La primera vez que puse un pie en Escambray no tenía ni 20 años, ni título de periodista, ni la más remota idea de lo que era un periódico. Era el estreno de unas prácticas universitarias en las que, más que el hallazgo del lead en el quinto párrafo de mi información —y no en el primero como debía ser—, aprendí otras muchas lecciones. Bastó la estancia de solo un mes para enseñarme más que todo un semestre en la academia. Y Escambray abría sin reparos sus puertas de hogar.

Luego volví una y otra vez, a destiempo. Cuando en aquel septiembre del 2007 llegué a la casona de Adolfo del Castillo No. 10, ya traía el diploma de licenciada en Periodismo y las mismas incertidumbres del primer día.

Me intimidaba, creo hoy, el aval de los muchos premios obtenidos por el medio en los otrora Festivales Nacionales de la Prensa Escrita, el talento de tantas plumas cinco estrellas en la redacción, la lectura de aquellos trabajos periodísticos a la hechura misma de la realidad.

Empezaba entonces otra carrera: la del desasosiego diario cuando el cursor parpadea incesante en la cuartilla en blanco, la de aprender a olfatear lo que verdaderamente interesa a todos, la de camuflarme en la piel de otros para contar tantas historias, la de la inconformidad constante —que se padece cada semana— para que el periódico se parezca a quienes lo leen.

Ha sido una forja. Es también un reto. Desafía saber que, aunque a veces se quebrante, como regla, no hay concesiones con el periodismo de las palmas y las loas y que ninguna propuesta reporteril puede respaldarse con argumentos endebles.

Porque no hay temas proscritos en Escambray he podido escribir —con igual prerrogativa que mis experimentados colegas— lo mismo del Aedes aegypti o de la mudez informativa de las fuentes oficiales o del matrimonio igualitario o del regreso de los médicos de Brasil o de las casas shopping… hasta de la prostitución.

He aprendido de casi todo: desde el mosto que se pega y se contagia cuando visitas las lagunas de oxidación de un central hasta de bombas cincuentenarias que aparecen como por ensalmo y no explotan por pura casualidad.

Y en todos estos años me he equivocado también. Recuerdo ahora el día aquel en que por ese instinto enfermizo de buscar noticias siempre, puse en pie de guerra a Escambray al “tumbar” un avión que creía yo se había caído y verdaderamente solo se trasladaba por la Carretera Central para ser convertido en restaurante.

Con precisión de orfebres han pulido los hilos de mi redacción, han moldeado mis palabras y me han espoleado siempre los demonios de la creación.

No solo me he hecho periodista en Escambray; también me gradué de madre. En su redacción me han nacido, sin intuirlo siquiera, padres, madres, hermanas, amigos. De su Redacción he visto jubilarse colegas, he sentido la partida de muchos y he sufrido con la muerte de otros.

Es un hogar, en el que encuentras el saludo de la llegada, la jarana en el pasillo, la llamada cuando enfermas, la risa para aliviar pesares, el enfado pasajero. Es esa familia imperfecta —como son las verdaderas familias— que te agobia a veces y a la que extrañas nada más con estar de vacaciones.

Cuando llegué a Escambray ya habían pasado los sobresaltos del diarismo, ya se habían acabado aquellas letras tatuadas en plomo, ya se habían abolido las máquinas de escribir y se andaba navegando en el ciberespacio y multiplicándose de a poco en las redes sociales.

El periódico se me antojaba como lo que es: un hervidero de ideas que se cuecen al calor del día a día, un desnudo en letras de la vida misma.

La primera vez que puse un pie en Escambray no imaginaba que durante tantos años me iba a atar la misma rutina: recorrer todos los días más de 10 kilómetros, abrir la agenda a cualquier hora y escribir, escribir y escribir.

A la vuelta de más de una década lo más que agradezco, quizás, es que hasta hoy Escambray, como siempre, me siga abriendo de par en par sus puertas.