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“El periodista ha
de saber, desde la nube hasta el microbio”
Marlene Vázquez Pérez
El cubano José Martí siempre estuvo al tanto de
los avances científicos y tecnológicos que tenían lugar en Estados
Unidos. Durante sus casi quince años de forzado exilio en Nueva York,
escribió sobre este tema, entre otros muchos, para los periódicos
más importantes de Hispanoamérica. Así, en ese extraordinario cuerpo
de crónicas, conocido como Escenas norteamericanas, eran presencia
frecuente estos acontecimientos. Fiel a su propio precepto de que
“El periodista ha de saber, desde la nube hasta el microbio”, se
documentaba minuciosamente para escribir sobre un terreno
aparentemente distante de su acción política y literaria.
Consideraba indispensable el desarrollo de esta
importante esfera de la actividad creadora del ser humano, por
cuanto le garantizaba mayor bienestar material y espiritual, menos
indefensión ante las fuerzas de la Naturaleza, a la que había que
dominar y proteger al mismo tiempo. También porque con ese
desenvolvimiento favorable, el hombre daba muestras de su capacidad
intelectual, entrega al trabajo y disposición de servir a sus
semejantes, valores éticos fundamentales para la creación de una
sociedad cada vez más justa.
Constantemente aparecen en su obra referencias
a los científicos estadounidenses más destacados de su tiempo. Entre
los más notables—y tal vez los más admirados por Martí—, se
encuentran los ingenieros Roebling, padre e hijo, universalmente
recordados hoy por esa obra trascendente, ejemplo de inteligencia,
laboriosidad, valor y constancia que es el Puente de Brooklyn,
devenido icono de la Modernidad.
Otros, igualmente tenaces y rebosantes de
creatividad y talento, pero en otros terrenos, también fueron
elogiados por el cubano. Tal es el caso de Thomas Alva Edison, sin
cuyos descubrimientos en torno a la electricidad y sus múltiples
aplicaciones la humanidad que conocemos hoy no sería la misma. Entre
sus muy numerosas invenciones se destacan el telégrafo, el
fonógrafo, el micrófono, el megáfono y la bombilla incandescente.
José Martí se refirió a sus investigaciones e inventos en varias de
sus Escenas norteamericanas, y le dedicó una crónica completa en El
Partido Liberal, de México, publicada el 5 de febrero de 1890, en la
que cuenta de su ascenso de humilde telegrafista, que tuvo una
juventud difícil, a las cumbres de la fama. Lo retrata en sus muchas
facetas: unas veces vanidoso, otras, excéntrico, las más, burlón,
pero siempre trabajador y genial:
Porque Edison fuma sin cesar: fuma quince,
veinte tabacos al día: cuando no fuma, masca. Recostado en una
silla, con los pies sobre el respaldo de otra, a la nuca el sombrero
de pelo, por el suelo los faldones de la levita negra, cambiándole
de color los ojos chispeantes, va dibujando con los mascullones de
tabaco en la pared la máquina que inventa. De pronto echa por tierra
las sillas, y se sienta, sin quitarse el sombrero, a tocar el órgano
en las horas profundas de la noche. Se levanta del órgano, a anotar,
con dibujos, la máquina en que piensa.
Otro grande de su tiempo fue, sin duda, el
ingeniero sueco naturalizado estadounidense John Ericsson. Cuando
murió a los 85 años, el 8 de marzo de 1889, había dejado un gran
número de inventos que daban fe de su larga y fructífera vida, en la
que no dejó de trabajar un solo día. Distinguido en 1862 con el
Premio Rumford por su calefactor (hot air engine), este hombre
extraordinario despertó la más sincera admiración del cubano. Fue el
creador de los barcos de propulsión a hélice y gracias a su ingenio
Estados Unidos contó con los primeros buques de guerra de ese tipo
en el mundo. El Monitor fue uno de ellos, usado exitosamente por los
federales durante la Guerra de Secesión (1861-1865), y su actuación
en la batalla de Hampton Road, Virginia, el 8 de marzo de 1862, en
la que derrotó al acorazado sureño Merrimac significó un importante
triunfo para las fuerzas de la Unión. A Ericsson se deben también el
colector de luz solar con fines termoenergéticos, y el torpedo,
entre otros inventos.
Así lo ve el cubano, cuando acababa de morir
Ericsson y se le había rendido justo homenaje nacional:
Otro ha muerto también, grande por los
servicios, por el carácter, por la fama, por el ejemplo, por los
años, por la mente: el que inventó la hélice, el que fabricó la
locomotora más ligera; el que con la torre de su Monitor echó abajo
la esclavitud, el que ha puesto a trabajar al sol: Ericsson. Fue
brusco, como suelen ser los que descubren. Vivió ochenta y cinco
años, y desde los diez estaba inventando.
Venía de suecos nobles, de la nobleza de la
minería. Comía poco: pan moreno al levantarse, para conservarle toda
la fuerza al trigo: a las cuatro, legumbres, té y pan, y de carne,
una onza sola, bien pesada: ni tabaco, que es humo, ni más vino que
el del alma. Se le murió la mujer, y no quiso más compañía que sus
ruedas, su torpedero, su motor solar: \"No tengo tiempo para hablar:
quiero hacer un servicio al mundo.\"
El lector avisado notará cómo insiste el cubano
no sólo en la capacidad intelectual, sino en otros valores como la
laboriosidad, la nobleza, la austeridad, la perseverancia para
enfrentar las adversidades, sin las cuales la primera no es
suficiente.
En estas crónicas referidas a cuestiones
científicas, existe un afán didáctico evidente, aunque sin cargar el
texto de sentido doctrinario. Son ejemplos útiles, que el político
de alto vuelo, —también periodista, poeta, maestro, pensador, en
suma, que es José Martí—, considera oportunos en su labor de diseño
de un proyecto cultural liberador para la que llamara Nuestra
América. Con ese concepto designaba al área hispanohablante del
continente, la geográficamente enmarcada entre el río Bravo, por el
Norte, y la Patagonia, por el Sur.
A la vez que daba a conocer en nuestra área
geográfica y cultural el acontecer más reciente en Estados Unidos,
se valía de lo positivo que allí encontraba para exaltar valores,
líneas de conducta a seguir, y que adecuadas a las características y
condiciones específicas de acá, nunca copiadas ni imitadas, podían
contribuir al mejor desenvolvimiento de nuestras repúblicas. Era
también un modo de completar, con justicia y verdad, la imagen del
coloso vecino. Si bien la nación norteña fue vista por Martí como
voraz y amenazante para Nuestra América desde el punto de vista
político y económico, y desde esa perspectiva se cimentó su
pensamiento antimperialista, también hay que decir que no escatimó
elogios para sus buenas cualidades, que debían ser reconocidas.
Prueba de esa mirada justa es esta afirmación
suya de 1887, referida a conflictos entre Estados Unidos y México,
que da la medida de lo que acabamos de decir: “Para conocer a un
pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y expresiones: ¡en
sus elementos, en sus tendencias, en sus apóstoles, en sus poetas, y
en sus bandidos!”
Esos hombres de ciencia, consagrados a su
trabajo y dedicados al bien de sus semejantes, como los ingenieros
Roebling, Edison, Ericsson y tantos otros, pertenecen, por supuesto,
a la noble genealogía de los apóstoles, y merecen nuestro recuerdo
resp
(Fuente:
Cubanow)
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