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Jueves, 19 de Agosto de 2010


Ideario pedagógico del maestro

María Luisa García Moreno

No fue intención de nuestro José Martí crear un sistema pedagógico; pero su preclara inteligencia y su enriquecedora experiencia como maestro le permitieron, al reseñar para los distintos periódicos y revistas de la época el acontecer relacionado con esta compleja ciencia, desarrollar un pensamiento claramente definido acerca de cómo era la labor pedagógica de su tiempo y cómo debería ser. Estos trabajos han sido recogidos en lo que hoy conocemos como su Ideario pedagógico.

Uno de los más interesantes es el que bajo el título de “Clases orales” fue publicado en la Revista Universal, de México, el 18 de junio de 1875; en él, el periodista José Martí da cuenta de la “inauguración de las clases orales en el Colegio de Abogados”,* cuya “verdadera utilidad” está en la apertura de “cátedras públicas, donde se razonan con todos los criterios las cuestiones elementales de la ciencia jurídica”.

Y a continuación, expresa una de esas frases que, por su extraordinario nivel de generalización,  puede ser aplicada a cualquier rama del conocimiento científico técnico o del pensamiento social: “En el sistema armónico universal, todo se relaciona con analogías, asciende todo lo análogo con leyes fijas y comunes”. Y, a renglón seguido, la definición precisa: “Ciencia es el conjunto de conocimientos humanos aplicables a un orden de objetos íntima y particularmente relacionados entre sí” o: “La inteligencia humana tiene como leyes la investigación y el análisis”, para concluir que “ciencia es en buena hora la jurisprudencia”, concepción, sin dudas, revolucionaria para su tiempo, cuando los estudios sociales no eran considerados ciencia.

Tras esta disquisición, retoma Martí el asunto de las clases orales, pues “más que lecturas reposadas y severas, convienen la vitalidad e interés de las clases orales, lecciones habladas, en las que las fluctuaciones del discurso permiten variedad mayor a la materia que se explica, y las interpelaciones, las adiciones momentáneas, los recuerdos de ocasión, el lenguaje natural y propio añadirían tanto agrado a las áridas cuestiones que en las clases del Colegio de Abogados se deben tratar”.

Hoy a ningún docente, de ningún nivel de enseñanza, se le ocurriría dar sus clases, como sistema al menos, con la lectura como método. La lectura, tanto la que proporciona placer como aquella que nos permite aprehender el mundo en que vivimos, es, por excelencia, una actividad personal, individual, profundamente reflexiva y enriquecedora; puede, incluso, de modo ocasional, ser el método de trabajo en una clase, taller o seminario; pero no puede reemplazar a la palabra viva del maestro, enriquecida con preguntas, criterios y todo tipo de intervenciones de los estudiantes: la oralidad proporciona a la clase un dinamismo excepcional.

Desde que muy pequeño aún, a los seis o siete años de edad, Pepito Martí hizo, según Fermín Valdés-Domínguez y Quintanó, sus primeras reflexiones acerca de la labor docente: “porque al maestro, y también a la maestra, debía él que sus orejas se separaban de la cara algo más de lo natural, y por las palmetas que de ellos sufrió”,1 había sido un constante observador, y más tarde creador, de procederes pedagógicos diversos para ganar la atención del alumno. Ello le permitía ahora afirmar, con palabras referidas a estas clases del colegio de abogados, pero válidas en cualquier situación docente, que “la variedad debe ser una ley en la enseñanza de materias áridas. La atención se cansa de fijarse durante largo tiempo en una materia misma, y el oído gusta de que distintos tonos de voz lo sorprendan y lo cautiven en el curso de la peroración”.

Y añade el Maestro: “La naturaleza humana y sobre todo, las naturalezas americanas, necesitan de que lo que se presente a su razón tenga algún carácter imaginativo; gustan de una locución vivaz y accidentada; han menester que cierta forma brillante envuelva lo que es en su esencia árido y grave. No es que las inteligencias americanas rechacen la profundidad; es que necesitan ir por un camino brillante hacia ella”. Sabia lección de un pedagogo ejemplar y que aún a muchos les falta por aprender, porque —y aquí va otra ley pedagógica incuestionable— “los conocimientos se fijan más, en tanto se les da una forma más amena”.

De su labor como educador, en Cuba —durante la Tregua, en el Colegio Casa de Educación (San Ignacio no. 14), donde impartiría los cursos de Gramática castellana, Retórica y Poética para alumnos de primer año— y en Latinoamérica, había sacado nuestro Apóstol la experiencia necesaria para afirmar rotundo: “Viven las clases de la animación y el incidente. Necesita a veces la atención cansada un recurso accidental que la sacuda y la reanime. Grábanse mejor en la inteligencia los conceptos que se expresan en la forma diaria y natural, que los que se presentan envueltos en la forma diluida, siempre severa y naturalmente detallada, de las peroraciones escritas”.

Y concluye con una pregunta dirigida a los docentes del colegio de abogados: “¿Merecería la atención de los profesores del colegio esta humilde opinión?”. En verdad, no conozco qué respuesta tuvo entre sus contemporáneos y entre los aludidos profesores del colegio de abogados este interesante trabajo. Me permito suponer que despertó el interés y la curiosidad que en todas partes produjo la genialidad martiana.

De lo que sí estoy segura es que estas reflexiones resultan utilísimas hoy, en especial para los muchos jóvenes e inexpertos profesores y maestros que enfrentan en nuestras aulas la labor pedágogica. Ojalá alguien les muestre el camino, pues mucho se puede aprender del quehacer y el ideario pedagógico de nuestro José Martí, que aparece recogido en muchos de sus artículos periodísticos.

Notas
*
Las citas no referenciadas proceden todas del artículo de José Martí “Clases orales”. En: Obras completas, tomo 6, pp. 233-236.

1 Fermín Valdés-Domínguez Quintanó: “Ofrenda de hermano”. En Revista Cubana, Dirección de Cultura, Ministerio de Educación, La Habana, julio 1951-diciembre 1952, p. 238.
 

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