Armando Morales Blanco

Transcurre el año 1955. Gracias a la presión popular a favor de la amnistía, los moncadistas salen del Presidio Modelo de Isla de Pinos el 15 de mayo hacia el exilio, en México. El dictador Fulgencio Batista lleva más de tres años en el poder. Los partidos políticos burgueses muestran su ineptitud para enfrentarlo y buscan fórmulas de reconciliación con el tirano tras la farsa electoral del año anterior. Mientras, Batista alterna la más sangrienta represión con la construcción de grandes obras civiles, aparentando una bonanza económica inexistente. Los precios del azúcar andan por el suelo. El desempleo alcanza a la tercera parte de la fuerza laboral del país. Pero los capos más influyentes de la mafia estadounidense despachan con el tirano en Palacio o en su finca de Kuquine. Se proyectan grandes urbanizaciones hacia el este de La Habana, la construcción de un túnel bajo el canal de la Bahía, una carretera de seis sendas y una escultura gigantesca de Jesús, al tiempo que proliferan los casinos, los prostíbulos y los vicios; todo para robar a manos llenas. Los medios de prensa de la época, salvo honrosas excepciones, le hacen la corte a Batista y vuelcan su antipatía sobre la figura que no encaja en ese ambiente de corruptela. Como perros rabiosos se lanzan contra aquel capaz de espetarles la verdad.  

 

Por Fidel Castro Ruz

La jauría me ha caído encima. Ya no se ataca a Batista, que está en el poder: se me ataca a mí que ni siquiera estoy en el territorio nacional. Eso es lo que ha puesto de moda la oposición politiquera y pedigüeña, asustada de la fuerza creciente de un movimiento revolucionario que amenaza desplazarlos a todos de la vida pública. «Fidel, no le prestes un servicio a Batista», «Respuesta a Fidel», «La patria no es de Fidel», etc. Unos párrafos contra los malversadores en el teatro Flager revolvieron la gusanera.

Los del régimen me atacan también en manada. Sus libelos gastan toneladas de papel en insultarme todos los días. En cambio, clausuraron el único órgano diario donde yo escribía, porque no podían resistir la verdad, razonada y probada, de los que allí colaborábamos.

Hace cuatro años nadie se ocupaba de mi persona. Pasaba desapercibido entre los señores todopoderosos que se discutían los destinos del país. Hoy, extrañamente, todos se conjuran contra mí. ¿Por qué?, se preguntará el pueblo. ¿Qué falta ha cometido? ¿Claudicó? ¿Abandonó sus ideales? ¿Cambió su línea? ¿Se vendió por una posición o por dinero? ¿Traicionó sus principios? ¡No, muy lejos de ello! Lo asombroso es que la cobarde y mezquina conjura de los malversadores y de los voceros del régimen contra un luchador que lleva cuatro años enfrentado sin descanso a la tiranía (dieciséis meses de trabajo silencioso y arduo antes del 26 de julio, dos años en las prisiones, y seis meses en el destierro), se debe precisamente a todo lo contrario: haber mantenido una línea de conducta firme desde el 10 de marzo cuando tantos han cambiado de postura como se cambia de camisa, conocer todo el mundo de mi rebeldía que no puede comprarse por ningún dinero o posición, saber de mi lealtad a un ideal sin dobleces ni vacilaciones, a una verdad que predico y practico, a un empeño que, aunque duro y difícil, llevo adelante con éxito por encima de un mar de obstáculos e intereses poderosos.

Los voceros de la dictadura, que con tanto odio y tanta saña me insultan, no mencionarían siquiera mi nombre si yo fuese un sumiso más de los que pueden contemplar indiferentes el crimen que se comete contra Cuba; si fuese un vendido, un mercenario, un lamebotas, los cintillos de sus libelos se dedicarían a elogiarme.

Si al salir de las prisiones me hubiese puesto de aspirante a un cargo electoral cualquiera, esgrimiendo como pasquín político mis días de cárcel y sacrificio, los paniaguados, los sumisos y los politiqueros, habrían dicho que yo era un excelente ciudadano, un gran patriota, un hombre sensato y cívico. Es que la desvergüenza está de moda.

