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1959: prensa sin censura

Des­de la Radio Rebelde, a la cual se encadenan algunas emisoras del país, Fidel Castro dirige una alocución al pueblo donde llama a frustrar las maniobras de Estados Unidos y la reacción nacional dirigidas a integrar un gobierno que cierre el paso a las fuerzas revolucionarias. «¡Revolución sí!, golpe mili­tar no!» es el grito del líder de la Revolución, a la vez que llama a las fuerzas rebeldes a no cesar el fuego y a todo el pueblo a prepararse para una huelga general.

Imagen de Fidel que identificó al X Congreso de la Upec, celebrado en julio de 2018.

Radio Progreso y Telemundo son los primeros medios de comunicación que informan al pueblo sobre la fuga del tirano Batista en la madrugada del Primero de Enero de 1959. De inmediato, bien temprano en la mañana, des­de la Radio Rebelde, a la cual se encadenan algunas emisoras del país, Fidel Castro dirige una alocución al pueblo donde llama a frustrar las maniobras de Estados Unidos y la reacción nacional dirigidas a integrar un gobierno que cierre el paso a las fuerzas revolucionarias. «¡Revolución sí!, golpe mili­tar no!» es el grito del líder de la Revolución, a la vez que llama a las fuerzas rebeldes a no cesar el fuego y a todo el pueblo a prepararse para una huelga general.

Fidel lee la alocución en Palma Soriano ante un micrófono que sostiene en sus manos el capitán rebelde Jorge Enrique Mendoza, locutor de la emi­sora Radio Rebelde, fundada a principios de 1958 en la Sierra Maestra.

Con excepción de los diarios Tiempo en Cuba, Ataja, Mañana, Pueblo y Alerta, que estuvieron dirigidos por personeros de la dictadura, y las emisoras Circuito Nacional Cubano y Cadena Oriental de Radio, que eran propiedad de Batista, operadas por testaferros de él, el resto de los medios de comunicación (radio, televisión y prensa escrita) sobrevive a la gran sacudida social que significa el triunfo de la Revolución. Todos disfrutan a partir de ese día de absoluta libertad de prensa tras siete años de férrea censura.

Únicamente Tiempo en Cuba conoció la indignación del pueblo cubano el Primero de Enero. Fue como si una carga explosiva de odio y asco, acumu­lada a lo largo de siete años de insultos y vejaciones, se lanzara contra ese libelo, órgano del pandillismo, instigador de la violencia terrorista, que en­vileció la letra de molde como no lo había hecho otro periódico en Cuba. La acción de incendiar ese periódico fue inconsecuente con los principios de la Revolución, aunque se tratara de esa sentina que dirigía Rolando Masferrer, uno de los más notorios criminales de la dictadura, quien pudo huir de Cuba y recibió refugio en Estados Unidos.

Los periódicos no se editaron en los primeros días del mes de enero debi­do a la huelga general revolucionaria a que llamó Fidel Castro para frustrar la maniobra de la embajada norteamericana en La Habana, que intentaba impedir la instalación de un gobierno revolucionario.

Del 5 al 13 de enero de 1959 vieron la luz dos ediciones diferentes del periódico Revolución, una en Santiago de Cuba y otra en La Habana, las cuales tenían contenidos y forma diferentes. Ambos se identificaban como órgano del Movimiento 26 de Julio. En una u otra ocasión, durante esos días, apareció el nombre de un mismo director. Los que trabajaron en la edición del 5 de enero en Santiago de Cuba pensaban que estaban hacien­do el periódico Sierra Maestra, nacido en la clandestinidad en 1957. No les faltaban razones porque, efectivamente, aquel día lo que confeccionaron fue ese periódico. Pero ocurrió que, en horas de la madrugada, cuando ya la edición estaba lista y a punto de impresión, llegó Carlos Franqui a la redacción, y dispuso cambiar el nombre de Sierra Maestra por el de Re­volución. Tal hecho quedó demostrado en una investigación efectuada por dos profesores de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Oriente.

