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¿Puede un símbolo perder su significado?
María Luisa García Moreno
Fechado el 29 de octubre de 1886 apareció publicado en el diario La
Nación, de Buenos Aires, un trabajo de José Martí, corresponsal del
periódico argentino en Nueva York, acerca del regalo entregado el
día anterior a los norteamericanos por el pueblo francés, en
conmemoración del 4 de Julio de 1776, fecha en que Estados Unidos de
América declaró su independencia de Inglaterra.
El trabajo periodístico de nuestro Apóstol, comienza con una breve
invocación a la libertad –“Terrible es, libertad, hablar de ti para
el que no te tiene […] Los que no te tienen no deben hablar de ti,
sino conquistarte”.–, y luego describe la fiesta que fue para los
norteamericanos la develación de la magnífica estatua, esculpida por
el francés Fréderic-Auguste Bartholdi; vibra con la emoción del
pueblo, y ensalza la figura de Marie Joseph Motier, marqués de La
Fayette (1757-1834), militar y político francés, quien fue figura
decisiva en la guerra de independencia de las Trece Colonias y amigo
personal de George Washington (1732-1799), comandante del Ejército
Continental y luego, primer presidente de EUA. A las luchas por la
independencia estadounidense, el joven francés aportó todo el calor
del ideario que sería luego el núcleo ideológico de la Revolución
Francesa y de la Declaración de los derechos del hombre y del
ciudadano: “Liberté, Égalité, Fraternité” (“Libertad, Igualdad,
Fraternidad”).
“Bendito sea el pueblo que irradia”, dice Martí refiriéndose a la
influencia de Francia en otros pueblos del mundo, para de inmediato
lamentar que esta nación y el marqués de Lafayette no sean muy
recordados ni muy bien interpretados entre los muchos asistentes a
la ceremonia. No obstante, las notas de La Marsellesa, el himno de
la libertad, llenan de emoción los corazones todos en el momento de
develar la colosal estatua que empequeñece al Apolo de Rodas y al
Júpiter de Fidias, así como a otras maravillas de la estatuaria,
según describe Martí, para añadir:
Está hecha de todo el arte del universo, como está hecha la libertad
de todos los padecimientos de los hombres.
De Moisés tiene las tablas de la ley: de la Minerva el brazo
levantado: del Apolo la llama de la antorcha: de la esfinge el
misterio de la faz: del cristianismo la diadema aurea.1
Luego, en un momento de la extensa y detallada crónica, el Apóstol
cita algunas de las palabras pronunciadas por el presidente de
Estados Unidos, Stephen Grover Cleveland (1837-1908) en la solemne
ceremonia:
No estamos aquí hoy para doblar la cabeza ante la imagen de un dios
belicoso y temible, lleno de rabia y venganza, sino para contemplar
con júbilo a nuestra deidad propia, guardando y vigilando las
puertas de América, más grande que todas las que celebraron los
cantos antiguos: y en vez de asir en su mano los rayos del terror y
de la muerte, levanta al cielo la luz que ilumina la emancipación
del hombre.2
No sé si el Martí que ya sabía del capitalismo norteamericano, al
cual había conocido muy de cerca, si el Martí que temía por el
destino de nuestra América en manos de ese naciente imperialismo
habrá citado en su crónica estas palabras de Cleveland con toda
intención. Lo cierto es que la política norteamericana ha convertido
esa nación justamente en lo contrario de lo afirmado por el
presidente.
Cabría entonces preguntar si el símbolo de la libertad donado por
los franceses a los norteamericanos sigue siendo tal o si quizá se
ha transformado en “la imagen de un dios belicoso y temible, lleno
de rabia y venganza” que lanza “los rayos del terror y la muerte”
por todo el mundo.
Quizá pudiera hacerse esa pregunta en Japón, donde todavía hoy
siguen naciendo personas con secuelas del estallido de las bombas
atómicas en Hiroshima y Nagassaki; o en Vietnam, donde miles de
hectáreas fueron defoliadas por el uso del napalm y otras
sustancias; o en Palestina, donde tantos han quedado sin hogar; o en
Afganistán y en Irak, donde fuerzas armadas de Estados Unidos y sus
aliados sembraron y siembran la muerte con su muy superior poderío
militar; o en el centro de Europa, donde los bombardeos con uranio
empobrecido han contaminado el Danubio.
O quizá podríamos hacer la pregunta en los propios tribunales de
justicia norteamericanos capaces de liberar al más terrible de los
terroristas conocidos y mantener en prisión a cinco jóvenes cubanos,
cuyo único delito ha sido defender su tierra dentro de las fronteras
del imperio.
O, mejor aún, podríamos hacer la pregunta en Cuba, donde por casi
cincuenta años hemos enfrentado el bloqueo más brutal y extenso de
la historia mundial, donde “un dios belicoso y temible, lleno de
rabia y venganza” pretende rendir por hambre a un pueblo digno, que
trabaja y se esfuerza por construir un mundo mejor para todos sus
ciudadanos, por defender su derecho a una vida más plena.
Somos muchos los que en el convulso mundo de hoy podemos acusar al
“dios belicoso y temible, lleno de rabia y venganza”, que lanza en
nombre de la libertad “los rayos del terror y la muerte”, por
pretender obstaculizar el derecho de los pueblos a la libertad.
Notas
1 Martí, José: “Fiestas a la estatua de la libertad”. En Rodríguez
La O, Raúl: La Argentina en José Martí. Ediciones Abril, La Habana,
2007, pp. 197-198.
2 Ibídem, p. 214.
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