Si al adoptar de nuevo el camino del sacrificio y del riesgo, y abandonar el país donde la dictadura nos cerró torpemente todas las puertas de la lucha cívica, hubiese tocado a las puertas de los malversadores para mendigar una parte del oro que le robaron a la república, para hacer la revolución, tendría en este instante cientos de miles de pesos a mi alcance, y ningún malversador habría hecho causa común con los voceros de la tiranía, para combatirme.

Pero hice todo lo contrario

Renuncié desde el primer instante toda aspiración electoral; renuncié a la presidencia de la Asamblea Municipal de La Habana que me ofreció el Partido Ortodoxo, codiciada antesala de una postulación a la segunda posición de la república; renuncié a un cargo en el consejo director que me ofrecieron simultáneamente en el mismo partido; renuncié a un sueldo de quinientos pesos mensuales que me ofreció una compañía de seguros, porque yo no lucro con mi prestigio, que no es mío sino de una causa; renuncié al sueldo de un periódico importante de la capital para que fuese colaborador suyo, y me puse a escribir en el periódico de Luis Orlando que no podía pagarle un centavo a nadie; renuncié a todo lo que significase tranquilidad y seguridad personal; renuncié al silencio, cómodo refugio de los timoratos contra la difamación o el peligro, denuncié los crímenes, desenmascaré a los asesinos y puse los puntos sobre las íes de todo lo ocurrido en el Moncada.

Sin un centavo, salí de Cuba decidido a realizar lo que otros no habían logrado con millones de pesos. Y lejos de tocar a las puertas de los que se habían enriquecido, acudí al pueblo, visité la emigración, lancé un manifiesto al país solicitando ayuda, y me puse a mendigar para la patria, a reunir centavo a centavo los fondos necesarios para conquistar su libertad. Qué cómodo y qué simple, qué exento de sacrificio y de sudor, de esfuerzo y de fatiga, hubiese sido el camino fácil, el que otro menos convencido de la limpieza de su causa y la grandeza de su pueblo, habría adoptado: solicitar ayuda de los que tienen mucho dinero porque se lo han robado, pedirles una pequeña parte de su fortuna a cambio de una promesa de seguridad y respeto. ¡Congraciarse con los poderosos del dinero y la politiquería era cosa fácil! ¡Pero, no: hice lo contrario! ¡Extraña manía esta de hacer lo contrario de lo que hasta aquí ha hecho todo el mundo!

Dije públicamente en el Palm Garden de New York: «El pueblo cubano desea algo más que un simple cambio de mandos. Cuba ansía un cambio radical en todos los campos de la vida pública y social. Hay que darle al pueblo algo más que libertad y democracia en términos abstractos, hay que proporcionarle una existencia decorosa a cada cubano; el estado no puede desentenderse de la suerte de ninguno de los ciudadanos que han nacido en el país y crecido en él. No hay tragedia mayor que la del hombre que capaz de trabajar y deseoso de hacerlo pasan hambre él y su familia por falta de ocupación. El estado está obligado a proporcionársela ineludiblemente o a mantenerlo mientras no la encuentre. Ninguna de las fórmulas de bufete que hoy se discuten contemplan esa grave situación, como si el grave problema de Cuba consistiera en el modo de satisfacer las ambiciones de unos cuantos políticos desplazados del poder o deseosos de llegar a él».

Dije públicamente en el Flager: «Reuniremos a nuestros compatriotas detrás de una idea de dignidad plena para el pueblo de Cuba y de justicia para los hambrientos y olvidados y de castigo para los grandes culpables… El dinero robado a la república no sirve para hacer revolución. Las revoluciones se hacen con moral. No es revolucionario el movimiento que tiene que asaltar bancos o aceptar dinero de ladrones. No se le puede dar beligerancia a los ladrones que con el 10% de lo que se robaron pretenden congraciarse con el pueblo.

Tocaremos a sus puertas después de la revolución… Los malversadores no tienen opinión pública. Los malversadores no pueden ser enemigos de la dictadura, porque la dictadura les cuida sus bienes mal habidos. Los malversadores prefieren la tiranía a la revolución. Por eso los malversadores quieren llevar a la Sociedad de Amigos de la República a una gran componenda con el régimen, como único modo de sobrevivir políticamente».