 

A la vez, en La Habana, apareció también el periódico Revolución, que en la clandestinidad se había editado dieciocho veces, dirigido inicialmente por Eduardo Héctor Alonso y días después por Ricardo Cardet, confeccio­nado en la redacción y talleres del periódico Alerta, en Carlos III (hoy Ave­nida Salvador Allende) y Marqués González.

También el periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular, clausu­rado por el régimen de Batista después de los sucesos del 26 de Julio de 1953, reapareció en la capital de la antigua provincia de Oriente. Se editó en una im­prenta con fachada de privada en Santiago de Cuba, pero que era del Partido, luego que el dirigente comunista Carlos Rafael Rodríguez, quien estuvo en la Sierra Maestra, dio instrucciones a Luis Más Martín para que emprendiera tal tarea. De igual modo, en Holguín, en la imprenta del periódico Norte, se hizo una edición del periódico Hoy durante aquellos días de enero de 1959. Casi dos semanas el periódico Hoy se editó en Santiago de Cuba, en tiradas diarias de entre tres mil y cinco mil ejemplares.

Sierra Maestra, fundado el 7 de septiembre de 1957 en la clandestinidad, y que pasó a la legalidad en Santiago de Cuba, y Adelante, de Camagüey, cuyo primer ejemplar vio la luz el 12 de enero, fueron los primeros periódi­cos provinciales que se publicaron después de la victoria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 11 de enero, la revista Bohemia publica un número extraordinario de doscientas ocho páginas y una cifra récord de tirada: un millón de ejempla­res. Se denominó la Edición de la Libertad, cuya segunda y tercera partes salieron el 18 de enero y 1ro. de febrero, respectivamente. En su página 17 aparece un mensaje de Fidel Castro a la revista que dice: «Mi primer saludo después de la victoria, porque fue nuestro firme baluarte. Espero que nos ayude en la paz como nos ayudó en estos largos años de lucha, porque ahoracomienza nuestra tarea más difícil y dura».

En medio de un clima de absoluta libertad, sin censura alguna, Bohemia, como otras publicaciones, sacó a la luz en enero de 1959 sensacionales repor­tajes que estuvieron ocultos o guardados en cajas de seguridad. La verdad sobre los crímenes cometidos en el Moncada y el Goicuría, los sucesos ocurri­dos durante el levantamiento del 5 de Septiembre en Cienfuegos, revelaciones sobre las torturas y asesinatos en las estaciones de policía y cuarteles milita­res, fueron algunos de ellos. Los horrores de siete años de dictadura quedaron al descubierto en la prensa nacional. En los cines se proyectó el reportaje de Guayo, de NotiCuba, sobre su presencia en la Sierra Maestra en 1958.

Pero nada de eso paralizó una guerra mediática contra Cuba y su Revo­lución, organizada y dirigida desde Estados Unidos. El pretexto utilizado fueron los juicios de los tribunales revolucionarios y las condenas a muerte de algunos de los criminales de guerra de la dictadura que fueron captura­dos. De «baño de sangre», de «matanzas» en Cuba comenzaron a calificar los acontecimientos las agencias cablegráficas UPI y AP, norteamericanas, y también diarios y revistas de Estados Unidos y América Latina. Se orques­tó toda una campaña de calumnias y mentiras sobre la realidad cubana. El Gobierno Revolucionario, apoyado por el Colegio Nacional de Periodistas y un grupo de periodistas honestos, convocó en cuestión de horas a casi cuatrocientos periodistas del continente para que viniesen y viesen con sus propios ojos la guerra de propaganda que se hacía contra Cuba cuan­do la Revolución apenas empezaba a gatear. Esa acción se identificó como Operación Verdad.

La Operación Verdad tuvo dos actividades centrales: la concentración frente a Palacio, el 21 de enero, y un encuentro de Fidel con los periodistas que acudieron a la cita, al día siguiente, que se realizó en el salón Copa Room del Hotel Riviera.

