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Ideario pedagógico del maestro
María Luisa García Moreno
No fue intención de nuestro José
Martí crear un sistema pedagógico; pero su preclara inteligencia y
su enriquecedora experiencia como maestro le permitieron, al reseñar
para los distintos periódicos y revistas de la época el acontecer
relacionado con esta compleja ciencia, desarrollar un pensamiento
claramente definido acerca de cómo era la labor pedagógica de su
tiempo y cómo debería ser. Estos trabajos han sido recogidos en lo
que hoy conocemos como su Ideario pedagógico.
Uno de los más interesantes es el
que bajo el título de “Clases orales” fue publicado en la Revista
Universal, de México, el 18 de junio de 1875; en él, el
periodista José Martí da cuenta de la “inauguración de las clases
orales en el Colegio de Abogados”,* cuya “verdadera
utilidad” está en la apertura de “cátedras públicas, donde se
razonan con todos los criterios las cuestiones elementales de la
ciencia jurídica”.
Y a continuación, expresa una de
esas frases que, por su extraordinario nivel de generalización,
puede ser aplicada a cualquier rama del conocimiento científico
técnico o del pensamiento social: “En el sistema armónico universal,
todo se relaciona con analogías, asciende todo lo análogo con leyes
fijas y comunes”. Y, a renglón seguido, la definición precisa:
“Ciencia es el conjunto de conocimientos humanos aplicables a un
orden de objetos íntima y particularmente relacionados entre sí” o:
“La inteligencia humana tiene como leyes la investigación y el
análisis”, para concluir que “ciencia es en buena hora la
jurisprudencia”, concepción, sin dudas, revolucionaria para su
tiempo, cuando los estudios sociales no eran considerados ciencia.
Tras esta disquisición, retoma
Martí el asunto de las clases orales, pues “más que lecturas
reposadas y severas, convienen la vitalidad e interés de las clases
orales, lecciones habladas, en las que las fluctuaciones del
discurso permiten variedad mayor a la materia que se explica, y las
interpelaciones, las adiciones momentáneas, los recuerdos de
ocasión, el lenguaje natural y propio añadirían tanto agrado a las
áridas cuestiones que en las clases del Colegio de Abogados se deben
tratar”.
Hoy a ningún docente, de ningún
nivel de enseñanza, se le ocurriría dar sus clases, como sistema al
menos, con la lectura como método. La lectura, tanto la que
proporciona placer como aquella que nos permite aprehender el mundo
en que vivimos, es, por excelencia, una actividad personal,
individual, profundamente reflexiva y enriquecedora; puede, incluso,
de modo ocasional, ser el método de trabajo en una clase, taller o
seminario; pero no puede reemplazar a la palabra viva del maestro,
enriquecida con preguntas, criterios y todo tipo de intervenciones
de los estudiantes: la oralidad proporciona a la clase un dinamismo
excepcional.
Desde que muy
pequeño aún, a los seis o siete años de edad, Pepito Martí hizo,
según Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó, sus primeras reflexiones
acerca de la labor docente: “porque al maestro, y también a la
maestra, debía él que sus orejas se separaban de la cara algo más de
lo natural, y por las palmetas que de ellos sufrió”,1
había sido un constante observador, y más tarde creador, de
procederes pedagógicos diversos para ganar la atención del alumno.
Ello le permitía ahora afirmar, con palabras referidas a estas
clases del colegio de abogados, pero válidas en cualquier situación
docente, que “la variedad debe ser una ley en la enseñanza de
materias áridas. La atención se cansa de fijarse durante largo
tiempo en una materia misma, y el oído gusta de que distintos tonos
de voz lo sorprendan y lo cautiven en el curso de la peroración”.
Y añade el Maestro: “La naturaleza
humana y sobre todo, las naturalezas americanas, necesitan de que lo
que se presente a su razón tenga algún carácter imaginativo; gustan
de una locución vivaz y accidentada; han menester que cierta forma
brillante envuelva lo que es en su esencia árido y grave. No es que
las inteligencias americanas rechacen la profundidad; es que
necesitan ir por un camino brillante hacia ella”. Sabia lección de
un pedagogo ejemplar y que aún a muchos les falta por aprender,
porque —y aquí va otra ley pedagógica incuestionable— “los
conocimientos se fijan más, en tanto se les da una forma más amena”.
De su labor como educador, en Cuba
—durante la Tregua, en el Colegio Casa de Educación (San Ignacio no.
14), donde impartiría los cursos de Gramática castellana, Retórica y
Poética para alumnos de primer año— y en Latinoamérica, había sacado
nuestro Apóstol la experiencia necesaria para afirmar rotundo:
“Viven las clases de la animación y el incidente. Necesita a veces
la atención cansada un recurso accidental que la sacuda y la
reanime. Grábanse mejor en la inteligencia los conceptos que se
expresan en la forma diaria y natural, que los que se presentan
envueltos en la forma diluida, siempre severa y naturalmente
detallada, de las peroraciones escritas”.
Y concluye con
una pregunta dirigida a los docentes del colegio de abogados:
“¿Merecería la atención de los profesores del colegio esta humilde
opinión?”. En verdad, no conozco qué respuesta tuvo entre sus
contemporáneos y entre los aludidos profesores del colegio de
abogados este interesante trabajo. Me permito suponer que despertó
el interés y la curiosidad que en todas partes produjo la genialidad
martiana.
De lo que sí
estoy segura es que estas reflexiones resultan utilísimas hoy, en
especial para los muchos jóvenes e inexpertos profesores y maestros
que enfrentan en nuestras aulas la labor pedágogica. Ojalá alguien
les muestre el camino, pues mucho se puede aprender del quehacer y
el ideario pedagógico de nuestro José Martí, que aparece recogido en
muchos de sus artículos periodísticos.
Notas
*
Las citas no referenciadas proceden todas del artículo de José Martí
“Clases orales”. En: Obras completas, tomo 6, pp. 233-236.
1
Fermín Valdés-Domínguez Quintanó: “Ofrenda de hermano”. En
Revista Cubana, Dirección de Cultura, Ministerio de Educación,
La Habana, julio 1951-diciembre 1952, p. 238.
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