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Martes, 29 de Septiembre de 2009


La Edad de Oro no se despidió

Miralys Sánchez Pupo

José Martí estaba envuelto en el huracán de las acciones de su compromiso para conquistar la independencia de Cuba en Nueva York cuando corría el año de 1889. No olvidaba en la lontananza de su pensamiento el camino para formar conciencias hacia el alto propósito que vislumbraba para entroncarse con la conquista de los valores necesarios a fin de asegurar una nueva vida independiente. Como él decía estaba siempre “clavado en su mesa de jornalero”, de ella nació en momentos nada desocupados La Edad de Oro, obra que al cabo de 120 años de su amanecer permanece en el interés de todo nuevo lector para demostrar que nunca se despidió de aquellos ni de sus futuros lectores. 

La propuesta ética de la revista La Edad de Oro era poblar a todo el continente de hombres originales. Su aspiración esencial era un acercamiento íntimo y al mismo tiempo variado para que los pequeños se prepararan para ser leales y felices en sus respectivos países. Aunque el alma de esa original propuesta era José Martí, realmente fue escogido para que fuera su editor, pero finalmente con sus conocimientos y capacidad comunicativa todo fue realizado sólo por él, menos la reproducción tipográfica.  

La denominación abre un hermoso camino para tocar no solo las pequeñas cabecitas sino llegar a su alma y espiritualidad y ha quedado por siempre como un loable ejemplo para expresar en muy pocas palabras una amplia propuesta, desde  una diversidad temática muy atractiva. La propia idea de su título ofrece una antológica imagen martiana, pero esa denominación no le perteneció. La idea del título se debió a Aaron Da Costa Gómez, el dueño y patrocinador del proyecto de la publicación que nació en la ciudad de Nueva York. Logró contar con la firma de Martí para un loable empeño que aportó de forma trascendental al periodismo más allá del receptor al cual se dirigió con sus altruistas mensajes y sus gotas del saber ético que mantienen su vigencia en la actualidad.                  

La obra no se reduce el ámbito de esos receptores, pues resulta muy atrayente en las edades medias y altas de las escuelas primarias y  de interés también para los adolescentes en otros niveles de la educación. Pero además resulta atractivo en la juventud y la madurez de la vida por la forma en que se dirige a los lectores sin nimiedades o noñerías que de carácter general se ha colocado en otros títulos de los autores dedicados a la literatura infantil. Pero en ésta obra martiana los trata de forma tan respetable y cariñosa, que todos hemos llegado a ser los amigos de ese hombre de La Edad de Oro. 

La revista escrita por Martí recorrió cuatro números, pero al terminar sus ediciones y a iniciativa de Gonzalo de Quesada, se reunieron en un tomo que continúa en la preferencia de todos a lo largo de sus 120 años de existencia. La ruptura de aquella maravillosa serie se debió a que su propietario quiso que el editor escribiera algunos textos para sembrar temores en los niños y se opuso a esa propuesta. El dueño se quedó sin la pluma ideal para continuarla y no encontró la posibilidad de darle una nueva etapa ante el triunfo definitivo de su lenguaje nada complaciente, pero abundante en lecciones éticas bien comprendidas a través de sus ejemplos para el más general de los públicos.  

Martí  por siempre quedó como el Hombre de la Edad de Oro, que por siempre quiso ser el amigo desde sus temas reales para enseñarles el mundo donde vivían y ser cada vez más humanos y sinceros. A pesar de ese ámbito tan definido tuvo espacio para la magia y la fantasía recreada en los contextos de su tiempo como el cuento versificado Los Zapaticos de Rosa. El acercamiento al hombre y su civilización dondequiera que esté, aportó episodios reales que rara vez llegaba a ellos y permitían conocerse mejor desde cualquier punto geográfico sin olvidar las altas propuestas para luchar por las ideas y demostrar que la vida es una continuidad de acontecimiento que persiguen al final la felicidad de lo justo para todos. Pero esa no era la fórmula utilizada por otros autores.  

La universalidad lograda en aquella obra plena de amor, labrada desde un lenguaje claro, constituyeron el primer escalón para que los futuros lectores quedaran cautivados por sus páginas. Gracias a esa peculiaridad ellos demostraron que no existen lectores menores cuando se les expone con claridad las historias de la vida de los hombres en todos los confines, sus aspiraciones de amor supremo con la patria y la necesidad de ser buenos hijos y mejores madres y padres. Toda una educación para su vida social en el futuro corrió en medio de la madeja de aquellos textos de gran fidelidad dibujados con las mejores cualidades de los seres humanos pues a fin de cuentas eso está presente en el poema Los dos príncipes, en los hijos llorados nacidos de la identidad cualitativa de cualquier época y lugar de padres idénticos, aunque de diferentes estratos sociales según sus recursos. El dolor ante tanto amor humano nunca podrá ser distinto. 

EN HILO DIRECTO CON LOS RECEPTORES  

 “Para los niños es éste periódico, y para las niñas, por supuesto. Para eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos sepan como se vivía antes, y se vive hoy… Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan como piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros”, expresó el Maestro en la magna obra dirigida a los más pequeños en calidad de seres humanos con capacidad para aprender y alcanzar comprensión de sus respectivos roles en el futuro de las vidas personales en cada uno de sus respectivos países.  