Estas palabras cobran vigencia más que nunca porque estamos a punto de presenciar entre los malversadores y la tiranía, no un pacto de caballeros como querrán llamarlo en esta época de desvergüenza, sino un pacto de bandidos, cuya primera cláusula será el olvido de todos los crímenes y todos los robos, el respeto de todos los privilegios y la consagración de todas las injusticias.

Al impugnante que en un artículo reciente en Bohemia titulado «La patria no es de Fidel», afirmó: «Nadie puede alegar cabalmente que Fidel se haya beneficiado con fondos públicos. Justo es declarar que tampoco ha tenido oportunidad de probar su probidad, pues nunca fue ministro ni tuvo al alcance de dedos y de la impunidad de no dejar huellas dactilares los tentadores encantos de un apetitoso e incitador caudal fiscal. Posiblemente el único dinero que ha tenido Fidel la oportunidad de manejar en su vida sea el que ahora le ponen en sus manos los emigrantes cubanos…»; puedo responderle sencillamente que sí he manejado fondos en otras ocasiones. No fue una cantidad tan considerable como la que tal vez Justo Luis del Pozo entregó al comité gestor del autenticismo inscrito para hacer la reorganización que propiciara la comedia electoral del 1 de noviembre, gracias a la cual Batista dice hoy que su gobierno es constitucional y legítimo. Pero manejé cerca de veinte mil pesos que reunieron con mil sacrificios jóvenes modestos, como Fernando Chenard, que vendió los aparatos de su estudio fotográfico con los que se ganaba la vida, o Pedro Marrero, que empeñó su sueldo de muchos meses y fue preciso prohibirle que vendiera los muebles de su casa, o Elpidio Sosa que vendió hasta su empleo en 300 pesos. ¡Qué diferencia de esos señores que el 1 de noviembre, como dice el autor del artículo en cuestión a título de ejemplo cívico, «se jugaban su porvenir económico, pues para arribar a ese día se habían hipotecado hasta los huesos».

Aquellos están muertos; los que se «hipotecaron hasta los huesos» le están cobrando hoy a la república 5 000 pesos todos los meses en el senado.

Manejé cerca de viente mil pesos, y ¡cuántas veces faltaba en mi casa la leche para mi hijo! ¡Cuántas veces la Compañía Cubana de Electricidad, inexorable, me cortó la luz! Conservo todavía las fatídicas papeletas judiciales con que los propietarios echan a los inquilinos de sus casas. Yo no tenía entradas personales, vivía casi de la caridad de mis amigos, y sé lo que es el hambre de un hijo con dinero de la patria en los bolsillos.

Jamás he creído que la patria sea mía: «La patria no es de nadie –dijo Martí– y si es de alguien será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento». Los que evidentemente han creído que la patria era suya son los malversadores que a su paso por el poder la explotaron como si fuera una finca privada.

Tan injusta es esa afirmación de que se puede ser honesto cuando no se han manejado fondos públicos (cual si nuestro desdichado pueblo no fuera capaz de dar un solo hombre honrado) como la afirmación absurda e inconcebible que los que me rodeaban «no eran humildes emigrados y sí felices propietarios de inmuebles miamenses». Desearía saber cuál de esos sufridos cubanos que acudieron a nuestros actos e integran los Clubs Revolucionarios de Bridgeport, Union City, New York, Miami, Tampa y Cayo Hueso, cuál de esos humildes compatriotas nuestros que se ganan la vida trabajando rudamente fuera de su patria, es feliz propietario de bienes inmuebles. Si alguno tuviese una casa particular sería por excepción, y con toda seguridad producto de su trabajo honrado de muchos años y no robado a la república. Yo los vi como vivían, en estrechos apartamentos, donde los matrimonios no pueden tener hijos, donde las mujeres al regresar cansadas de diez horas de fábrica tienen que lavar y cocinar; donde la vida es dura, fatigosa y triste, donde no se escucha más que una exclamación: «¡Yo viviría en Cuba gustosamente con la mitad de lo que gano aquí!». Antes se hablaba de los exiliados, eran poco más de un centenar; muchos estaban bien; sus hijos aparecían retratados en la prensa frecuentemente; añoraban sus amiguitos y sus casas en la tierra natal. Pero nadie se acordaba de los pobres hijos de los emigrados que en los estados del Norte tienen que vivir en un clima de muchos grados bajo cero, que no tienen escuela donde aprender el idioma de su patria, ni médicos que entiendan el lenguaje de sus padres. Decir que son felices propietarios, demuestra todo el resentimiento de los políticos contra la emigración cubana, porque esas decenas de miles de familias fuera de la patria constituyen una acusación viva y dolorosa de los malos gobiernos que ha padecido la república. Los políticos decían: «El problema cubano se resuelve cuando puedan regresar los exiliados». Los revolucionarios decimos: «El problema de Cuba se resuelve cuando puedan regresar los emigrados».

