Sin lugar a dudas, la mayoría de los periodistas prefieren el silencio como única compañía a la hora de escribir. Cuando llega el momento de redactar, se aspira a ese ambiente propicio para la  concentración; no obstante, algunos apelan a sus audífonos para intentar sobreponerse al ruido con una música suave, aunque el oficio nos haya preparado para escribir en medio de una multitud.

Los científicos aseveran que el silencio absoluto puede enloquecer al ser humano; pero el ruido excesivo también. La sensibilidad de nuestros oídos asimila determinado nivel de sonido, que de violentarse se paga con serios problemas fisiológicos y psicológicos, sin excluir a los animales.

Hay ruidos naturales como el de un trueno, una  erupción volcánica, un terremoto o  la corriente caudalosa de un río. Salvo esos ejemplos, las causas principales de la alta sonoridad derivan de la actividad humana: industrias, transportes, construcciones, entre otras.

A la llamada contaminación acústica, un fenómeno  progresivo en las urbes, contribuyen quienes hablan a gritos, y nique decir de aquellos que suben “a todo dar” el volumen de sus reproductoras y radios. La exposición continua al ruido produce lapérdida progresiva de la capacidad auditiva, especialmente, cuando se está cerca de grandes maquinarias o se escucha música con el tono más elevado de sus audífonos.

Una  investigación de científicos holandeses demostró que el ruido en las grandes ciudades obliga a los pájaros a elevar su trino para conseguir pareja, y al no lograrlo, afectan el proceso reproductivo de esas especies.

Los periodistas que añoran el más elemental silencio a la hora de grabar o redactar, deben conocer –y divulgar— los requerimientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que establece 50 decibeles (dB) como límite superior deseable (a partir de 85 (dB) comienzan las molestias generadas por el ruido). La escala determina que entre 0y 20 dB el ambiente es silencioso; hasta 60 dB, hay poca bulla; entre los 80 y los 100 dB se considera muy ruidoso: y al sobrepasar ese umbral, es intolerable.

Es decir, en un dormitorio, el ideal es 20 dB; en una biblioteca, entre 30 y 40 dB; en la oficina, donde hay teléfonos, sonidos de teclados y personas hablando, unos 65 dB.

Si nos remitimos al tráfico citadino, el nivel es de 85 dB; el de un camión pesado o un ómnibus, 90 dB; el que genera un  martillo neumático, 100 dB, y si es un avión despegando, entre los 120 y 130 dB.

Pensemos pues que si no se atienden estas alertas tendremos un futuro sordo.

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