La frondosa imaginación de los pequeños recibió de tal varita mágica todo una muestra de una extraña maestría desde recursos desconocidos hasta esos momentos. La profundidad de los mensajes fuera de toda convención de su tiempo fueron alas que la capacidad infantil recibió desde las páginas de la original revista. Ella se convirtió en una fuente de interés donde la prosa poética aportaba desde una sustancia realista el código de la mayor perfección expuesta desde el ámbito de la sencillez a través de la cual se expresaba el interés de aquel hombre sublime redactor que se autodenominó como “un padrazo es el hombre de La Edad de Oro”.

El regalo de la comunicación martiana con los pequeños  estuvo presente a lo largo de la publicación fuera de todo convencionalismo y con un sentido realista. La expresión clara, uno de sus singulares méritos, acompañó la profundidad que como normas quedaron para siempre dentro de la literatura infantil, desde el recreo con que el autor se colocó ante el escenario poblacional objeto de su labor, sus armónicas gotas para el saber y el más profundo interés de convertirlos en verdaderos seres humanos en aquel momento cronológico. Mostró una capacidad para advertir, desde esa original fuente, que aquel remanso henchido de amor para la lectura era una vía segura para alcanzar como fin el despertar de nuevas apetencias patrióticas y culturales en los pequeños. 

La información estrechamente unida a la instrucción aparece en cada página como parte de una unidad imposible de destruir. El asombro ante lo curioso mostró sus habilidades para despertar nuevos intereses en los receptores, sin alejarse del mundo fantástico propio de los primeros años de la niñez. Aunque tejido pleno de perfección no trataba de colocarse por encima de las peculiares de sus lectores, más bien les daba la mano, como para tratar de asegurarles que después de ese ascenso humano ya nunca más los abandonará. De ahí que aquella obra, aún hoy, tipifica como un  tesoro mayor para la niñez de cualquier parte del planeta gracias a la sorprendente universalidad de un lenguaje que compite cual diálogo establecido entre los extremos del periodista y su noble receptor.     

Cuentos, poesías, crónicas, anécdotas fueron escritas por Martí para ofrecerles todas las ideas para ser cada vez mejores, útiles, sinceros, inteligentes, felices. En La Edad de Oro no hubo ninguna línea de frivolidad ni distracción vacía. Todo estuvo tan bien hilvanado que en aquellas líneas estuvo una precisa y adelantada experiencia de colocarles a todos en la idea del Maestro, sobre la utilidad de la virtud desde una lectura edificante.  

La Edad de Oro fue un ejemplo del uso del sentido de anticipación en sus mensajes. Desde un arma literaria sencilla y de lenguaje comprensible su originalidad no ha sido superada en nuestros días al constituirse en arma precursora dentro de la lengua española. No estuvo en su centro alcanzar admiración, pero fue capaz de granjearse el interés de sus nobles ideas escritas con limpieza, de forma directa y comprensible desde una singularidad irrepetible, pero de serias fuentes como las consultadas para llevar a sus lectores sólidos conocimientos para su vida futura. De tal forma que redondeó su propósito de insistir de forma elegante desde los primeros instantes de la vida en la idea de que “el primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo”  

SABIA SELECCIÓN DE LAS FUENTES DOCUMENTALES 

Martí demostró en La Edad de Oro que para ejercer con eficacia el periodismo toda fuente sometida a la crítica es importante para ese ejercicio. Se colocó ante la cultura universal y extrajo de ella aquellos valores y temas esenciales que perseguía en sus propósitos para reelaborarlos en consonancia con su público. 

La obra que se ha convertido en una baúl de maravillas de edad infinita, extrajo con sabiduría temas de una literatura edificante, de cuentos tradicionales y de una dosis de fantasía para colocarse en el corazón de cada amigo del hombre orgulloso de ser el de La Edad de Oro, más allá de las 32 páginas de cada número de las cuatro ediciones que conversaba con cada uno de ellos de forma muy peculiar. Para prepararlos para ese viaje tomó de centro su más pulcra visión del maestro, patriota y padre que les inculcó desde el claro precepto de la verdad: 

“Porque es necesario que los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no sepan explicar… y el hombre no ha de descansar hasta que no entienda todo lo que ve.” 

Desde aquellas líneas privilegió las mentes  de los lectores al entregarle el ritmo acelerado de los progresos técnicos, la  dinámica de los cambios y los nuevos problemas, situaciones y estilos de vida sin disminuirles importancia. Tanta importancia colocó en los pensadores antiguos, como en quienes procesaban la cuchara y el tenedor, como méritos de su tiempo que colmaban la curiosidad y les abría nuevas perspectivas sobre futuros intereses. 

Los pequeños aprendían a verse en el espejo de los grandes  hombres como en su descripción fabulosa de los Tres Héroes y al mismo tiempo en la presencia de los hombres en la historia de sus originales y respectivas casas. Desde tales propuestas lograba con sencillez y claridad que todos los futuros hombres se conozcan mejor y se visiten, pues les advirtió que llegará el momento en que todos los hombres se tratarán como amigos y se irán juntando, para consolidar las bases de una futura ética. Idea que sintetizó cuando les aseguró “decirles lo que deben saber para ser de veras hombres. Le vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora:”
 

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