De igual modo cuando en ese mismo artículo se afirma caprichosamente que yo en la revista Bohemia recomendaba a mis amigos que votasen por Grau, seguramente aspirando a una pronta libertad por la vía de su justicia…», se está evidenciando una falta de seriedad y de capacidad que descalifica a cualquiera como polemista y hombre público. Jamás hice tal recomendación, porque no incurro en semejantes contracciones de principio, y renunciaría a la vida pública si me muestran la Bohemia donde la misma aparezca. Mal podía estar deseando su libertad por esa vía indigna quien en el instante más álgido de la amnistía, cuando se discutía la inclusión o no de los del Moncada y se hablaba de condiciones previas declaré en carta que publicó Bohemia: «Si se nos exige un compromiso para concedernos la libertad decimos rotundamente que no. No, no estamos cansados. Después de veinte meses nos sentimos firmes y enteros como el primer día. No queremos amnistía al precio de la deshonra. No pasaremos bajo las horcas caudinas de opresores innobles. ¡Mil años de cárcel antes que la humillación! ¡Mil años de cárcel antes que el sacrificio del decoro!».

Solo un canalla que no tenga argumentos para polemizar, o un cobarde, convencido de que entregado como estoy a un empeño que está por encima de agravios personales no le puedo exigir cuentas, es capaz de aseverar tan irresponsablemente que yo disparé «contra compañeros de lucha y contra hombres que a su modo eran también idealistas y puros». Yo no tendría necesidad de acudir a la mentira para combatir a un adversario, porque me sobra la cantera donde escoger hechos y razones. Tal vez si el que escribió eso creyera lo que dice, no tendría valor para decirlo, porque no lo vi escribir ningún artículo contra el gansterismo cuando estaba en su apogeo. Es tal la falta de base de mis enemigos para atacarme, que acuden a la exhumación de las más viejas calumnias recogidas de la cloaca gubernamental como buenos aliados que son de la tiranía frente a la revolución. Cuantas veces mis adversarios intentaron el procedimiento bajo y mezquino de involucrarme en hechos de esa índole, me enfrenté resueltamente a la calumnia, acudí a los tribunales, y jueces tan íntegros (los hay pocos) como Hevia o Riera Medina pueden dar fe de mi inocencia. Miles de estudiantes, hoy profesionales, que me vieron actuar en la universidad durante cinco años, con cuyo respaldo conté siempre (porque siempre he luchado con el arma de la denuncia pública, acudiendo a las masas), con cuya colaboración organicé grandes manifestaciones y actos de protesta contra la corrupción imperante, pueden dar fe de mi conducta. Allí me vieron enfrentarme recién llegado y sin experiencia, pero lleno de juvenil rebeldía, contra el imperio de Mario Salabarría (omito ataques personales, porque está preso y no es decoroso enjuiciar a quien no puede defenderse; antes cabría preguntarse: ¿por qué está preso Mario Salabarría y no están presos los que asesinaron a 80 prisioneros en el Moncada?). Solo diré a título de información, que en ese tiempo, primeros años del gobierno de Grau, Salabarría tenía el control de todos los cuerpos represivos, no menos represivos que los de ahora, y era el dueño de la capital.

Y en una época de corrupción sin precedentes, cuando a cualquier líder juvenil le daban docenas de puestos y tantos se corrompieron, algún mérito tiene haber encabezado la protesta estudiantil contra aquel régimen durante varios años sin haber figurado nunca en una nómina del estado.

