El castillo de La Real Fuerza es la obra militar más antigua de La Habana, construido en 1577, de armónica arquitectura y de inspiración renacentista

Dentro de pocos meses, noviembre, San Cristóbal de La Habana celebrará su fiesta fundacional de hace 500 años. En un paseo por las calles y manzanas aledañas a su puerto, los turistas de cualquier parte del mundo y claro, especialmente, los cubanos aprecian sus más relevantes símbolos emblemáticos, de los que hemos seleccionados varios para referirnos en breves notas.

Desde su creación en 1519, cuando debajo de una ceiba le celebraron la primera misa y cabildo, La Habana del cacique aborigen Habaguanex, colonizada varios siglos por los españoles, creció y se le construyeron obras para su defensa contra los ataques e incendios de piratas y corsarios. En su puerto entonces llamado de Carenas se reunían las flotas cargadas de riquezas de América para luego en convoyes partir hacia España.

El más terrible saqueo e incendio a La Habana fue causado por Jacques de Sores en 1555, por lo cual la Metrópoli ordenó la construcción de fortalezas en aras de su defensa, las que se convirtieron en las de mayor poder de fuego de la América hispana. De ahí la construcción de tres castillos: los Tres Reyes del Morro, La Punta y la Real Fuerza.

Estas edificaciones en la capital cubana contribuyeron a que por Real Cédula, fechada en 1634, se llamara a la ciudad puerto como Llave del Nuevo Mundo y antemural de las Indias Occidentales, con lo cual se distinguía su estratégica posición geográfica.

El castillo de La Real Fuerza es la obra militar más antigua de La Habana, construido en 1577, de armónica arquitectura, de inspiración renacentista, se halla en la parte más vieja de la ciudad, donde en la actualidad se exhibe una importante colección de cerámica. Fue residencia de gobernadores españoles, militares y otras personalidades de la época colonial, además de servir de seguro depósito de los tesoros que las flotas llevaban a España.

En él tuvo lugar la primera puesta en escena de la comedia Los buenos en el cielo y los malos en el suelo. Alrededor de 1630 dotaron a la fortaleza de un punto elevado de vigía, sobre el cual se colocó una veleta de los vientos, La Giraldilla, que representa otro emblema de La Habana. Esta estatuita fue realizada en bronce por el fundidor habanero Gerónimo Martín Pinzón.

Para conmemorar la fundación de la villa de San Cristóbal se levantó en 1754 la llamada Columna de Cagigal, por iniciativa del gobernador Francisco Cagigal de la Vega, y en 1828 en ese mismo terreno fue inaugurado el pequeño edificio El Templete, que en su interior se conserva tres pinturas murales del francés Jean Baptiste Vermay, los que contienen versiones del acto fundacional de la villa, la inauguración del edificio y la bendición de la ciudad por el obispo de La Habana, Juan José Díaz de Espada y Landa.

Detrás de El Templete se halla la calle más chica , nombrada Enna, tiene poco más de un metro de ancho y unos cuantos de largo; ella es otra curiosidad de este tan concurrido sitio habanero.

La Plaza de Armas tiene en un extremo a El Templete y al otro al Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad. El mencionado palacio fue edificado con fastuosidad entre 1776 y 17791, del cual dijeron que era la obra más bella de la colonia española en la Isla. El paso del tiempo y los varios usos de oficinas y administraciones lo deterioraron hasta su rigurosa restauración concluida en 1970, cuando se instaló ahí el Museo de la Ciudad de La Habana. En sus salas se exhiben valiosos objetos, muebles, documentos, banderas de gran valor artístico e histórico. En particular se conservan reliquias patrias.

Po su lado, la Plaza de Armas presenta su bello cuadrilátero de jardines, que fuera utilizado durante la colonia como zona para la vida institucional, religiosa y militar; en torno a ella se alzaron otros palacios, entre ellos el hoy hermoso hotel Santa Isabel y el Palacio del Segundo Cabo. En el centro de la Plaza de Armas se encuentra la estatua de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, el iniciador de la guerra de independencia en 1868.

La Catedral de La Habana tiene bien ganado ser uno de los más atrayentes símbolos emblemáticos. El templo con fachada barroca, posee molduras, nichos y columnas flanqueadas por dos grandes torres desiguales. La Catedral entre 1796 y 1898 guardó en su interior un mausoleo con los restos de Cristóbal Colón, trasladados allí desde Santo Domingo.

El Cristo de La Habana es monumento muy llamativo no solo por su tamaño sino por el significado religioso. La escultura se le debe a la cubana Jilma Madera, quien utilizó mármol de Carrara, Italia. Se yergue en la cima de la loma próxima a La Cabaña de San Carlos, frente al canal que da acceso a la bahía habanera. Tiene 18 metros de altura desde la base.

El historiador Fernando Dávalos, en su libro Mi Habana Querida, señala fue levantada en 1958, a partir de ese año se envolvió en una polémica histórica porque “cuéntase que durante el ataque revolucionario al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957, dirigido al ajusticiamiento del tirano Batista, la esposa de este hizo la promesa de erigir un Cristo en un lugar visible de la ciudad si el mandatario escapa al tiroteo. No obstante un origen tan impopular, y teniendo en cuenta los valores estéticos de la obra y su significado religioso, la imagen es respetada y conservada por las autoridades revolucionarias”.

En otros trabajos prometemos hablar de más símbolos emblemáticos de La Habana, como la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís, con su popularmente llamada plaza de las palomas.

Fuentes consultadas: Colección Opus (1996 hasta 2005)
De Fernando Dávalos: Mi Habana Querida, Editorial Si-Mar S.A. (1999)

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