, en que quienes habían puesto su empeño en la
conquista de una Cuba libre, se reunieron en Guáimaro, para dar
forma legal y organizada a la revolución: “[…] Guáimaro libre
nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en
la gloria y en el sacrificio. Era mañana y feria de almas
Guáimaro […]”. Con júbilo, tiene el periodista José Martí una
palabra de halago para cada uno de los participantes y destaca
la alegría de los pobladores. Y también resalta el respeto entre
los cabecillas insurrectos: “¿Por quién manda Céspedes que echen
a vuelo las campanas, que Guáimaro se conmueva y alegre, que
salga entero a recibir a una modesta comitiva? Entra Ignacio
Agramonte […]”.
Con
idéntica emoción, relata el Apóstol: “Al caer la noche, cuando
el entusiasmo no cabe ya en las casas, en la plaza es la cita, y
una mesa la tribuna: toda es amor y fuerza la palabra; se aspira
a lo mayor, y se sienten bríos para asegurarlo; la elocuencia es
arenga: y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante,
Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia
del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que
la de la mujer cubana”, porque no podía olvidar quien siempre
tuvo palabras de elogio para la mujer a quien fue la primera en
reclamar el derecho a combatir por su patria.
Pero
enseguida apunta: “En los modos y en el ejercicio de la carta se
enredó, y cayó tal vez, el caballo libertador; y hubo yerro
acaso en ponerles pesas a las alas, en cuanto a formas y
regulaciones, pero nunca en escribir en ellas la palabra de luz.
Ni Cuba ni la historia olvidarán jamás que el que llegó a ser el
primero en la guerra, comenzó siendo el primero en exigir el
respeto de la ley… Estaba Guáimaro más que nunca hermosa. Era el
pueblo señorial como familia en fiesta. Venían el Oriente, y el
Centro, y las Villas al abrazo de los fundadores”.
Desde
estas primeras palabras señala Martí, cómo el exceso de
idealismo llevó a una forma republicana que, desde la propia
Constitución, cortó las alas al desarrollo de la guerra, al
conferir a la Cámara de Representantes la potestad de interferir
en los asuntos militares, y de nombrar y deponer tanto al
presidente de la República de Cuba en Armas como al general en
jefe —“[…] Que aunque suene, por parte de los unos a amenaza o
reticencia, dice Martí, los otros consentirán en que la Cámara
quede con el derecho de juzgar y de deponer a los funcionarios
que puede nombrar. Que la Cámara pueda nombrar al presidente de
la República”.—, hechos que, como se sabe, tuvieron dramáticas
consecuencias en la muerte de Carlos Manuel de Céspedes y del
Castillo, y en el propio curso de la Guerra de los Diez Años,
consecuencias que harían exclamar a Martí: “Nuestra espada no
nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros
mismos”.*
Y así
ocurrió “Que Céspedes, convencido de la urgencia de arremeter,
cedía a la traba de la Cámara. Que Agramonte y Zambrana, porque
no se les tuviera la idea de la Cámara por aspiración personal,
ponían, en el proyecto de constitución que la junta de
representantes les encargó, lejos de su alcance por algunos años
la edad de la presidencia”. Exceso de idealismo que traería
fatales consecuencias…
También
explica Martí cómo Céspedes cedió “[…] la bandera nueva que echó
al mundo en Yara, para que imperase la bandera de Narciso
López”. En otro momento del propio trabajo había expresado: “El
pabellón nuevo de Yara cedía, por la antigüedad y la historia,
al pabellón saneado por la muerte […]”, porque su opinión sobre
Narciso López, aventurero y anexionista, quedó escrita en otros
trabajos; pero la sangre derramada por la libertad patria hizo
que esa bandera —esgrimida por López en Cárdenas y por Joaquín
de Agüero en Puerto Príncipe— se convirtiera en nuestra enseña
nacional. Y ya desde el propio 10 de abril de 1869 se determinó
que “el estandarte de Yara y de Bayamo se conservaría en el
salón de sesiones de la Cámara, y sería considerado como parte
del tesoro de la República”, con lo que se iniciaba la que es
hoy una de nuestras más hermosas tradiciones patrias.
Martí
describe, como si hubiera estado presente, el desarrollo de las
sesiones “Céspedes presidió, ceremonioso y culto: Agramonte y
Zambrana presentaron el proyecto […] Agramonte, con fuego y
poder, ponía la majestad en el ajuste de la palabra sumisa y el
pensamiento republicano […] Y Céspedes, si hablaba, era con el
acero debajo de la palabra, y mesurado y prolijo. En conjunto
aprobaron el proyecto los representantes, y luego por artículos,
«con ligeras enmiendas» […] El once, a la misma mesa, se
sentaban, ya en Cámara, los diputados, y por la autoridad del
artículo séptimo de la constitución eligieron presidente del
poder ejecutivo a quien fue el primero en ejecutar, a Carlos
Manuel de Céspedes”.
(Resulta
conveniente aclarar —porque con frecuencia se escucha que Tomás
Estrada Palma fue el primer presidente de la República— que
nuestro primer presidente fue el Padre de la Patria.)
Describe
Martí el solemne juramento: “De pie juró la ley de la República
el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de
entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la
patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos
del destino […]”, y concluye refiriéndose a la reacción, a la
alegría popular: “Afuera, en el gentío, le caían a uno las
lágrimas: otro, apretaba la mano a su compañero: otro oró con
fervor. Apiñadas las cabezas ansiosas, las cabezas de hacendados
y de abogados y de coroneles, las cabezas quemadas del campo y
las rubias de la universidad, vieron salir, a la alegría del
pueblo, los que de una aventura de gloria entraban en el decoro
y obligación de la república, los que llevaban ya en sí aquella
majestad, y como súbita estatura, que pone en los hombres la
confianza de sus conciudadanos”.
Hermoso
debe haber sido ese 10 de abril en que la nación cubana adoptó
su primera forma legal. Con emotivas palabras José Martí nos
trae el recuerdo. También nosotros debemos rememorar ese día
como una de las joyas del tesoro de la patria; pero, como Martí,
debemos reflexionar y sacar lecciones.
Notas
*
José Martí: Discurso en conmemoración del 10 de Octubre de 1868,
en Hardman Hall, Nueva York, el 10 de octubre de 1890. En
Obras completas, Tomo 4. Centro de estudios Martianos,
Colección digital, 2007, p. 248.
Las demás
citas han sido tomadas de: José Martí: “El 1º de abril”. En:
Cuadernos martianos II. Selección de Cintio Vitier, 1997,
pp. 49-56.
(Cubaperiodistas.cu)