Fotograma de Fresa y chocolate (Alea-Tabío, 1993) .

He soñado, he llorado, he reído, me he removido en el asiento con ganas de saltar, de gritar. He corrido de un cine a otro. Me he sumergido en las historias, en las pantallas del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. En diciembre son los corales en la Habana, desde 1979.

¿Qué cintas escoger? ¿Con cuál me quedo?

Acaso, con Camila (María Luisa Bemberg, 1984), en la piel de Susú Pecoraro y el amor incomprendido, sin dogmas, sin barreras. “¿Estás ahí, Ladislao?” O con Estación Central de Brasil (Walter Salles, 1998), con Fernanda Montenegro como Dora la escribana, la mentirosa, que no sabe que un niño va a salvarla…

Salgo del cine en silencio. Me ha recorrido una película extraña, de un humor sordo y terrible. He bajado los escalones del Riviera sin saber que hacer tras haber visto La vida es bella (Roberto Benigni, 1997), una visión singular sobre el holocausto judío. En las pantallas de La Habana asoma el mundo.

Van conmigo el abrazo de Diego y de David, como un amuleto contra el odio, como un rayo de luz, en Fresa y chocolate (Alea-Tabío, 1993) y los fulgores, los amores, los profundos silencios de Suite Habana (Fernando Pérez, 2003).

Va el horror de los desaparecidos en Argentina en el vuelo de la muerte de Garaje Olimpo (Marco Bechis, 1999) y la  increíble Mamá Cora de Antonio Gasalla  en Esperando la carroza (Alejandro Doria, 1985) y el Ché recorriendo América, corporizado por Gael García Bernal en Diarios de motocicleta (Walter Salles, 2004).

El suelo se me hunde, me voy al Medellín pobre y violento con La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998). Su protagonista, conmueve. Una vuelta a ese drama será la presentación este 10 de diciembre en la UNEAC del volumen Lady Tabares: Amo mi soledad, a cargo del escritor y realizador radial Juan Carlos Roque.

Me veo agenda en mano, intentando atrapar el asombro, la claridad, la certeza que viene del sur, del boliviano Jorge Sanjinés. Hay una frase que remarco para siempre: “Los latinoamericanos podemos hacer el mejor cine del mundo, porque somos ricos en humanidad, en sinceridad, porque somos una potencia en historia y en ternura”.

Herederos del viejo cine, de Gardel y María Félix, de la sacudida del Cinema Novo, de Glauber Rocha y de Fernando Birri, del compromiso de El mégano y de Los olvidados  el Festival de los corales ha seguido, contra viento y marea, con afectos especiales, reinventándose, cruzando imposibles, tocándonos siempre.

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