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La patria es sagrada
María Luisa García Moreno
Mientras el Partido Revolucionario
Cubano estuvo conducido por José Martí, realizó una inteligente y
callada labor para preparar la “guerra necesaria” y procurar que las
ansias se calmaran y la impaciencia ocupara su justo lugar, hasta
que se crearan las condiciones mínimas indispensables para que el
empeño no se viera frustrado.
Fue así que tras los fallidos
alzamientos de Purnio y de Las Villas, liderados, el primero por los
hermanos Ricardo, Miguel y Manuel Sartorio, y el segundo, por
Higinio Esquerra y Manuel Quevedo, José Martí escribió y publicó el
27 de mayo de 1893, en Patria, el manifiesto titulado “El
Partido Revolucionario a Cuba”.
En este interesante trabajo puede
leerse: “La patria es sagrada, y los que la aman, sin interés ni
cansancio, le deben toda la verdad. Cuando acaba de sorprender a
Cuba el alzamiento aislado de un grupo rebelde que solo pudo durar
en el campo el tiempo necesario para que apareciese nula su
tentativa, pujante el gobierno, abandonada la idea de independencia
y supremo el influjo de los amigos de la paz, o para que el fracaso
aparente de la rebelión aturdiera o desbandase las emigraciones
dispuestas a auxiliar la guerra por donde Cuba entre en el goce de
sus capacidades y su suelo,—cumple al Partido de la revolución,
censor enérgico de toda rebelión parcial o insuficiente, declarar
que el alzamiento de Holguín, que de mantenerse en armas habría
recibido su ayuda, como cualquiera otro por donde el país mostrase
su deseo de ser libre, no obedeció a orden ni consejo del Partido
Revolucionario Cubano, creado y regido por el voto de las
emigraciones unidas, en un plan hostil al despotismo y el desorden,
para allegar todos los elementos de emancipación que existan dentro
y fuera de Cuba […]”.
La penetración política de Martí
fue, incluso, capaz de ver la posible provocación de elementos
colonialistas que en estas prematuras rebeliones buscaban no solo
que los conspiradores se delataran, sino que los revolucionarios,
dentro y fuera de Cuba, se sintieran frustrados por el nuevo
fracaso: “Reciente aún el alzamiento de Holguín, no puede de seguro
decirse que fuera causa de él la precipitación heroica, sorda a
veces a la más cariñosa prudencia, o un ardid del gobierno de
España, que, conocedor del espíritu de la localidad, la forzó a
rebelión antes de que madurase […]”.
Y añade: “Ni a la demagogia ni a la
pasión debe su fuerza el Partido Revolucionario, sino al concepto y
análisis de nuestros problemas, al propósito de convertir en
agencias útiles los errores del pasado, y al cariño y respeto con
que junta a los cubanos que en la Isla desesperan sin ayuda ni voz,
con los desterrados cuya culpa única será ante la historia
aprovechar su libertad en el extranjero para auxiliar a su patria
inerme”. Porque aun el revés aprovecha el hábil conductor para
predicar la unión de todos los que desean hacer de Cuba una tierra
libre.
Sin embargo, reitera, una y otra
vez, su posición: “Cree el Partido Revolucionario que la revolución
no se ha de intentar hasta no haber allegado los acuerdos y recursos
necesarios para su triunfo; pero sabe también cómo la patria padece
y piensa; y—si el pundonor o el genio estallan, y los cubanos
levantados desafían el poder que una banda atrevida burla felizmente
desde hace años, nada podrá sujetar la rebelión que aguarda
impaciente—oculta solo a los que no la desean—en el alma de la Isla,
ni el auxilio dispuesto de las emigraciones, que indignadas pasarían
sobre quien quisiese negar a los sublevados de Cuba el oportuno
amparo”.
Llama la atención que al explicar
que las condiciones no están aún creadas habla el Apóstol de
“acuerdos y recursos”. Bien sabe que no son las armas lo que falta,
esas se les arrancan al enemigo; pero a qué acuerdos se refiere.
¡Está claro!, a los errores que han hecho fracasar no solo la Guerra
de los Diez Años, también la Guerra Chiquita y cada una de las
fallidas intentonas de alcanzar la libertad; se refiere a la falta
de unidad entre los cubanos, entre las nuevas y las viejas
generaciones, entre los que sufren dentro y fuera de Cuba; a los
diferentes criterios acerca de cómo conducir la guerra; a la no
comprensión de que la guerra no es el objetivo en sí, sino solo un
medio de alcanzar los fines de libertad y democracia; al
regionalismo, al racismo, a la indisciplina y otros tantos errores
que provocaron que dejáramos caer la espada.
Sabe Martí que no estaban creadas
las condiciones, que tal y como había le escrito Máximo Gómez, en
carta del 20 de julio de 1882: “no
ha[bía] sonado la hora”;1 pero creía en el deber del PRC
de apoyar cualquier estallido que lograra consolidarse. Durante
años, había desestimulado los intentos de diferentes jefes cubanos
como José Leocadio Bonachea y Emilio Núñez —sin dejar de admirar su
valor—, mientras trabajaba por levantar “el levantamiento vigoroso y
total”; sin embargo, estaba dispuesto “como soldado y
ciudadano” a seguir “la marcha de los ejércitos libertadores”.
Por ello reitera que la labor del
PRC es “[…] la obra donde trabajan a la vez todos los cubanos libres
[…] sin más anhelo que el de procurar a la Isla los medios de lograr
en una guerra fácil la posesión de la patria detentada, y el derecho
de levantar la frente entre los hombres […]”.
Sus valoraciones y análisis de la
Guerra Grande le permiten comprender que en 1893 aún no han
desaparecido los errores que en el trágico 1878 provocaron que
dejáramos caer la espada: De ahí que considere responsabilidad del
Partido Revolucionario velar “[…] para que el país, […] halle
abierta a su hora la vía de la emancipación”.
La profunda labor política de Martí
no oculta a los cubanos que claman por la independencia dentro y
fuera de Cuba “las dificultades y obstáculos de la guerra de
independencia contra el último poder de España en América”; tampoco
intenta el Partido Revolucionario “una guerra que condene el país”
pues “el Partido Revolucionario acataría la voluntad de la patria”.
Por el contrario, “el Partido existe, seguro de su razón, como el
alma visible de Cuba”.
De ahí su callada labor para
allegar “los recursos indispensables para poner […] la República en
donde puedan vivir en paz cubanos y españoles”, porque “la
separación de España es el único remedio a los males cubanos”.
Así define
Martí la labor del Partido: al servicio de la Patria, porque “la
Patria es sagrada”.
Notas:
Máximo Gómez: Carta a José Martí del 20 de julio de 1882. En: CEMI:
Historia militar de Cuba. Tomo 3, volumen 1, Casa Editorial
Verde Olivo, 2009, p. 62.
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