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La
Edad de Oro no se despidió
Miralys Sánchez Pupo
José Martí estaba envuelto en el huracán de las acciones de su
compromiso para conquistar la independencia de Cuba en Nueva York
cuando corría el año de 1889. No olvidaba en la lontananza de su
pensamiento el camino para formar conciencias hacia el alto
propósito que vislumbraba para entroncarse con la conquista de los
valores necesarios a fin de asegurar una nueva vida independiente.
Como él decía estaba siempre “clavado en su mesa de jornalero”, de
ella nació en momentos nada desocupados La Edad de Oro, obra que al
cabo de 120 años de su amanecer permanece en el interés de todo
nuevo lector para demostrar que nunca se despidió de aquellos ni de
sus futuros lectores.
La propuesta ética de la revista La Edad de Oro era poblar a todo el
continente de hombres originales. Su aspiración esencial era un
acercamiento íntimo y al mismo tiempo variado para que los pequeños
se prepararan para ser leales y felices en sus respectivos países.
Aunque el alma de esa original propuesta era José Martí, realmente
fue escogido para que fuera su editor, pero finalmente con sus
conocimientos y capacidad comunicativa todo fue realizado sólo por
él, menos la reproducción tipográfica.
La denominación abre un hermoso camino para tocar no solo las
pequeñas cabecitas sino llegar a su alma y espiritualidad y ha
quedado por siempre como un loable ejemplo para expresar en muy
pocas palabras una amplia propuesta, desde una diversidad temática
muy atractiva. La propia idea de su título ofrece una antológica
imagen martiana, pero esa denominación no le perteneció. La idea del
título se debió a Aaron Da Costa Gómez, el dueño y patrocinador del
proyecto de la publicación que nació en la ciudad de Nueva York.
Logró contar con la firma de Martí para un loable empeño que aportó
de forma trascendental al periodismo más allá del receptor al cual
se dirigió con sus altruistas mensajes y sus gotas del saber ético
que mantienen su vigencia en la actualidad.
La obra no se reduce el ámbito de esos receptores, pues resulta muy
atrayente en las edades medias y altas de las escuelas primarias y
de interés también para los adolescentes en otros niveles de la
educación. Pero además resulta atractivo en la juventud y la madurez
de la vida por la forma en que se dirige a los lectores sin
nimiedades o noñerías que de carácter general se ha colocado en
otros títulos de los autores dedicados a la literatura infantil.
Pero en ésta obra martiana los trata de forma tan respetable y
cariñosa, que todos hemos llegado a ser los amigos de ese hombre de
La Edad de Oro.
La revista escrita por Martí recorrió cuatro números, pero al
terminar sus ediciones y a iniciativa de Gonzalo de Quesada, se
reunieron en un tomo que continúa en la preferencia de todos a lo
largo de sus 120 años de existencia. La ruptura de aquella
maravillosa serie se debió a que su propietario quiso que el editor
escribiera algunos textos para sembrar temores en los niños y se
opuso a esa propuesta. El dueño se quedó sin la pluma ideal para
continuarla y no encontró la posibilidad de darle una nueva etapa
ante el triunfo definitivo de su lenguaje nada complaciente, pero
abundante en lecciones éticas bien comprendidas a través de sus
ejemplos para el más general de los públicos.
Martí por siempre quedó como el Hombre de la Edad de Oro, que por
siempre quiso ser el amigo desde sus temas reales para enseñarles el
mundo donde vivían y ser cada vez más humanos y sinceros. A pesar de
ese ámbito tan definido tuvo espacio para la magia y la fantasía
recreada en los contextos de su tiempo como el cuento versificado
Los Zapaticos de Rosa. El acercamiento al hombre y su civilización
dondequiera que esté, aportó episodios reales que rara vez llegaba a
ellos y permitían conocerse mejor desde cualquier punto geográfico
sin olvidar las altas propuestas para luchar por las ideas y
demostrar que la vida es una continuidad de acontecimiento que
persiguen al final la felicidad de lo justo para todos. Pero esa no
era la fórmula utilizada por otros autores.
La universalidad lograda en aquella obra plena de amor, labrada
desde un lenguaje claro, constituyeron el primer escalón para que
los futuros lectores quedaran cautivados por sus páginas. Gracias a
esa peculiaridad ellos demostraron que no existen lectores menores
cuando se les expone con claridad las historias de la vida de los
hombres en todos los confines, sus aspiraciones de amor supremo con
la patria y la necesidad de ser buenos hijos y mejores madres y
padres. Toda una educación para su vida social en el futuro corrió
en medio de la madeja de aquellos textos de gran fidelidad dibujados
con las mejores cualidades de los seres humanos pues a fin de
cuentas eso está presente en el poema Los dos príncipes, en los
hijos llorados nacidos de la identidad cualitativa de cualquier
época y lugar de padres idénticos, aunque de diferentes estratos
sociales según sus recursos. El dolor ante tanto amor humano nunca
podrá ser distinto.
EN HILO DIRECTO CON LOS RECEPTORES
“Para los niños es éste periódico, y para las niñas, por supuesto.
Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos
sepan como se vivía antes, y se vive hoy… Así queremos que los niños
de América sean: hombres que digan como piensan, y lo digan bien:
hombres elocuentes y sinceros”, expresó el Maestro en la magna obra
dirigida a los más pequeños en calidad de seres humanos con
capacidad para aprender y alcanzar comprensión de sus respectivos
roles en el futuro de las vidas personales en cada uno de sus
respectivos países.