Dos resultados concretos de esa Operación:

La aprobación por el pueblo, luego de que Fidel le informó a un millón de cubanos que ya se habían descubierto planes para asesinarlo a él y otros dirigentes de la Revolución, de que iba a proponerle a la direc­ción del Movimiento 26 de Julio que designase al compañero Raúl Cas­tro como segundo jefe. «Lo hago no porque sea mi hermano, que todo el mundo lo sabe, sino porque lo considero con cualidades suficientes para sustituirme en el caso de que yo muriera en esta lucha. Porque, además, es un compañero de firmes convicciones revolucionarias, que ha demostrado su capacidad en la lucha; que fue el que dirigió el ata­que al Moncada, el II Frente Frank País, demostrando capacidad como organizador y como militar».

Jorge Ricardo Masetti en Prensa Latina.
Fidel habla a los periodistas durante la Operación verdad.

La respuesta al planteamiento de Fidel sobre la necesidad de que los pueblos de América Latina tuviesen una agencia de noticias que es­cribiese sobre su realidad, manipulada, silenciada y calumniada por las transnacionales de la información. Varios de los participantes en la Operación Verdad, entre ellos el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti, se dieron a la tarea de organizar la fundación de la agencia Prensa Latina, que nació el 16 de junio de 1959 en La Habana para ha­cer una verdadera revolución en el periodismo latinoamericano. Prensa Latina tuvo el aliento y el apoyo de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara.

Los enemigos de la Revolución le dieron un mes de vida a la nueva agen­cia, en cuyo equipo fundador estuvieron prestigiosos periodistas lati­noamericanos, entre ellos Gabriel García Márquez, Carlos María Gutié­rrez, Rodolfo Walsh y Aroldo Wall, y un grupo de honestos periodistas cubanos, algunos con años de experiencia como Angel Augier, Francisco Portela, Angel Boán Acosta y Gabriel Molina, otros recién salidos de las aulas de la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling.

Dos meses antes, el 15 de marzo, había nacido el periódico Combate, ór­gano del Directorio Revolucionario, otra de las fuerzas que combatió con las armas en la mano a la dictadura, y la cual tuvo un papel principal en el asalto al Palacio Presidencial en 1957 y, más tarde, en las guerrillas que ac­tuaron en las montañas del Escambray.

Entrevista de Gabriel Molina al Che. Periódico Combate.

Ocho días más tarde se funda Lunes de Revolución, semanario que apare­ce como un suplemento del periódico Revolución. Fue una publicación creada como eminentemente literaria y artística, pero con la anuencia del director del diario, Carlos Franqui, incursionó en la política, y lo hizo desde posiciones que afectaban los intereses de la Revolución y del pueblo. Figuras como Guillermo Cabrera Infante desarrollaron un papel nada positivo dentro de esta publica­ción. Existió hasta el 6 de noviembre de 1961. Hizo más daño que beneficios.

El 24 de marzo nace el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinemato­gráficas (Icaic) por la Ley número 169 del Gobierno Revolucionario. Su No­ticiero Icaic Latinoamericano, dirigido por Santiago Álvarez, cuya primera edición se mostró en los cines de La Habana unas semanas después, sentó pautas en el periodismo cinematográfico nacional y continental. Ese noti­ciero tuvo mil quinientas ediciones en su existencia.

Otro hecho significativo acontece el 10 de abril. Ve la luz Verde Olivo, órgano político e informativo del Ejército Rebelde, publicación creada por orientaciones del entonces Comandante Raúl Castro. Inicialmente salió como tabloide. Se convirtió en revista semanal en 1960, en los días del sa­botaje al barco La Coubre.

Che Guevara, que figuró entre sus principales colaboradores, publicó veintinueve artículos en esta revista, muchos bajo la firma El Francotirador, y que luego se recogieron en el libro Pasajes de la guerra revolucionaria.

