No bien se habían aplacado los zarpazos del tornado que sacudió a la capital el pasado 27 de enero, cuando comenzó a sentirse un raro concierto de soplos para atizar, sobre los dolorosos escombros y duelos de la urbe, otros extraños y muy oportunistas remolinos.

Si como acuciosos meteorólogos de las tormentas, ya en este caso nada naturales, se hurga en la dirección que tomaron los vientos de estos otros ramalazos, se percibiría, desde el borde mismo y hasta el centro de este «raro rabo de nubes», que su mayor intensidad estaba dirigida a desacreditar la capacidad del Estado socialista para asistir con la urgencia y sensibilidad requerida los efectos del desastre. En contraposición, se intentaba glorificar los aires de un sector privado muy rápido y sensitivo y el de una ciudadanía solidaria atada a los burocratismos, prejuicios y la incapacidad de ese Estado.

Las condiciones atmosféricas que llevaron al desgarrón de finales de enero en la capital son fáciles de verificar, si nos atenemos a la sapiencia acumulada por los meteorólogos y otros especialistas criollos, pero vale la pena desentrañar qué condiciones —nada celestes— intentaron, y todavía lo pretenden, provocar esta otra tormenta.

En las fértiles sabanas camagüeyanas la sapiencia guajira intuiría que «verde con pinta, guanábana»: Estas ventoleras, en las vísperas del ciclónico 24 de febrero y su referendo constitucional, no buscan otra cosa que tratar de remover, desde las cubiertas hasta los cimientos, el consenso que se ha buscado construir para darles un nuevo y esperanzador horizonte a la naturaleza y la estructura socialista de nuestro Estado con la nueva Constitución.

La jugada sopla muy claramente a favor de excitar la tempestad de un Estado incompetente y fallido, incapaz de solucionar, con su naturaleza socialista, los importantes problemas estructurales a los que buscan dar solución la actualización del modelo en este convulso y eruptivo siglo XXI, y que tendría como pivote central, precisamente, la renovada Carta Magna que ya recibió el visto bueno parlamentario y que ahora espera por la decisión del Soberano.

El vendaval artificial montado en las redes trata de ocultar, claro está, que el Estado cubano vive su «efecto hibris», como fundamenté en estas páginas en años recientes. Como en la mitología griega, aspira a encontrar sus límites verdaderos, porque, según aquellas creencias, todo lo que descuella en demasía recibe los rayos y dardos de la divinidad.

El cuerpo de esa insoslayable institución para la justicia, la libertad y la soberanía en Cuba, desproporcionado por años, cede en tamaño y funciones, sin que ello implique hacerlo en propósitos, ni en autoridad, como puede corroborarse al repasar la propuesta discutida y enriquecida por millones de cubanos en una constituyente a la que seguramente es difícil encontrarle iguales en este mundo, donde la satanización del Estado frente a la glorificación del mercado es la regla impuesta.

La trama para oponer a los emprendedores privados a nuestro Estado se alimenta cuando el nuevo modelo en construcción acepta que una cosa es este como propietario en nombre de la nación y del pueblo, y otra los diversos modelos en que puede gestionarse la propiedad, uno de los vuelcos conceptuales más notorios de los años recientes y recogido en la nueva conceptualización del modelo.

Esa aclaración permite avanzar en la ampliación del trabajo por cuenta propia o la pequeña propiedad personal o familiar, en la aceptación del concepto de propiedad privada, hasta la escala de pequeñas y medianas empresas, la apertura de cooperativas en el sector no agropecuario, la entrega de tierras ociosas en usufructo, el arrendamiento de locales estatales de servicios, y el incipiente propósito de transformar la empresa estatal socialista, vista como el corazón de la economía y de la actualización, entre otras definiciones. La apuesta es a un enlace natural entre el sector público y el privado en bien de la nación que, como es lógico, pudiera sufrir desencuentros en esta etapa de ajustes, pero que para nada deberían desembocar en contradicciones insalvables.

Dichas transformaciones permiten saltar la barrera de una economía y una sociedad que viene de un fuerte acento verticalizador hacia otra más horizontal, con formas más socializadas de gestión de la propiedad, y en la que se definen las diferencias entre la propiedad estatal y la social, en beneficio de la segunda; todo lo cual debería zanjar el arrastre de las experiencias socialistas con respecto a la enajenación de los trabajadores de los procesos productivos.

El modelo socialista previsto en la Carta Magna que se someterá a aprobación deja atrás la creencia de algunos de que el poder del Estado —tan esencial para nosotros— provenía más de su tamaño que de otras distinciones. Ya descubrimos que esa sobredimensión era, en realidad, una de sus principales debilidades: una distorsión estructural que se busca corregir desde el 6to. Congreso del Partido, sin que ello implique vaciarlo o despojarlo de sus propósitos, ni de su autoridad.

Claro que un Estado tan expansivo y vigoroso como el que levantamos en la Cuba revolucionaria provocó sus dosis de autoritarismo —y otros ismos reconocidos y reprochables—, aunque sería injusto y desproporcionado desconocer que el verdadero poder de esa instancia radicó en su justa inmanencia, su raigal vocación de servicio al pueblo, la sorprendente obra social edificada, la libertad, soberanía y dignidad garantizadas, y el consenso que todo ello le ofreció, sin lo cual, en medio del aparatoso y criminal cerco impuesto por Estados Unidos, no hubiese sobrevivido.

En contra de ese consenso es que soplan estas prefabricadas ventiscas internáuticas.

(Tomado de Juventud Rebelde)