La frondosa imaginación de los pequeños recibió de tal varita mágica
todo una muestra de una extraña maestría desde recursos desconocidos
hasta esos momentos. La profundidad de los mensajes fuera de toda
convención de su tiempo fueron alas que la capacidad infantil
recibió desde las páginas de la original revista. Ella se convirtió
en una fuente de interés donde la prosa poética aportaba desde una
sustancia realista el código de la mayor perfección expuesta desde
el ámbito de la sencillez a través de la cual se expresaba el
interés de aquel hombre sublime redactor que se autodenominó como
“un padrazo es el hombre de La Edad de Oro”.
El regalo de la comunicación martiana con los pequeños estuvo
presente a lo largo de la publicación fuera de todo convencionalismo
y con un sentido realista. La expresión clara, uno de sus singulares
méritos, acompañó la profundidad que como normas quedaron para
siempre dentro de la literatura infantil, desde el recreo con que el
autor se colocó ante el escenario poblacional objeto de su labor,
sus armónicas gotas para el saber y el más profundo interés de
convertirlos en verdaderos seres humanos en aquel momento
cronológico. Mostró una capacidad para advertir, desde esa original
fuente, que aquel remanso henchido de amor para la lectura era una
vía segura para alcanzar como fin el despertar de nuevas apetencias
patrióticas y culturales en los pequeños.
La información estrechamente unida a la instrucción aparece en cada
página como parte de una unidad imposible de destruir. El asombro
ante lo curioso mostró sus habilidades para despertar nuevos
intereses en los receptores, sin alejarse del mundo fantástico
propio de los primeros años de la niñez. Aunque tejido pleno de
perfección no trataba de colocarse por encima de las peculiares de
sus lectores, más bien les daba la mano, como para tratar de
asegurarles que después de ese ascenso humano ya nunca más los
abandonará. De ahí que aquella obra, aún hoy, tipifica como un
tesoro mayor para la niñez de cualquier parte del planeta gracias a
la sorprendente universalidad de un lenguaje que compite cual
diálogo establecido entre los extremos del periodista y su noble
receptor.
Cuentos, poesías, crónicas, anécdotas fueron escritas por Martí para
ofrecerles todas las ideas para ser cada vez mejores, útiles,
sinceros, inteligentes, felices. En La Edad de Oro no hubo ninguna
línea de frivolidad ni distracción vacía. Todo estuvo tan bien
hilvanado que en aquellas líneas estuvo una precisa y adelantada
experiencia de colocarles a todos en la idea del Maestro, sobre la
utilidad de la virtud desde una lectura edificante.
La Edad de Oro fue un ejemplo del uso del sentido de anticipación en
sus mensajes. Desde un arma literaria sencilla y de lenguaje
comprensible su originalidad no ha sido superada en nuestros días al
constituirse en arma precursora dentro de la lengua española. No
estuvo en su centro alcanzar admiración, pero fue capaz de
granjearse el interés de sus nobles ideas escritas con limpieza, de
forma directa y comprensible desde una singularidad irrepetible,
pero de serias fuentes como las consultadas para llevar a sus
lectores sólidos conocimientos para su vida futura. De tal forma que
redondeó su propósito de insistir de forma elegante desde los
primeros instantes de la vida en la idea de que “el primer deber de
un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo”
SABIA SELECCIÓN DE LAS FUENTES DOCUMENTALES
Martí demostró en La Edad de Oro que para ejercer con eficacia el
periodismo toda fuente sometida a la crítica es importante para ese
ejercicio. Se colocó ante la cultura universal y extrajo de ella
aquellos valores y temas esenciales que perseguía en sus propósitos
para reelaborarlos en consonancia con su público.
La obra que se ha convertido en una baúl de maravillas de edad
infinita, extrajo con sabiduría temas de una literatura edificante,
de cuentos tradicionales y de una dosis de fantasía para colocarse
en el corazón de cada amigo del hombre orgulloso de ser el de La
Edad de Oro, más allá de las 32 páginas de cada número de las cuatro
ediciones que conversaba con cada uno de ellos de forma muy
peculiar. Para prepararlos para ese viaje tomó de centro su más
pulcra visión del maestro, patriota y padre que les inculcó desde el
claro precepto de la verdad:
“Porque es necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en
nada que no sepan explicar… y el hombre no ha de descansar hasta que
no entienda todo lo que ve.”
Desde aquellas líneas privilegió las mentes de los lectores al
entregarle el ritmo acelerado de los progresos técnicos, la
dinámica de los cambios y los nuevos problemas, situaciones y
estilos de vida sin disminuirles importancia. Tanta importancia
colocó en los pensadores antiguos, como en quienes procesaban la
cuchara y el tenedor, como méritos de su tiempo que colmaban la
curiosidad y les abría nuevas perspectivas sobre futuros intereses.
Los
pequeños aprendían a verse en el espejo de los grandes hombres como
en su descripción fabulosa de los Tres Héroes y al mismo tiempo en
la presencia de los hombres en la historia de sus originales y
respectivas casas. Desde tales propuestas lograba con sencillez y
claridad que todos los futuros hombres se conozcan mejor y se
visiten, pues les advirtió que llegará el momento en que todos los
hombres se tratarán como amigos y se irán juntando, para consolidar
las bases de una futura ética. Idea que sintetizó cuando les aseguró
“decirles lo que deben saber para ser de veras hombres. Le vamos a
decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han
hecho los hombres hasta ahora:”
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