Martí, Whitman y
la poesía
María Luisa García Moreno
En el
periódico La Nación, de Buenos Aires, apareció el 26 de junio de
1887 el trabajo “El poeta Walt Whitman”, que también fue enviado por
su autor, José Martí, a El Partido Liberal, de México. Este
antológico trabajo resalta el carácter extraordinario de la poesía
de Walt Whitman (1819-1892), de quien dice Martí: “Hay que
estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más
intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo”.
Refiere
nuestro Apóstol que a Whitman “los críticos profundos, que siempre
son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su
país y de su época” y celebra su doctrina, su “profético lenguaje y
robusta poesía” a la vez que se asombra y condena el hecho de que
algunos de sus textos —Hojas de hierba— estén prohibidos.
Hace énfasis
en el hecho de que puede este gigante de la poesía y el pensamiento
humano vivir en la miseria, sostenido apenas por algunos amigos,
porque no es hombre que diga “poesías por un peso” y vive
satisfecho, aunque “no tiene cátedra, ni púlpito, ni escuela”.
Luego destaca
su relación con otros grandes de su tiempo como “Emerson, cuya
lectura purifica y exalta […]”, quien “[…] le echaba el brazo por el
hombro y le llamó su amigo; Tennyson, que es de los que ven las
raíces de las cosas […]” y “[…] envía desde su silla de roble en
Inglaterra, ternísimos mensajes al ‘gran viejo’; Robert Buchanan, el
inglés de palabra briosa […]”, quien reprocha a los norteamericanos:
“[…] ¿qué habéis de saber de letras […] si estáis dejando correr,
sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro
colosal Walt Whitman?”.
“La verdad es
—reflexiona Martí— que su poesía, aunque al principio causa asombro,
deja en el alma, atormentada por el empequeñecimiento universal, una
sensación deleitosa de convalecencia”. Y continúa describiendo lo
inusual, lo desconcertante de la poesía de Whitman, en franca
oposición a las rimas dulzonas y complacientes de su tiempo. Su
potente voz, profundamente humana y anunciadora de la modernidad, no
solo por su desusada manera de versar, sino también por la peculiar
forma de concebir las relaciones de los humanos entre sí y con su
entorno.
Por ello vivió
incomprendido y censurado este poeta, quien afirmaba que: “Ni
orgías, ni ostentosas paradas, ni la continua procesión de las
calles, ni las ventanas atestadas de comercios, ni la conversación
con los eruditos me satisface, sino que al pasar por mi Manhattan
los ojos que encuentro me ofrezcan amor; amantes, continuos amantes
es lo único que me satisface”.(1)
“Acaso
—continúa el avezado periodista— una de las producciones más bellas
de la poesía contemporánea es la mística treno día que Whitman
compuso a la muerte de Lincoln. La naturaleza entera acompaña en su
viaje a la sepultura el féretro llorado […] Se ven las nubes, la
Luna cargada que anuncia la catástrofe, las alas largas del pájaro
gris. Es mucho más hermoso, extraño y profundo que El cuervo de Poe.
El poeta trae al féretro un gajo de lilas”. Hermosas palabras las de
Martí para celebrar una obra cuya hermosura está muy cercana a
nosotros, porque Whitman fue un precursor.
Pero este
artículo martiano tiene, más allá de la celebración de un poeta que
aún no ha conquistado la aceptación de sus contemporáneos, palabras
que caracterizan la función social de la poesía, en particular, y
del arte, en general: “Cada estado social trae su expresión a la
literatura, de tal modo, que por las diversas fases de ella pudiera
contarse sobre la historia de los pueblos, con más verdad que por
sus cronicones y sus décadas”.
Y añade con
formidables y tremendamente vigentes palabras: “¿Quién es el
ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los
pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la
fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega,
que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o
quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los
pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de
subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la
vida. ¿A dónde irá un pueblo de hombres que hayan perdido el hábito
de pensar con fe en la significación y alcance de sus actos?”.
Por eso, los
cubanos, seguidores del credo de nuestro Apóstol, apostamos por la
cultura, de la que Abel Prieto, ministro del ramo, ha afirmado que
es “escudo y espada de la nación”.(2) Porque Martí está convencido
de que “La libertad es la religión definitiva. Y la poesía de la
libertad, el culto nuevo. Ella aquieta y hermosea lo presente,
deduce e ilumina lo futuro, y explica el propósito inefable y
seductora bondad del Universo”.
Una vez
definida con tan hermosas frases la función social del arte, Martí
retoma la gigantesca figura de Whitman, para destacar una idea de la
que ambos son fuertes defensores: la certeza en las infinitas
posibilidades del ser humano, en su grandeza, a pesar de sus
miserias: “Aquel que cerca de mí muestra un pecho más ancho que el
mío, demuestra la anchura del mío. ¡Penetre el Sol la Tierra, hasta
que toda ella sea luz clara y dulce, como mi sangre. Sea universal
el goce. Yo canto la eternidad de la existencia, la dicha de nuestra
vida y la hermosura implacable del Universo”, dice el Apóstol
cubano, citando a Whitman.
Y cierra su
magnífico canto glorificando al poeta y en él a la Humanidad: “Así,
celebrando el músculo y el arrojo […] señalando a los tiempos
pasmados las colmenas radiantes de hombres que por los valles y
cumbres americanos se extienden y rozan con sus alas de abeja la
fimbria de la vigilante libertad; pastoreando los siglos amigos
hacia el remanso de la calma eterna, aguarda Walt Whitman […]”.
Y con estas
palabras concluye Martí este trabajo en el que, una vez más, hace
estupendo “ejercicio del criterio”.
Notas:
Las citas
proceden de José Martí: “El poeta Walt Whitman”. En: Ensayos sobre
arte y literatura. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1972.
(1) Walt Whitman: “Calamus”. Ob. cit.
(2) Abel Prieto:
Asamblea Nacional del Poder Popular, 2004.
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