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Miércoles, 17 de Octubre de 2007


¿Puede un símbolo perder su significado?

María Luisa García Moreno


Fechado el 29 de octubre de 1886 apareció publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, un trabajo de José Martí, corresponsal del periódico argentino en Nueva York, acerca del regalo entregado el día anterior a los norteamericanos por el pueblo francés, en conmemoración del 4 de Julio de 1776, fecha en que Estados Unidos de América declaró su independencia de Inglaterra.

El trabajo periodístico de nuestro Apóstol, comienza con una breve invocación a la libertad –“Terrible es, libertad, hablar de ti para el que no te tiene […] Los que no te tienen no deben hablar de ti, sino conquistarte”.–, y luego describe la fiesta que fue para los norteamericanos la develación de la magnífica estatua, esculpida por el francés Fréderic-Auguste Bartholdi; vibra con la emoción del pueblo, y ensalza la figura de Marie Joseph Motier, marqués de La Fayette (1757-1834), militar y político francés, quien fue figura decisiva en la guerra de independencia de las Trece Colonias y amigo personal de George Washington (1732-1799), comandante del Ejército Continental y luego, primer presidente de EUA. A las luchas por la independencia estadounidense, el joven francés aportó todo el calor del ideario que sería luego el núcleo ideológico de la Revolución Francesa y de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano: “Liberté, Égalité, Fraternité” (“Libertad, Igualdad, Fraternidad”).

“Bendito sea el pueblo que irradia”, dice Martí refiriéndose a la influencia de Francia en otros pueblos del mundo, para de inmediato lamentar que esta nación y el marqués de Lafayette no sean muy recordados ni muy bien interpretados entre los muchos asistentes a la ceremonia. No obstante, las notas de La Marsellesa, el himno de la libertad, llenan de emoción los corazones todos en el momento de develar la colosal estatua que empequeñece al Apolo de Rodas y al Júpiter de Fidias, así como a otras maravillas de la estatuaria, según describe Martí, para añadir:

Está hecha de todo el arte del universo, como está hecha la libertad de todos los padecimientos de los hombres.

De Moisés tiene las tablas de la ley: de la Minerva el brazo levantado: del Apolo la llama de la antorcha: de la esfinge el misterio de la faz: del cristianismo la diadema aurea.1

Luego, en un momento de la extensa y detallada crónica, el Apóstol cita algunas de las palabras pronunciadas por el presidente de Estados Unidos, Stephen Grover Cleveland (1837-1908) en la solemne ceremonia:

No estamos aquí hoy para doblar la cabeza ante la imagen de un dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza, sino para contemplar con júbilo a nuestra deidad propia, guardando y vigilando las puertas de América, más grande que todas las que celebraron los cantos antiguos: y en vez de asir en su mano los rayos del terror y de la muerte, levanta al cielo la luz que ilumina la emancipación del hombre.2

No sé si el Martí que ya sabía del capitalismo norteamericano, al cual había conocido muy de cerca, si el Martí que temía por el destino de nuestra América en manos de ese naciente imperialismo habrá citado en su crónica estas palabras de Cleveland con toda intención. Lo cierto es que la política norteamericana ha convertido esa nación justamente en lo contrario de lo afirmado por el presidente.
Cabría entonces preguntar si el símbolo de la libertad donado por los franceses a los norteamericanos sigue siendo tal o si quizá se ha transformado en “la imagen de un dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza” que lanza “los rayos del terror y la muerte” por todo el mundo.

Quizá pudiera hacerse esa pregunta en Japón, donde todavía hoy siguen naciendo personas con secuelas del estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagassaki; o en Vietnam, donde miles de hectáreas fueron defoliadas por el uso del napalm y otras sustancias; o en Palestina, donde tantos han quedado sin hogar; o en Afganistán y en Irak, donde fuerzas armadas de Estados Unidos y sus aliados sembraron y siembran la muerte con su muy superior poderío militar; o en el centro de Europa, donde los bombardeos con uranio empobrecido han contaminado el Danubio.

O quizá podríamos hacer la pregunta en los propios tribunales de justicia norteamericanos capaces de liberar al más terrible de los terroristas conocidos y mantener en prisión a cinco jóvenes cubanos, cuyo único delito ha sido defender su tierra dentro de las fronteras del imperio.

O, mejor aún, podríamos hacer la pregunta en Cuba, donde por casi cincuenta años hemos enfrentado el bloqueo más brutal y extenso de la historia mundial, donde “un dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza” pretende rendir por hambre a un pueblo digno, que trabaja y se esfuerza por construir un mundo mejor para todos sus ciudadanos, por defender su derecho a una vida más plena.

Somos muchos los que en el convulso mundo de hoy podemos acusar al “dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza”, que lanza en nombre de la libertad “los rayos del terror y la muerte”, por pretender obstaculizar el derecho de los pueblos a la libertad.

Notas
1 Martí, José: “Fiestas a la estatua de la libertad”. En Rodríguez La O, Raúl: La Argentina en José Martí. Ediciones Abril, La Habana, 2007, pp. 197-198.
2 Ibídem, p. 214.

 

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