Nota del editor: Poco antes de
morir, el periodista Joaquín G. Santana escribió
especialmente para esta sección el artículo siguiente:
Transparencia del “retrato”
martiano
Joaquín G. Santana
Tiene mucha carga de impacto pictórico la prosa periodística
de nuestro Martí. Si se desea confirmarlo basta hurgar en
sus cuantiosos textos para verificar cuántos excelentes
“retratos” deslizó, entre ellos, con premeditado
encantamiento. Divino regusto produce esa búsqueda …
Su lente retratista, instantáneo y sin embargo eterno, sólo
se detecta por el impecable brillo fugaz que obliga a
regresar para posesionarse mejor en la observación. Lo tengo
comprobado a través de lecturas dirigidas a ese objetivo.
La violeta y la nube
En 1875, durante su residencia mexicana, Martí comentó para
la “Revista Universal”, el día 28 de agosto, la recepción de
un libro, publicado en París y titulado “Poetisas
americanas”, que incluía a dos cubanas: Luisa Pérez de
Zambrana y Gertrudis Gómez de Avellaneda.
El joven poeta, entonces de 22 años de edad, ya tenía bien
esclarecida su posición ante el magisterio de Luisa y
Gertrudis. Sencillamente, resumió a las dos en diez
palabras:
“La Avellaneda es atrevidamente grande; Luisa Pérez es
tiernamente tímida”.
Pero, vayamos al “retrato” semioculto, que apenas se hace
evidencia genial, cuando en medio de ciertas precisiones
dirigidas al autor de tal antología, José Domingo Cortés, el
desterrado describe a Gertrudis:
“era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y
enérgica (…) era algo así como una nube amenazante…”
Y, desde luego, a Luisa:
“Violeta casta, nulumbio quejumbroso, pasionaria triste”.
“Como quien ha cerrado mucho los ojos
…”
Mucho se ha escrito sobre Darwin. Su libro “El origen de las
especies” le hizo célebre. La celebridad le obligó a la
concesión de entrevistas, con pormenores de absoluta
minuciosidad, que solían iniciarse en su cuarto lleno de
huesos y de flores.
Cada uno de sus entrevistadores describió aquel rostro que
sus contemporáneos conocían suficientemente. Pero, sin duda,
entre los mejores “retratos escritos” del científico estuvo
aquel con el que el cubano inició el comentario de su
muerte: tres párrafos breves cuya reproducción el lector me
agradecerá:
“Darwin era un anciano grave en quien resplandecía el
orgullo de haber visto. El cabello, cual manto blanco, le
caía sobre la espalda.
“La frente remataba en montículos en las cejas, como quien
ha cerrado mucho los ojos para ver mejor.
“Su mirada era benévola, cual la de aquellos que viven en
trato fecundo con la Naturaleza, y su mano, blanda y
afectuosa, como hecha a cuidar pájaros y plantas”.
Las “filtraciones de la luz” en el periodismo martiano
Martí admiraba a Mariano Fortuny con devoción sincera.
Muchas veces lo llamó: “el gran pintor de la luz”. Esa misma
y excepcional cualidad tiene toda su obra periodística,
penetrada espléndidamente de luminosidad y transparencia.
Incluso, con la misma intensidad y precisión con que los
“acuarelistas franceses”, que tanto admiró, crearon una
escuela propia: “luminosa, flexible y etérea”, según la
definió.
En cierta ocasión, al reseñar “El libro talonario”, de José
Echegaray, el cubano advirtió: “El crítico debe ver y
deducir; debe analizar, presumir, explicar y adivinar”.
He ahí parte de su credo periodístico que, en la práctica,
traía consigo resultados similares a esa sentencia: visión
profunda y deducción sorprendente por su exactitud, análisis
de conjunto, presunciones ciertas, muchas explicaciones y
adivinaciones enigmáticas, lo que le comunica, de modo
revelador, con una conclusión del poeta Lezama Lima,
recogida en “Imagen y posibilidad”, que a muchos puede
parecer esotérica:
“(En Martí) está muy apegada y en rápida correlación la
cantidad de luz verbal (…) Descubierta su palabra por las
filtraciones de la luz, mantiene el misterio, esa
nocturnidad del vegetal al sentir que en su oscuro penetra
otra luz”.
Esa definición exacta del autor de “Dador” tiene más
resonancia pictórica que literaria. Lezama, apegado a la
idea de que Martí fue desde siempre “un misterio que nos
acompaña”, no aludía gratuitamente a la “nocturnidad del
vegetal”.
Recuérdese la entrañable confesión martiana: “Dos patrias
tengo yo: Cuba y la noche”.
Abel Prieto, en el prólogo a “Confluencias”, nos amplificó
esa concepción:
“Martí protagoniza una de las más importantes intuiciones de
Lezama: aquella que pugna por extraer su reflexión sobre la
historia y sobre la utopía del terreno especulativo o de
ingenuas proposiciones destinadas al pequeño burgués
habanero, para columbrar un camino martiano en el futuro de
Cuba”.
Del azar y la deliberación martianas
Hay mucho de azar y deliberación en las notas escritas por
Martí para la prensa. Azar en la frecuente inusitada
aparición de un neologismo y deliberación en el propósito de
la utilidad informativa de su labor de difusión. Fue
exactamente eso lo que le prometió a Manuel Mercado cuando,
en 1886, le propuso, para “El Diario Oficial de México”, una
colaboración regular acerca de “asuntos norteamericanos”.
¿Elaborada cómo? Así:
“Muere un hombre notable: estudio su vida. Aparece acá, o en
cualquier otra parte del mundo, un libro de historia, de
novela, de teatro, de poesía: estudio el libro. Se hace un
descubrimiento valioso: lo explico, luego de entenderlo. En
fin, una Revista hecha desde Nueva York sobre todas las
cosas que puedan interesar a nuestros lectores cultos,
impacientes e imaginativos; pero hecha de modo que pueda
publicarse en periódicos diarios. Siete, ocho, diez, yo no
sé cuántos …”
Esa fue la intención que le guió el pulso y la mente, a no
dudarlo, cuando escribió sus antológicas “Escenas
norteamericanas”.
En sus páginas el “retrato escrito” no siempre revela rasgos
de un personaje de ocasión sino, también, del paisaje. El 3
de septiembre de 1881, en su correspondencia al Director de
“La Opinión Nacional”, “dibujó” esta postal enternecedora:
“Aún no empieza el otoño, aún no juegan los niños en las
esquinas con los montones de hojas secas; aún no encienden
en medio de las calles, poseídos de una extraña e indómita
alegría, las vivas llamaradas que se truecan en copos densos
de humo odorífero y lechoso, cargado con la savia de las
ramas (…) y ya los neoyorkinos previsores, abren sus
teatros, anuncian sus modas, recuentan sus placeres,
preparan sus lecturas”.
Aún nos queda mucho de Martí por desentrañar. La luz de su
prosa de utilidad inmediata es una de esas indescifrables
virtudes del más abarcador de los cubanos. En su biografía,
y su escritura, todavía nos convocan a la interpretación
final muchas de las facetas que Lezama Lima invocó en sus
“Confluencias”:
“Su sobremesa familiar, las noches en que llegó a ciudades
lejanas, sus amistades mexicanas, los finales de sus clases
en los otoños neoyorkinos, sus lecturas en las casas
paradojales de los revolucionarios anticuarios, sus
conversaciones ya indescifrables con Rubén Darío, el hechizo
con que penetró en el bosque de la muerte, todos los signos
que corren a su totalidad son los que tenemos que tocar y
reverenciar, descifrar y habitar”. Sea.