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Jueves, 10 de Julio de 2008

Martí, Whitman y la poesía

María Luisa García Moreno

En el periódico  La Nación, de Buenos Aires, apareció el 26 de junio  de 1887 el trabajo “El poeta Walt Whitman”, que también fue enviado por su autor, José Martí, a El Partido Liberal, de México. Este antológico trabajo resalta el carácter extraordinario de la poesía de Walt Whitman (1819-1892), de quien dice Martí: “Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo”.

Refiere nuestro Apóstol que a Whitman “los críticos profundos, que siempre son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su país y de su época” y celebra su doctrina, su “profético lenguaje y robusta poesía” a la vez que se asombra  y condena el hecho de que algunos de sus textos —Hojas de hierba— estén prohibidos.

Hace énfasis en el hecho de que puede este gigante de la poesía y el pensamiento humano vivir en la miseria, sostenido apenas por algunos amigos, porque no es hombre que diga “poesías por un peso” y vive satisfecho, aunque “no tiene cátedra, ni púlpito, ni escuela”.

Luego destaca su relación con otros grandes de su tiempo como “Emerson, cuya lectura purifica y exalta […]”, quien “[…] le echaba el brazo por el hombro y le llamó su amigo; Tennyson, que es de los que ven las raíces de las cosas […]” y “[…] envía desde su silla de roble en Inglaterra, ternísimos mensajes al ‘gran viejo’; Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa […]”, quien reprocha a los norteamericanos: “[…] ¿qué habéis de saber de letras […] si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?”.

“La verdad es —reflexiona Martí— que su poesía, aunque al principio causa asombro, deja en el alma, atormentada por el empequeñecimiento universal, una sensación deleitosa de convalecencia”. Y continúa describiendo lo inusual, lo desconcertante de la poesía de Whitman, en franca oposición a las rimas dulzonas y complacientes de su tiempo. Su potente voz, profundamente humana y anunciadora de la modernidad, no solo por su desusada manera de versar, sino también por la peculiar forma de concebir las relaciones de los humanos entre sí y con su entorno.

Por ello vivió incomprendido y censurado este poeta, quien afirmaba que: “Ni orgías, ni ostentosas paradas, ni la continua procesión de las calles, ni las ventanas atestadas de comercios, ni la conversación con los eruditos me satisface, sino que al pasar por mi Manhattan los ojos que encuentro me ofrezcan amor; amantes, continuos amantes es lo único que me satisface”.(1) 

 “Acaso —continúa el avezado periodista— una de las producciones más bellas de la poesía contemporánea es la mística treno día que Whitman compuso a la muerte de Lincoln. La naturaleza entera acompaña en su viaje a la sepultura el féretro llorado […] Se ven las nubes, la Luna cargada que anuncia la catástrofe, las alas largas del pájaro gris. Es mucho más hermoso, extraño y profundo que El cuervo de Poe. El poeta trae al féretro un gajo de lilas”. Hermosas palabras las de Martí para celebrar una obra cuya hermosura está muy cercana a nosotros, porque Whitman fue un precursor.

Pero este artículo martiano tiene, más allá de la celebración de un poeta que aún no ha conquistado la aceptación de sus contemporáneos, palabras que caracterizan la función social de la poesía, en particular, y del arte, en general: “Cada estado social trae su expresión a la literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera contarse sobre la historia de los pueblos, con más verdad que por sus cronicones y sus décadas”.

Y añade con formidables y tremendamente vigentes palabras: “¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza  de la vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”.

Por eso, los cubanos, seguidores del credo de nuestro Apóstol, apostamos por la cultura, de la que Abel Prieto, ministro del ramo, ha afirmado que es “escudo y espada de la nación”.(2) Porque Martí está convencido de que “La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la libertad, el culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente, deduce e ilumina lo futuro, y explica el propósito inefable y seductora bondad del Universo”.

Una vez definida con tan hermosas frases la función social del arte, Martí retoma la gigantesca figura de Whitman, para destacar una idea de la que ambos son fuertes defensores: la certeza en las infinitas posibilidades del ser humano, en su grandeza, a pesar de sus miserias: “Aquel que cerca de mí muestra un pecho más ancho que el mío, demuestra la anchura del mío. ¡Penetre el Sol la Tierra, hasta que toda ella sea luz clara y dulce, como mi sangre. Sea universal el goce. Yo canto la eternidad de la existencia, la dicha de nuestra vida y la hermosura implacable del Universo”, dice el Apóstol cubano, citando a Whitman.

Y cierra su magnífico canto glorificando al poeta y en él a la Humanidad: “Así, celebrando el músculo y el arrojo […] señalando a los tiempos pasmados las colmenas radiantes de hombres que por los valles y cumbres americanos se extienden y rozan con sus alas de abeja la fimbria de la vigilante libertad; pastoreando los siglos amigos hacia el remanso de la calma eterna, aguarda Walt Whitman […]”.

Y con estas palabras concluye Martí este trabajo en el que, una vez más, hace estupendo “ejercicio del criterio”.

Notas:

Las citas proceden de José Martí: “El poeta Walt Whitman”. En: Ensayos sobre arte y literatura. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972.

(1) Walt Whitman: “Calamus”. Ob. cit.

(2) Abel Prieto: Asamblea Nacional del Poder Popular, 2004.
 

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