Para José Martí, “Más bella es la naturaleza cuando la luz del mundo crece con la de la libertad […]” y “[…] Guáimaro libre nunca estuvo más hermosa que en los días en que iba a entrar en la gloria y en el sacrificio”.*

Ese día “[…] Oriente y las Villas y el Centro, de las almas locales […] componían espontánea el alma nacional, y entraba la revolución en la república. El jefe del Gobierno provisional de Oriente” —es decir Céspedes— “acudía al abrazo de la asamblea de representantes del centro” —integrado por los camagüeyanos, con quienes ya Céspedes se había reunido en más de una ocasión y que no concordaban en la forma de llevar adelante la revolución—. Ese día “[…] El pabellón nuevo de Yara cedía, por la antigüedad y la historia, al pabellón, saneado por la muerte, de López y Agüero”.*

Efectivamente, por la bandera de la estrella solitaria, había ya corrido sangre cubana y esa sangre había limpiado el pabellón del pecado de su creador, Narciso López, consumado anexionista, a quien Martí había denunciado en el prólogo a sus Versos sencillos. Fue justo el reclamo; pero lo cierto es que los camagüeyanos, permeados de idealismo, querían impedir que Céspedes se convirtiera en dictador y, por evitarlo, se cayó en un excesivo republicanismo para el que no había condiciones y que, al final, dio al traste con diez años de guerra: “[…] el Centro quiso poner a la guerra las formas de la república […]  En los modos y en el ejercicio de la carta se enredó, y cayó tal vez, el caballo libertador; y hubo yerro acaso en ponerles pesas a las alas, en cuanto a formas y regulaciones, pero nunca en escribir en ellas la palabra de luz […]”.*

Céspedes pensaba atinadamente que la guerra debería ser dirigida por los jefes del Ejército Libertador; pero se plegó al criterio de la mayoría considerando con gran madurez que, por encima de todo, tenía que prevalecer la unidad y por eso, según Martí, “[…] Ni Cuba ni la historia olvidarán jamás que el que llegó a ser el primero en la guerra, comenzó siendo el primero en exigir el respeto de la ley […]”.*

Y por ese espíritu de cordialidad y amor, “[…] Estaba Guáimaro más que nunca hermosa. Era el pueblo señorial como familia en fiesta. Venían el Oriente, y el Centro, y las Villas al abrazo de los fundadores”.*

Cuenta Martí de la alegría con que todo Guáimaro recibió a los libertadores. Los va nombrando y de cada uno dice algo. Apoteósica fue la entrada de Carlos Manuel —de “[…] ojos, claros y firmes, [que] ordenan, más que obedecen […]”*— al poblado. Y con él, Francisco Vicente Aguilera, Ramón Céspedes, José María y Eligio Izaguirre, Francisco del Castillo, José Joaquín Palma, Manuel Peña, Jesús Rodríguez, Jorge Milanés, Miguel Luis Aguilera y Fernando Figueredo.

Después “[…] manda Céspedes que echen a vuelo las campanas, que Guáimaro se conmueva y alegre, que salga entero a recibir a una modesta comitiva […]”* y es que han llegado Ignacio Agramonte, Antonio Zambrana, Salvador Cisneros, Francisco Sánchez Betancourt y Eduardo Agramonte. Luego llegan los de Las Villas: el polaco Carlos Roloff, Miguel Jerónimo Gutiérrez y su hijo, Honorato Castillo, Eduardo Machado, Antonio Lorda, Arcadio García, Antonio Alcalá y Tranquilino Valdés.

Es momento de júbilo la bienvenida, porque “Tienen los pueblos, como los hombres, horas de heroica virtud, que suelen ser cuando el alma pública, en la niñez de la esperanza, cree hallar en sus héroes, sublimados con el ejemplo unánime, la fuerza y el amor que han de sacarlos de agonía; o cuando la pureza continua de un alma esencial despierta, a la hora misteriosa del deber, las raíces del alma pública […]”.*

Ese día “Guáimaro vivió así, de casa en casa, de junta en junta, de banquete en banquete […] No había casas con puertas, ni asambleas sin concordia, ni dudas del triunfo. La crónica no era de la que infama y empequeñece, sobre mundanidades y chismes; sino de las victorias más bellas de los héroes, que son las que alcanzan sobre sí propios”.* Precisamente, en una de esas invitaciones, a casa del general Manuel Quesada, conoció Céspedes a la hermana de este, Ana, quien sería su segunda esposa.