Luis Pavón, quien fuese director de Verde Olivo, ha contado que todo lo que escribió el Che para esa publicación «lo hizo de noche, buscando tiempo entre sus múltiples responsabilidades. En ocasiones grababa el ar­tículo, su secretario, Manresa, lo pasaba a máquina, y el Che le hacía mo­dificaciones con esa letra tan suya. Desafortunadamente esos originales no se conservan, unos por el deterioro de los años, otros porque se le de­volvieron».

Muy ligados al perfil de la revista fueron los «Consejos al combatiente», destinados a instruir a los jóvenes soldados, una sección que el Che creó y redactó. El último de los trabajos que entregó a Verde Olivo, antes de partir del país, fue «El socialismo y el hombre en Cuba», que escribió para la publi­cación uruguaya Marcha, y con la instrucción de que luego se reprodujera en la revista de las fuerzas armadas de Cuba.

Esta revista semanal se publicó hasta el momento en que el país entró en el período especial, a principios de la década de los noventa.

Cuando en abril se comenta con insistencia que el Gobierno Revolucio­nario prepara la Ley de Reforma Agraria, el Bloque Cubano de Prensa, que agrupaba a las mayores publicaciones impresas, conspira para cerrar algu­nos periódicos bajo su control. El Colegio de Periodistas denuncia esta clara maniobra contrarrevolucionaria, a la vez que da los primeros pasos para que su Consejo Disciplinario Nacional aplique con todo rigor la justicia en los ca­sos de censores, delatores, malversadores y asesinos de la tiranía.

Esa actitud del Bloque Cubano de Prensa tenía, en ese momento, mayor relación con varias medidas del Gobierno Revolucionario sobre los medios de prensa, las cuales habían sido recibidas con desagrado por los dueños de esa prensa mercantil, entre ellas:

La supresión de subvenciones y dádivas gubernamentales a los medios de prensa.

Un plazo de un año a los periódicos con sistemas de rifas para man­tener suscriptores —El País, Excelsior y Prensa Libre entre los medios de circulación nacional— para que cesasen con tales prácticas en las que utilizaban los sorteos de la Lotería Nacional, institución condena­da a desaparecer según los principios de la Revolución.

Reducción de los gastos de publicidad de ministerios e instituciones del país.

Por otro lado, esa prensa privada vio mermar considerablemente sus in­gresos económicos con la declinación de la publicidad que recibían de gran­des empresas económicas, que ante la situación del país decidieron cancelar las promociones de sus productos y servicios, y también empezaban a verse privados de ganancias por entradas recibidas a través de la crónica social, el béisbol, el boxeo profesional y promoción de espectáculos.

En los primeros meses de 1959 la prensa tradicional —de la cual habla­mos en un anterior capítulo— no tuvo un comportamiento totalmente hos­til hacia la Revolución Cubana, aunque los dueños de las publicaciones no ocultaban tener ciertas reservas con algunas decisiones y anuncios de leyes de beneficio popular.

A finales de enero, Prensa Libre, un vespertino dirigido por Sergio Carbó y que se proclamaba liberal, decía en un comentario editorial: «Eso de la ley agraria hay que pensarlo más despacio». Unos días más tarde, el 6 de febrero, ese mismo periódico escribía: «Ciudadanos, nos estamos pasando peligro­samente de la raya».

Esas breves líneas, en dos comentarios casi simultáneos, mostraban con claridad que los dueños de Prensa Libre estaban asustados ante la revolu­ción que daba sus primeros pasos y que se disponía a cumplir su palabra de seguir una línea de beneficio de las mayorías.

El 13 de marzo este periódico insistía en su línea de pensamiento, y es­cribía con cinismo: «Hermosa revolución lograda en sus comienzos como ninguna otra en América…», y añadía: «Pero quisiéramos verla en una mar­cha más reposada, tomándose tiempo para respirar, asentando el pie a cada paso». Para Sergio Carbó y su hijo Ulises la Revolución iba demasiado apri­sa. Para el pueblo, no. Y de ahí que este dijese entonces con gran fuerza: ¡Vas bien, Fidel!

