Amanece en La Habana y el pueblo está listo para desfilar… La Plaza de la Revolu­ción José Martí se ha convertido en símbolo de Cuba. Su imagen recorre el mundo una y otra vez como muestra del apoyo irrestricto de los cubanos a su Revolución y a sus líderes.

Su construcción comenzó durante la década del cincuenta del pasado siglo para rendir homenaje a José Martí (1853-1898) en su centenario; aunque se concluyó tras el triunfo revolucionario de enero y la primera concentración realiza­da en ella tuvo lugar, precisamente, el 1.º de mayo de 1959.

La idea de erigir un monumento a José Martí había resurgido con fuerza en la década del treinta del pasado siglo xx. En 1935, Emilio Roig de Leuchsenring apoyó que dicho monumento se erigiera en el punto que Jean Claude Nicolas Forestier* ha­bía designado como el centro geográfico de la ciudad: la loma de los Catalanes, destinada a ser el centro cívico de la urbe. En dicha loma se hallaban ubicados la iglesia de Monserrat —también conocida como de los Catalanes o de los Jesui­tas— y una serie de barrios marginales como La Pelusa, Pan con Timba, La Quinta…

En el año 1937, mediante el Decreto Presidencial no. 1631, publicado en la Gaceta Oficial el 9 de junio, se creó la Comisión Central Pro Monumento a Martí y se convocó al Primer Concurso Panamericano para las obras del monumento; pero el primer lugar quedó desierto.

La estatua de José Martí tiene una altura de 18 metros y fue concluida en 1958, utilizando mármol blanco procedente de la entonces llamada Isla de Pinos, actualmente municipio especial de Isla de la Juventud.

En 1939 y 1940 se libraron nuevas convocatorias y, al fin, en 1943, como resultado del cuarto y último concurso se concedió el primer premio al proyecto Templo Martiano o Templo de las Américas, presen­tado por el arquitecto Aquiles Maza y el escultor Juan José Sicre, a quienes correspondía el derecho de erigir el monumento proyectado por ellos.

Se otorgó un segundo premio a los arquitectos Govantes y Cabarrocas, quienes ha­bían presentado el proyecto de una biblioteca monumentaria, y el tercero a Enrique Luis Varela y un equipo de arquitectos, que incluyeron en su monumento una torre estrellada rematada con una estatua de Martí.

En 1949, se realizó la compra de la loma de los Catalanes a favor del Patronato de la Biblioteca Nacional y, en 1951, el Estado ex­propió la ermita.

Tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, el dictador Fulgencio Batista Zaldívar, con el fin de mejorar su imagen pública, prometió erigir el monumento. Se creó entonces la comisión nacional organizadora de los actos con motivo del próximo centenario del natalicio del Apóstol. Sin embargo, Batista favo­reció la construcción del proyecto de Varela, secretario de Obras Públicas y su amigo personal, lo cual generó un gran escándalo, y la justa y airada protesta de Sicre.

Las cosas llegaron al extremo de que Varela y su grupo decidieron presen­tar una nueva composición, en la cual se elimina­ba la imagen de Martí de su proyecto original y se situaba la estatua de Sicre, al pie del obelisco. De modo que el proyecto de Varela, que había obtenido el tercer lugar en el concur­so, se fundiría con la escultura de Sicre en un conjunto que no logra una total homogenei­dad, pero que ya resulta entrañable a nuestro pueblo.

Los humildes vecinos de la zona fueron no­tificados de que disponían de una semana para abandonar sus hogares. Un joven abogado nom­brado Fidel Castro Ruz aceptó el caso de los des­amparados pobladores y consiguió que el plazo se extendiera hasta un mes y que se les ofreciera una indemnización de 400 pesos.

La estatua de José Martí está formada por 52 blo­ques de mármol blanco procedente de la Isla de la Juven­tud y tiene una altura de 18 m. Fue concluida en 1958 y está rodeada por seis pilares que represen­tan las antiguas provincias en las que se hallaba dividido el territorio cubano, con sus respectivos escudos.

La primera gran concentración popular, como ya se dijo, tuvo lugar el 1.o de mayo de 1959 y estuvo presidida por Raúl. Una semana después, regresó Fidel de su viaje a Estados Unidos, Canadá y Argentina y el pueblo masivamente lo acompañó desde Racho Boyeros hasta la entonces Plaza Cívica. A partir de entonces, la Plaza de la Revolución ha sido escenario de esas concentraciones en las que el pueblo defiende su revolución.

Sesenta años después, varias provincias han construido su propia plaza y desde todas ellas puede admirarse la historia y el arte conjugados en un mismo propósito. Lamentablemente, no todas las provincias del país, a causa de las limitaciones económicas que enfrentamos, han podido construir su plaza. Un ejemplo de ello, es la Juan Gual­berto Gómez, de Matanzas, que, por ahora, ha quedado en el proyecto, o la Máxi­mo Gómez, de Ciego de Ávila, que hasta este momento es solo una modesta tribuna; aun­que, eso, sí, con la efigie del Generalísimo. Por el contrario, un municipio —el de Manzanillo—, sí pudo edificar la suya, la Plaza de la Revolución Celia Sánhez Manduley. Algún día cada territorio podrá mostrar en una construcción de este tipo un pedacito de su his­toria, que es la historia de todos.

El proyecto, aunque inacabado, reúne importantes valores patrimoniales y, lo más importante, en cada una de estas plazas, una y otra vez, se canta y defiende una Revolución que comenzó el 10 de Octubre de 1868 y continúa…

 

Nota

* Arquitecto y paisajista francés, que realizó importantes trabajos ur­banísticos en Cuba, llamado por el secretario de Obras Públicas del gobierno de Machado, Carlos Miguel de Céspedes Ortiz.

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