Resulta insólito, cínico y desvergonzado, que los padrinos del gansterismo, sus protectores y subvencionadores utilicen ahora semejante argumento para combatirme. ¡Serán cariduros! Mencionar el pandillerismo en la humilde choza del gran simulador es como mentar la soga en casa del ahorcado. En igual situación están los del régimen: embarcaron a Policarpo Soler para España repleto de dinero y en cambio asesinaron al Colorao en la calle Durege. Dicho sea con respeto para el último, que muriendo frente a la tiranía, se reivindicó de sus errores. Cosas extrañas ocurrieron antes del 10 de marzo, ¡muy extrañas!, si se tiene en cuenta que todavía no han aparecido los que pusieron la bomba en la peletería Ingelmo ni los matadores de Cossío del Pino.

En vista de que me están obligando a ello, ¿será necesario que publique íntegro de nuevo el escrito que presenté al Tribunal de Cuentas el día 4 de marzo de 1952, publicado en el periódico Alerta con fecha 5 del mismo mes y año, denunciando por sus nombres y apellidos los 2 120 puestos que tenían los grupos en los ministerios? ¿Quién se atrevió nunca a presentar semejante denuncia? No fue por cierto Batista que vivía en su finca de Kuquine muy bien protegido por Carlos Prío y tenía permiso para andar con armas y guardia personal. Yo andaba por las calles de La Habana desarmado y solo.

De aquel escrito, baste por esta vez un párrafo con el que comencé mi alegato, que fue una premonición:

«Al Tribunal de Cuentas acudo en patriótica llamada… para buscar el milagro que pueda salvar la nación del derrumbe constitucional que la amenaza». No ocurrió el milagro y una semana después se producía el derrumbe del 10 de marzo. El gansterismo era el pretexto, pero quien lo invocaba había sido uno de sus iniciadores cuando a través de su colaborador Jaime Mariné, alentó el «bonche» universitario. Aquel mal que germinó en el autenticismo, tenía sus raíces en el resentimiento y el odio que sembró Batista durante once años de abusos e injusticias. Los que vieron asesinados a sus compañeros quisieron vengarse, y un régimen que no fue capaz de imponer la justicia, permitió la venganza. La culpa no estaba en los jóvenes que arrastrados por sus inquietudes naturales y la leyenda de la época heroica, quisieron hacer una revolución que no se había hecho, en un instante que no podía hacerse. Muchos de los que víctimas del engaño, murieron como gánsteres hoy podrían ser héroes.

Para que el error no se repita, se hará la revolución que no se ha hecho, en un instante que puede hacerse. Y para que no haya venganza, habrá justicia. Cuando haya justicia nadie tendrá derecho a erigirse en vengador errante y todo el peso de la ley caerá sobre él. Solo el pueblo constituido en poder tiene derecho a castigar o perdonar. En Cuba no ha habido nunca justicia; enviar a la cárcel a un infeliz que roba una gallina mientras disfrutan de impunidad los grandes malversadores, es sencillamente un crimen injustificable. ¿Cuándo un juez correccional ha condenado a un poderoso? ¿Cuándo un dueño de ingenio fue a parar a un vivac? ¿Cuándo un guardia rural se lo llevó preso? ¿Serán impolutos? ¿Serán santos? ¿O será que en nuestro ordenamiento social la justicia es una vil mentira aplicada a la medida de las conveniencias de los intereses creados?

El temor a la justicia es lo que ha puesto de acuerdo a los malversadores y a la tiranía.

Los malversadores, aturdidos por los gritos de ¡Revolución! que redoblan con fuerza creciente, como campanas que llaman al juicio final de los malvados, en todas las concentraciones multitudinarias, han atendido las prudentes palabras de Ichaso en su «Cabalgata política» de la Bohemia de fecha 4 de diciembre de 1955: «Fidel Castro resulta un competidor demasiado peligroso para ciertos jefes de la oposición que durante estos tres años y medio no han acertado a tomar una postura correcta ante la situación cubana. Esos jefes lo saben muy bien. Se sienten ya desalojados por el volumen que va alcanzando el Movimiento Revolucionario 26 de Julio en la batalla antimarxista. La reacción lógica de los políticos ante este hecho evidente debiera ser enfrentar una acción política resuelta a la acción revolucionaria del fidelismo».

