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Fidel en la Sierra Maestra boricua

Nocaut. Fidel Castro visita el Sur del Bronx, texto de Julio Pabón, editado en Cuba por la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y la editorial Nuevo Milenio, fue presentado en la XVIII Feria Internacional del Libro

Nocaut. Fidel Castro visita el Sur del Bronx, texto de Julio Pabón, editado en Cuba por la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y la editorial Nuevo Milenio, fue presentado en la XVIII Feria Internacional del Libro

La noche de 1995 que el Bronx acogió al líder de la Revolución Cubana, luego del agravio que el entonces alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, le realizara al retirarle la invitación a la cena con el resto de los líderes mundiales que se encontraban en la urbe, así como anécdotas previas a la organización del evento, se recogen en Nocaut. Fidel Castro visita el Sur del Bronx.

En el texto de Julio Pabón, editado en Cuba por la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado y la editorial Nuevo Milenio, presentado este domingo en la Sala José Antonio Portuondo de La Cabaña, se ofrecen detalles de cómo surgió la idea de la cena, de las reticencias iniciales de algunas figuras claves de la comunidad boricua residente en el Bronx y de las zancadillas del Servicio Secreto norteamericano para torpedear el encuentro.

De la invitación al distrito neoyorkino, que en su inicio fue un pretexto publicitario; de la respuesta afirmativa de Fidel en menos de 24 horas; de los asistentes a la cena privada que primero fueron una veintena, y luego crecieron paulatinamente hasta superar las 300 personas, dialogó Pabón en un spanglish con marcado acento puertorriqueño.

“En qué yo me he metido”, fue el pensamiento que cruzó la mente del autor mientras, en el horizonte, multitudes a favor y en contra de la visita presidencial a la barriada se agolpaban con carteles y consignas.

Ni la limosina negra que llegaba en reversa, ni el agente de la seguridad que primero bajó del auto, ni las sucesivas personas que se apearon (traductora, ministro de Relaciones Exteriores de la Isla y demás diplomáticos) alejaron su turbación.

Solo el último hombre, un barbudo trajeado lo volvió a la realidad. Lo esperaba de verde olivo, eso lo desconcertó y luego la pregunta del barbudo le movió los cimientos: “¿Esto no te va a perjudicar?”.

“He trabajado con muchos políticos. Ninguno se ha preocupado por mí. Mi padre era un curandero, un poco esotérico. Decía que para conocer a una persona hay que estrecharle las dos manos con fuerza y mirarlo a los ojos. Eso lo utilicé mucho en mi carrera publicitaria. Fidel fue la primera persona que me lo hizo a mí”.

Mientras avanzaban por el hall hacia el salón de la cena volvió a cruzarse la duda en la mente de Pabón.

̶ Coño, si alguien se vuelve loco y le dispara seguro me dan a mí también.

̶ ¿Y quién me espera?

̶ No se preocupe, Comandante, esto es la Sierra Maestra boricua. Usted está entre amigos.

̶̶̶  Somos descendientes de puertorriqueños que llegaron en el 50 aquí, mientras ustedes se iban a subir la Sierra.

“Y Fidel, en lugar de ir a la derecha, se adentró a la izquierda entre la gente. Lo aplaudían como a Ricky Martín en un concierto. Incluso muchos de mis amigos que no estaba de acuerdo con Cuba, con recibirlo”.

Esas y otras anécdotas se encuentran en el libro, en cuya portada resalta una foto de Roberto Chile: Fidel con unos guantes rojos de boxeo, uno de los tres regalos que le hizo la comunidad esa noche.

Put i ton. Put in on”, gritaba la prensa que pudo entrar. Al obedecerlos Fidel, la imagen quedó para la posteridad, como la victoria de la cena del Bronx sobre la de Giuliani (que pocos recuerdan). Una victoria de los hijos del mismo pájaro que en sus dos alas cobija a los descendientes de ambas naciones.