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Carlos Marx y José Martí
Carlos Rodríguez Almaguer
“…Karl
Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del
mundo del trabajo”.
José Martí
(La Nación, Buenos Aires, 13 de mayo de 1883)
Este
cinco de mayo se cumplen ciento noventa y dos años del natalicio de
quien sería considerado, con razón, el creador de la teoría
científica del proletariado: Carlos Marx, que vino al mundo en
Tréveris, en 1818. Once días más tarde, conmemoraremos el 115
aniversario de la caída en combate en Dos Ríos, de aquel a quien
llamamos, también con razón, el Apóstol de nuestra Independencia:
José Martí.
No hablaremos en este breve
espacio de lo que han significado desde entonces hasta nuestros días
los estudios de Marx respecto a las relaciones sociales entre los
hombres y su descubrimiento de la ley del desarrollo de la historia
humana: “el hecho, tan sencillo, -nos dice Federico Engels- pero
oculto hasta él bajo la maleza ideológica, de que el hombre necesita
en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de
poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto,
la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por
consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un
pueblo o de una época es la base a partir de la cual se han
desarrollado las instituciones políticas, las concepciones
jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de
los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y
no al revés, como hasta entonces se había venido haciendo”.
Hablaremos, solamente, de la opinión que le mereció el Prometeo de
Tréveris a nuestro Apóstol.
Cuando el 13 de mayo de 1883 José Martí reseña en su correspondencia
para el diario La Nación, de Buenos Aires, uno de los homenajes con
que la clase obrera de los Estados Unidos honra la memoria de Carlos
Marx, quien había dejado de existir el 14 de marzo anterior, en
Highgate, Londres, a las 2:45 de la tarde, escribe: “Ved esta sala:
la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador
ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador
incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a
honrarlo hombres de todas la naciones”.
Si tenemos en cuenta la pasión
martiana por la justicia, “ese sol del mundo moral” que había
aprendido a querer y a respetar en las enseñanzas de su maestro
Mendive que tan directamente las había tomado de Don José de la Luz,
entenderemos entonces la admiración con que escribe el cubano, que
recién ha cumplido su tercer año de residencia en la nación
norteamericana, sobre aquel gigante del pensamiento, cuyo retrato
-según testimonio de un testigo presencial que ha tratado de ser
desvirtuado desde mediados del siglo pasado, seguramente por razones
políticas y mezquindad ideológica- junto al de otras cuatro cumbres
del género humano, adornaría luego la paredes de su humilde oficina
de 120 From Street, en Nueva York.
Se entenderá el rechazo natural
que un poeta, un humanista como Martí, podrá sentir por las luchas
violentas y el enfrentamiento entre los hombres, de lo cual nos
había dejado ya testimonio al abordar el asunto de la rebelión
encabezada por el general Porfirio Díaz, que derrocó al gobierno
constitucional en México, y sobre lo que escribirá con tristeza:
“Otra vez los pensamientos de los hombres caerán bajo los cascos de
los caballos”. Si a ello le sumamos los métodos violentos de la
manifestación más visible del ideal socialista en los Estados Unidos
de esa época, el anarquismo, traído en los espíritus esquilmados de
los inmigrantes europeos no acostumbrados, en la oscuridad de las
monarquías, al ejercicio republicano que aún existía en la nación
del norte, y promovido entre los trabajadores norteamericanos a
partir de malas traducciones, sin acceso la mayoría de ellos a los
idiomas originales en que habían sido escritos los textos
fundamentales de aquella ideología, lo cual llevará a Martí años
después a hablar de “las lecturas extranjerizas, confusas e
incompletas”, comprenderemos por qué, entre uno y otro elogio, habla
del espanto que le produce “la tarea echar a los hombres sobre los
hombres”.
Son los mismos escrúpulos,
venidos de su raigal humanismo, que lo llevarían años más tarde,
obligado por las circunstancias, a organizar la que llamó “guerra
necesaria”, que consistía también en echar a unos hombres, los
buenos, sobre otros hombres, los malos, fueran españoles o cubanos,
aún cuando sinceramente exigiera, tanto en sus discursos políticos,
en el aluvión de cartas, como en sus circulares militares, que se
hiciera “una guerra sin odio”.
De aquel que en
sus análisis sobre las políticas migratorias europeas se había
fijado brevemente en la injusticia que contra el general cubano José
Maceo habían cometido las autoridades de Gibraltar, devolviéndolo a
las prisiones españolas; del que bajo su techo había acogido como a
hijo a un cubano notable: Pablo Lafargue, -hijo de Santiago de
Cuba, hoy casi desconocido y sobre el que se ha publicado en Cuba no
hace mucho una excelente obra- esposo de una de sus hijas, nos dirá
Martí en sus Cartas a La Nación: “Karl Marx estudió los modos de
asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y
les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos”. Y trazará
con su pluma centelleante el cuadro magnífico del hombre imperfecto
y sublime “que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los
trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las
miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido
del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio
llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha”.
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