Los malversadores han escuchado el cordial llamamiento que les ha hecho el concejal batistiano de La Habana Pedro Alomá Kessel, en un órgano gubernamental, con fecha 14 de diciembre: «A los políticos, sin excepción, nos interesa mucho frenar los planes insurreaccionalistas de Fidel Castro. Si nos dormimos en la nave y continuamos empecinados en cerrar los caminos políticos, estaremos abriendo a Fidel Castro la vía revolucionaria. Quisiera ver, quiénes, de la oposición y del gobierno, vamos a salvarnos si el fidelismo llega a triunfar en Cuba».

Saben que salí de Cuba sin un centavo, saben que no he tocado a las puertas de los malversadores, sin embargo, temen que hagamos la revolución; luego reconocen que podemos contar con el pueblo.

La nación está a punto de presenciar la gran traición de los políticos. Sabemos que para los que mantenemos la postura digna la lucha será dura. Pero no nos arredra el número de enemigos que tengamos delante. Defenderemos nuestros ideales frente a todos. «Joven es quien siente dentro de sí la fuerza de su propio destino, quien sabe pensarlo contra la resistencia ajena, quien puede sostenerlo contra los intereses creados».

La oposición politiquera está en plena decadencia y descrédito. Primero exigieron un gobierno neutral y elecciones generales inmediatas. Luego se concretaron a pedir solamente elecciones generales en 1956. Ya no hablan siquiera de año; terminarán quitándose la última hojita de parra y aceptarán cualquier arreglo con la dictadura. No se discutía una cuestión de principios; simples detalles de tiempo para entrar a saco en el presupuesto de la desdichada república.

¡Pero no será tan fácil el negocio como piensan! El pueblo está alerta.

Los campesinos cansados de discursos y promesas de reforma agraria y repartos de tierra saben, que de los políticos, nada pueden esperar.

Un millón y medio de cubanos que están sin trabajo por causa de la incapacidad, imprevisión y avaricia de todos los malos gobiernos, saben, que de los políticos, nada pueden esperar.

Millares de enfermos que están sin camas ni medicinas, saben que de esos políticos, que les piden el voto a cambio de un favor y cuyo negocio consiste en que haya siempre muchos necesitados para poder comprar a bajo precio su conciencia, nada pueden esperar.

Los cientos de miles de familias que viven en bohíos, barracones, solares y cuarterías, o pagan alquileres exorbitantes, los obreros que ganan salarios de hambre, cuyos hijos no tienen ropa ni zapatos para ir a la escuela, el ciudadano que paga la electricidad más cara que en ningún país del mundo o solicitó un teléfono hace diez años y no se lo han puesto todavía, en fin, cuantos han tenido que sufrir y sufren los horrores de una mísera existencia, saben, que de los políticos, nada pueden esperar.

Sabe el pueblo que con los cientos de millones sustraídos por los trusts extranjeros, más los cientos de millones que le han robado los malversadores, más las prebendas que han disfrutado millares de parásitos sin prestar servicios ni producir nada para la sociedad, más las filtraciones de toda índole por concepto de juegos, vicios, bolsa negra, etc., Cuba sería uno de los países más prósperos y ricos de América, sin emigrados, ni desocupados, ni hambrientos, ni enfermos sin cama, ni analfabetos, ni mendigos…

De los partidos políticos, organizaciones de comadres y de compadres destinadas a sacar representantes, senadores, y alcaldes, nada espera el pueblo.

De la revolución, organización de combatientes hermanados en un gran ideal patrio, todo lo espera ¡y lo tendrá!

 Nota:

El 20 de noviembre de 1955, Fidel preside junto a Juan Manuel Márquez un masivo y patriótico acto en el Teatro Flager de Miami. Hablan representantes de los Clubes Patrióticos 26 de Julio de Nueva York y Miami y otras personalidades. El resumen del acto fue hecho por Fidel quien proclamó: “Reuniremos a nuestros compatriotas detrás de una idea de dignidad plena para el pueblo de Cuba y de justicia para los hambrientos y olvidados…” 

Publicado el 25/12/1955
Fuente: Bohemia