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Lunes, 28 de Abril de 2008


Como perlas cayendo…

María Luisa García Moreno

Los excelentes conciertos ejecutados por José White en México, en el año 1875, provocaron magistrales páginas de periodismo cultural, en quien fuera un sobresaliente cultivador de tan exigente género: José Martí.

Momento oportuno para recordar tanto al relevante músico como al excepcional periodista resulta este 12 de mayo, fecha en que se cumplen 90 años del fallecimiento, en París, del músico y compositor cubano José White, notable violinista y compositor, que estremeciera el mundo de la música con la excelencia de sus interpretaciones.

La presencia del músico cubano en México se produjo durante la estadía en en ese hermano país (finales de 1874-1875) de José Martí, cuya alma de artista se conmovió tremendamente al escucharlo, a la vez que el periodista tuvo la oportunidad de expresar por escrito para la posteridad su profunda impresión y sano orgullo.

Paradigmáticas son las páginas que José Martí escribió entre el 23 de mayo y el 12 de junio de 1875 para la Revista Universal, de México. Pocas veces se ha escrito acerca de la música con tal fervor y tanta belleza. Fueron seis trabajos, de mayor o menor extensión de acuerdo con su objetivo, pero todos hermosos.

En el primero de ellos, Martí hace la presentación del artista y exhorta a los mexicanos a no desaprovechar la ocasión de conocer a tan exitoso intérprete. La lectura del breve anuncio da la impresión de que nuestro Martí estuviera temeroso de un cierto rechazo al artista, quizá por el color de su piel: “El sentimiento de arte no puede estar muerto en nuestro público, ni es además posible que el artista afamado que ha visto llenos a su presencia los primeros salones de Europa, lleve una impresión de tibieza de la tierra mexicana”.

Sin embargo, el segundo trabajo se publica luego del concierto de White, y Martí, profundamente conmovido, lo comienza ofreciendo su criterio acerca del arte musical: “Hay una lengua espléndida, que vibra en las cuerdas de la melodía y se habla con los movimientos del corazón: es como una promesa de ventura, como una vislumbre de certeza, como prenda de claridad y plenitud. El color tiene límites: la palabra, labios: la música, cielo. Lo verdadero es lo que no termina: y la música está perpetuamente palpitando en el espacio”.

Y aún agrega: “La música es la más bella forma de lo bello:—arrullar, adormecer, exaltar, gemir, llorar: el alma que se pliega a un arco: el oído que se subyuga, se extasía, se encadena […] La música es el hombre escapado de sí mismo”, para luego relatar la profunda impresión que el concierto del singularísimo artista ha causado en él: “White no toca,—subyuga: las notas resbalan en sus cuerdas, se quejan, se deslizan, lloran: suenan una tras otra como sonarían perlas cayendo.

”Ora es un suspiro prolongado que convida a cerrar los ojos para oír,—ora es un gemido fiero que despierta el oído aletargado: en el “Carnaval de Venecia” (pieza de White), las notas ya no gimen ni resbalan,—salpican, saltan, brotan: allí encadenan voluntad y admiración”.

Pero junto a esa admiración profunda a Martí lo emociona el orgullo de saber que un humilde negro, cubano como él, ha logrado situarse, gracias a la relevancia de su arte, en un lugar cimero de la cultura universal y ese orgullo brota indetenible: “Hijo es él de aquella tierra en que el crepúsculo solloza: en que los cañaverales gemebundos besan perennemente con su sombra las clarísimas aguas de los ríos: hijo es de mi patria muy amada […] White tiene en su genio toda la poesia de aquella tierra perpetuamente enamorada, todo el fuego de aquel sol vivísimo […] Yo honro en él a la vigorosa inspiración, y la ternura y la riqueza de mi tierra queridísima cubana. El debe el genio al alma, y el alma al fuego que la incendió y la calentó […] Horas fueron para mí de regocijo y entusiasmo las que pasé conmovido con su arco: páginas sean estas de gratitud y afecto para él: yo me siento orgulloso con que mi patria sea la patria de este artista perfecto y eminente”.

White ofreció otros conciertos en días sucesivos y Martí continuó escribiendo preciosas y halagüeñas palabras; pero ya tranquilizado por la tremenda acogida dispensada por el público al músico cubano: “El público no necesita que se le recuerde que hoy da su segundo concierto el gran artista”.

Maravillado, entusiasta estaba Martí con las excelentes interpretaciones de White. Por eso, una y otra vez reiteraba sus loas: “Cuanto quepa de alabanza, White lo merece. Cuanto de arte quepa, White lo tiene”.

Esta reseña martiana del concierto ejecutado por José White el 23 de mayo de 1875, en el Teatro Nacional de México, es una de las más bellas páginas escritas por quien fuera también un delicado artista y profundo conocedor de las bellas artes, nuestro José Martí. 

Notas
Todas las citas han sido tomadas de: José Martí: Obras completas. Tomo 5. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 291-302.
 

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