Como perlas cayendo…
María Luisa García Moreno
Los excelentes conciertos
ejecutados por José White en México, en el año 1875,
provocaron magistrales páginas de periodismo cultural, en
quien fuera un sobresaliente cultivador de tan exigente
género: José Martí.
Momento
oportuno para recordar tanto al relevante músico como al
excepcional periodista resulta este 12 de mayo, fecha en que
se cumplen 90 años del fallecimiento, en París, del músico y
compositor cubano José White, notable violinista y
compositor, que estremeciera el mundo de la música con la
excelencia de sus interpretaciones.
La presencia
del músico cubano en México se produjo durante la estadía en
en ese hermano país (finales de 1874-1875) de José Martí,
cuya alma de artista se conmovió tremendamente al
escucharlo, a la vez que el periodista tuvo la oportunidad
de expresar por escrito para la posteridad su profunda
impresión y sano orgullo.
Paradigmáticas son las páginas que José Martí escribió entre
el 23 de mayo y el 12 de junio de 1875 para la Revista
Universal, de México. Pocas veces se ha escrito acerca
de la música con tal fervor y tanta belleza. Fueron seis
trabajos, de mayor o menor extensión de acuerdo con su
objetivo, pero todos hermosos.
En el primero
de ellos, Martí hace la presentación del artista y exhorta a
los mexicanos a no desaprovechar la ocasión de conocer a tan
exitoso intérprete. La lectura del breve anuncio da la
impresión de que nuestro Martí estuviera temeroso de un
cierto rechazo al artista, quizá por el color de su piel: “El
sentimiento de arte no puede estar muerto en nuestro
público, ni es además posible que el artista afamado que ha
visto llenos a su presencia los primeros salones de Europa,
lleve una impresión de tibieza de la tierra mexicana”.
Sin embargo,
el segundo trabajo se publica luego del concierto de White,
y Martí, profundamente conmovido, lo comienza ofreciendo su
criterio acerca del arte musical: “Hay
una lengua espléndida, que vibra en las cuerdas de la
melodía y se habla con los movimientos del corazón: es como
una promesa de ventura, como una vislumbre de certeza, como
prenda de claridad y plenitud. El color tiene límites: la
palabra, labios: la música, cielo. Lo verdadero es lo que no
termina: y la música está perpetuamente palpitando en el
espacio”.
Y aún agrega: “La música es
la más bella forma de lo bello:—arrullar, adormecer,
exaltar, gemir, llorar: el alma que se pliega a un arco: el
oído que se subyuga, se extasía, se encadena […] La música
es el hombre escapado de sí mismo”, para luego relatar la
profunda impresión que el concierto del singularísimo
artista ha causado en él: “White no toca,—subyuga: las notas
resbalan en sus cuerdas, se quejan, se deslizan, lloran:
suenan una tras otra como sonarían perlas cayendo.
”Ora es un suspiro
prolongado que convida a cerrar los ojos para oír,—ora es un
gemido fiero que despierta el oído aletargado: en el
“Carnaval de Venecia” (pieza de White), las notas ya no
gimen ni resbalan,—salpican, saltan, brotan: allí encadenan
voluntad y admiración”.
Pero junto a esa admiración
profunda a Martí lo emociona el orgullo de saber que un
humilde negro, cubano como él, ha logrado situarse, gracias
a la relevancia de su arte, en un lugar cimero de la cultura
universal y ese orgullo brota indetenible: “Hijo es él de
aquella tierra en que el crepúsculo solloza: en que los
cañaverales gemebundos besan perennemente con su sombra las
clarísimas aguas de los ríos: hijo es de mi patria muy amada
[…] White tiene en su genio toda la poesia de aquella tierra
perpetuamente enamorada, todo el fuego de aquel sol vivísimo
[…] Yo honro en él a la vigorosa inspiración, y la ternura y
la riqueza de mi tierra queridísima cubana. El debe el genio
al alma, y el alma al fuego que la incendió y la calentó […]
Horas fueron para mí de regocijo y entusiasmo las que pasé
conmovido con su arco: páginas sean estas de gratitud y
afecto para él: yo me siento orgulloso con que mi patria sea
la patria de este artista perfecto y eminente”.
White ofreció otros
conciertos en días sucesivos y Martí continuó escribiendo
preciosas y halagüeñas palabras; pero ya tranquilizado por
la tremenda acogida dispensada por el público al músico
cubano: “El público no necesita que se le recuerde que hoy
da su segundo concierto el gran artista”.
Maravillado,
entusiasta estaba Martí con las excelentes interpretaciones
de White. Por eso, una y otra vez reiteraba sus loas:
“Cuanto quepa de alabanza, White lo merece. Cuanto de arte
quepa, White lo tiene”.
Esta reseña martiana del
concierto ejecutado por José White el 23 de mayo de 1875, en
el Teatro Nacional de México, es una de las más bellas
páginas escritas por quien fuera también un delicado artista
y profundo conocedor de las bellas artes, nuestro José
Martí.
Notas
Todas las citas han sido tomadas de: José
Martí: Obras completas. Tomo 5. Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana, 1975, pp. 291-302.