Fue en la Asamblea de Guáimaro, donde se acordó “[…] Que el estandarte de Yara y de Bayamo se conservaría en el salón de sesiones de la Cámara, y sería considerado como parte del tesoro de la República […]”. También “[…] que la Cámara quede con el derecho de juzgar y de deponer a los funcionarios que puede nombrar. Que la Cámara pueda nombrar al Presidente de la República”.*

Como uno de los momentos más emocionantes de la Asamblea, cuenta Martí que “[…] Al caer la noche, cuando el entusiasmo no cabe ya en las casas, en la plaza es la cita, y una mesa la tribuna: toda es amor y fuerza la palabra; se aspira a lo mayor, y se sienten bríos para asegurarlo; la elocuencia es arenga: y en el noble tumulto, una mujer de oratoria vibrante, Ana Betancourt, anuncia que el fuego de la libertad y el ansia del martirio no calientan con más viveza el alma del hombre que la de la mujer cubana […]”.*

Describe el Apóstol “[…] la casa de la Asamblea vasta y hermosa, a una esquina de la plaza del pueblo: casa de calicanto, de ancho portal de horcones, y las rejas de la madera del país”, donde “[…] Adentro, en dos hileras a los lados, aguardaban, al centro del salón, los asientos de rejilla de los representantes, y de cabecera estaba la mesa presidencial, y a ambos cabos las dos sillas de la secretaría […]”.*

En esa casa, “[…] Céspedes presidió, ceremonioso y culto: Agramonte y Zambrana presentaron el proyecto” [de constitución], que fue aprobado “con ligeras enmiendas […]”.

Sobre Céspedes, allí se dijo: “El Destino le deparó ser el primero” en levantar en Yara el estandarte de la independencia: “Al Destino le place dejar terminada la misión del caudillo” de Yara y de Bayamo: “Vanguardia de los soldados de nuestra libertad […]”.*
Continúa narrando Martí: “El once, a la misma mesa, se sentaban, ya en Cámara, los diputados, y por la autoridad del artículo séptimo de la Constitución eligieron presidente del poder ejecutivo a quien fue el primero en ejecutar, a Carlos Manuel de Céspedes; presidente de la Cámara, al que presidia la Asamblea de Representantes del Centro, de que la Cámara era ensanche y hechura, a Salvador Cisneros Betancourt; y general en jefe de las fuerzas de la república al general de las del Centro, a Manuel Quesada”.* Vale la pena introducir un comentario sobre la frase con que describe Martí a la Cámara: “ensanche y hechura” de la Asamblea de Representantes del Centro, porque aunque Céspedes fue elegido presidente de la República de Cuba en Armas, nuestro primer presidente, fue, de hecho marginado de la dirección de la guerra que había iniciado y, además, su cargo estaba sujeto a las veleidades de una cámara integrada por veinte representantes, pero en la cual por las propias acciones de guerra, se consideraba que había quorum con siete y hasta con cinco. Años después, ese reducidísimo grupo de camerales depondría primero, al general en jefe —cargo vital para la dirección de la guerra, que no existió a partir de ese momento— y después, al propio presidente.

El día 12, los funcionarios elegidos juraron sus cargos: “[…] De pie juró la ley de la República el presidente Carlos Manuel de Céspedes, con acentos de entrañable resignación, y el dejo sublime de quien ama a la patria de manera que ante ella depone los que estimó decretos del destino […]”.*

La hermosa Guáimaro, como antes Bayamo, también se convertiría en ciudad antorcha: “Un mes después, se ordenó, con veinticuatro horas de plazo para la devastación, salvar del enemigo, por el fuego, al pueblo sagrado, y darle ruinas donde esperaba fortalezas. Ni las madres lloraron, ni los hombres vacilaron, ni el flojo corazón se puso a ver cómo caían aquellos cedros v caobas. Con sus manos prendieron la corona de hogueras a la santa ciudad, y cuando cerró la noche, se reflejaba en el cielo el sacrificio. Ardía, rugía, silbaba el fuego grande y puro; en la casa de la Constitución ardía más alto y bello […]”.*

 

* Todas las citas han sido tomadas de José Martí: “El 10 de abril”, en Obras completas, t. 4, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2007, pp. 382-389.