Y para que se vea más al descubierto cómo pensaban los Carbó, repre­sentantes de la burguesía liberal, reproduzco lo que escribieron el 1 de abril, en momentos en que la Revolución proclamaba su derecho a mantener rela­ciones comerciales con todos los países del mundo, independientemente del sistema social que tuviesen. «Defendamos lo nuestro —decía Prensa Libre en un editorial—, pero sin vituperear a los norteamericanos, vinculados a nuestra república por la geografía, por la vocación democrática, por la his­toria y porque son nuestros mejores clientes».

Así pensaban los dueños de Prensa Libre. Tenían sus sentimientos más íntimos en Washington. Estaban alineados con los que invadieron a Cuba a finales del pasado siglo e impidieron que los mambises cubanos ob­tuvieran la verdadera independencia; con los que impusieron a la Consti­tución de Cuba el apéndice de la Enmienda Platt; con los que establecie­ron la base naval de Guantánamo; con los que compraron por centavos y se apropiaron de las tierras más fértiles de nuestro país, de los centrales azucareros, de las minas, de los puertos, de los bancos, de los servicios eléctricos y telefónicos, con los que ponían y quitaban a presidentes y les daban órdenes.

Al triunfar la Revolución, el Diario de la Marina hizo frenéticos esfuer­zos una vez más por «cambiar de atuendo», y se disfrazó de revolucionario.

A nadie, por supuesto, podía confundir. Prometió entonces ayuda al Go­bierno Revolucionario, a los combatientes de la Sierra Maestra, además de brindarles «bendiciones eclesiásticas». Pero cuando empezó a mencionarse lo de la ley de reforma agraria este periódico mostró sus uñas. Ofreció sus «consejos» a la dirigencia de la Revolución Cubana sobre cómo debía hacerse. Proponía que se les entregasen a los campesinos los marabusales para que los limpiaran y que, posteriormente, los cultivasen; proponía tam­bién que se les entregasen las ciénagas para que las desecasen y que, pos­teriormente, las cultivasen. Y, además, aconsejaba a la Revolución que no cometiese el error de tocar las tierras que estaban en producción, es decir, que quedasen como estaban las doscientas cincuenta mil caballerías (más de tres millones trescientas cincuenta mil hectáreas) que controlaban y ex­plotaban las compañías norteamericanas y la oligarquía nacional, que eran las mejores tierras del país.

El Diario de la Marina decía querer reforma agraria, pero que no afec­tase a latifundistas, terratenientes y colonos. Cuando la Revolución cortó los viejos privilegios feudales y coloniales que alimentaban a dicha publi­cación, esta se situó abiertamente en la trinchera de la contrarrevolución. Levantó la bandera de las elecciones generales inmediatas para servir al imperialismo yanki, a la contrarrevolución y a los plattistas. Inventó que la Revolución era intolerante con las ideas religiosas. Se unió al coro for­mado desde Washington sobre el establecimiento de una base comunista en América Latina. Abogó por el restablecimiento de la politiquería y los politiqueros.

Fidel Castro, al comentar esas campañas para desprestigiar a la Re­volución, comentó en cierta ocasión: «Hay que leer las cosas que escribe el libelo ese de La Marina, hay que leerlas, cómo trata incluso de crear problemas religiosos donde no los hay. Lo curioso es que siempre es­tán hablando de que son enemigos de la lucha de clases y, sin embargo, son los que están instigando unas clases contra otras, son los que están tratando de enrolar en una legión a determinados sectores económicos pudientes del país contra otros; mientras por un lado dicen que no quie­ren lucha de clases, están instigando constantemente una clase contra otra».

(Tomado de Dos siglos de periodismo en Cuba, Juan Marrero, Editorial Pablo de la Torriente, 2018)

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