La ortografía constituye un tema que preocupa a la familia, a la escuela y a la sociedad. De hecho, una sanción social pesa sobre quien no la domina y, a pesar de ello, la población presenta severos problemas de incompetencia ortográfica. Es un mal que sufren los escolares desde los primeros grados de la enseñanza primaria hasta la universidad, pasando por el tecnológico y la enseñanza de  adultos; es un mal que afecta a toda la sociedad incluida una amplia masa de profesionales e intelectuales.

Cuando, ya hace años, en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en México, Gabriel García Márquez pronunció su controvertido discurso acerca del tema, se reabrió una clásica polémica. En aquella ocasión, el Gabo afirmó: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima, ni confundirá revólver con revolver”.*

Las osadas palabras del sobresaliente novelista provocaron airadas  réplicas entre  lingüistas y académicos. Aquí en Cuba, algunas destacadas figuras también se pronunciaron al respecto, entre ellos, Salvador Bueno, por entonces presidente de la Academia Cubana de la Lengua, quien a la pregunta de un periodista de Juventud Rebelde, respondió que “la propuesta parecía muy interesante teóricamente, pero en la práctica no resolvería el problema”. Por su parte, el destacado novelista y poeta, Miguel Barnet, presidente de la Uneac, afirmó: “Quien escriba hoy,  solo  por  simplificar  la gramática, o por zafarse de la coyunda académica, revólver sin acento u hombre sin hache, solo quedaría como alguien que escribe con faltas de ortografía, y no como un revolucionario de la lengua”.*

Sin duda, ambos intelectuales cubanos tuvieron en cuenta la práctica milenaria en el uso de la lengua. En realidad, cambios radicales y bruscos al sistema ortográfico del español traerían muchos más problemas de los que pudieran resolver: no eliminarían las insuficiencias en quienes hoy las padecen y lanzarían a aquellos que no las sufren a un mundo de cambios. Las muchas generaciones que hoy coexisten, varias de las cuales ya abandonaron las aulas, se verían en la necesidad imperiosa de usar un instrumento que, de pronto, se les ha hecho desconocido. En general, unos y otros, todos, caeríamos en una gran inseguridad.

Es conocida la lentitud con que asimila los cambios el ser humano. Baste, por poner un ejemplo, el de los nombres de las calles y, en lo que a la lengua se refiere, la tilde en los demostrativos y el adverbio solo, que tantos se resisten a aceptar más por hábito que por convicción. De ahí, la necesidad de que las transformaciones al sistema ortográfico de la lengua ocurran con lentitud, porque, en verdad, el cambio ha de estar fundamentalmente en nosotros, en nuestra actitud al respecto.

Cuando se publicaron las nuevas Ortografía y Gramática de la lengua española (2010), y luego el Diccionario de la lengua española (2014) aparecieron una serie de modificaciones, que aún no han sido interiorizadas por la población en general y los profesionales de la lengua en particular.

Un ejemplo que se reitera es el referente a la reducción gráfica de las dos vocales a una sola. Predomina en el uso la tendencia lógica a la simplificación; aunque muchos se aferran a la costumbre. Sin embargo, la reducción queda bloqueada, si el término resultante coincide con otro ya existente de distinto significado, con lo que la duplicación de vocales asume así un carácter diferenciador que nunca antes tuvo.

En particular, existen tres palabras en las que esto toma un relieve especial:

  • “volver a establecerse”/ restablecer. “recuperarse de una dolencia, enfermedad o daño”.
  • “volver a emitir”/ remitir. “enviar”, “diferir”, “perder intensidad”.
  • “volver a evaluar”/ revaluar. “elevar el valor de algo”.

Escribir, como leí hace unos días: “Restablecen transportación marítima”, es un error ortográfico, porque, en este caso, la reducción no es opcional.

Asumamos que la ortografía es parte de nuestra imagen personal, como el peinado o la ropa que usamos, y procuremos mantenernos al día.

 

* Tomado de Juventud Rebelde, 4 de mayo de 1997, pp. 11 y 13

 

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