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A 120 años de “Nuestra América”
María Luisa García Moreno
A finales del
siglo xix, Estados
Unidos se presentaba ya como una gran potencia mundial,
cuya expansión territorial estuvo marcada, en primer término, por
una despiadada guerra contra los pueblos indígenas, pobladores
originarios de esas tierras. Además, Estados Unidos se había anexado
el 55% del territorio mexicano (2 400 000 km2)
en la guerra injusta desatada contra ese país entre 1846-1848,
y Alaska, comprada a Rusia, por algo más de siete millones de
dólares, en 1867.
José Martí, quien por entonces
estaba radicado en ese país, había observado y estudiado
minuciosamente su desarrollo y había comprendido el peligro que la
gran nación del norte significaba para los pueblos de la América
Hispana. Muchas de sus reflexiones fueron concretadas en un
documento que vio la luz hace 120 años.
El 1ro. de enero de 1891, apareció
publicado por primera vez en La Revista Ilustrada de Nueva York
su ensayo “Nuestra América”. Muy poco después, el 30 de enero
del propio año, el trascendente documento fue publicado en El
Partido Liberal, de México.
A 120 años de su nacimiento,
mantiene plena vigencia y nos sigue alertando de “los gigantes que
llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima”,
“de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire
dormidos engullendo mundos” a la vez que reclama que “Lo que quede
de aldea en América ha de despertar”, porque “Estos tiempos no son
para acostarse con el pañuelo a la cabera, sino con las armas de
almohada […] las armas del juicio, que vencen a las otras.
Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. Y añade
premonitorio: “No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea
enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para […] a un escuadrón
de acorazados”.
Pero nuestro Héroe Nacional no se
conforma con alertar acerca del peligro imperialista y de sus
intenciones de devorar a la América toda, como muy poco después se
confirmaría con la intervención norteamericana en la Guerra de
Independencia cubana (1898), que se convertiría en la primera guerra
imperialista y tras la cual, Estados Unidos se apropiaría no solo de
Cuba —transformada en una neocolonia y atada por la Enmienda Platt—,
sino también de Puerto Rico y Filipinas. Martí alerta acerca de la
necesaria unidad de los pueblos de América: “Los pueblos que no se
conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear
juntos […] Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el
aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la
acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades;
¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de
las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y
hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de
los Andes”.
Y esa unidad de América Latina
debía estar sustentada en el amor y el orgullo por nuestros orígenes
y por los pueblos maravillosos que poblaron estas tierras y fueron
masacrados por el conquistador español: “¡Estos hijos de carpintero,
que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en
América, que se avergüenzan porque llevan delantal indio, de la
madre que los crió […] Estos hijos de nuestra América, que ha de
salvarse con sus indios […] ¡en qué patria puede tener un hombre más
orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América […]!”.
¿Cómo es posible que tras el
elocuente verbo martiano, durante tanto tiempo hayamos soportado a
una terrible ralea de gobernantes vendidos, algunos de los cuales
sobreviven aún? ¿Acaso no advirtió nuestro Martí: “[…] el buen
gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o
el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y
cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e
instituciones nacidas del país mismo […]”? “El gobierno ha de nacer
del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma
del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El
gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del
país”.
Al leer estas páginas, asombra el
hecho de que fueran escritas hace ya tantos años, pues parece como
si estuviera viendo la revolución que hoy tiene lugar en este
sufrido continente: “Los políticos nacionales han de reemplazar a
los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo;
pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.
Pero el antimperialismo y el
americanismo no son las únicas lecciones de “Nuestra América”; he
aquí otra idea plena de vigencia: “Y como el heroísmo en la paz es
más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al
hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como
gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero
que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos […]”. He
ahí otro de los problemas de nuestras tierras: resolver los
problemas acumulados durante siglos de colonización y
neocolonización no es tarea de un día ni de un año: el imperialismo
lo sabe y está ahí, esperando el minuto justo: “El tigre, espantado
del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando
llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir,
sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta,
tiene al tigre encima”.
Sin embargo, ayer como hoy, lo
mejor de América “[…] entiende que se imita demasiado, y que la
salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta
generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro
vino!”.
Este continente está en su mejor
momento, de nacionalismo, de antimperialismo, de unidad… “¡Porque ya
suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el
camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del
Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí,
por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas
del mar, la semilla de la América nueva!”. Y hoy esa semilla
fructifica.
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