Para Guillermo Cabrera Álvarez, sin ser todavía periodista y escritor, Camilo Cienfuegos era obsesión, espejo donde mirarse, hechos y frases del héroe que nos contaba a sus camaradas de la dirigencia del Seccional Pueblo Nuevo- San Lázaro Miguel Montero, de la Asociación de Jóvenes Rebeldes y, después, de la Unión de Jóvenes Comunistas, en el local de Carlos III casi esquina a Oquendo o durante la caminata hacia las brigadas, los comités de base con posterioridad.

Cuando pasó a la revista Mella como reportero, comenzó a investigar con mayor profundidad en la historia, a narrar y reflexionar sobre los héroes cotidianos que le estaban naciendo al país, muy influidos por el batallar y el ejemplo de seres como el Señor de la Vanguardia. En 1970, el primer libro del Guille: Hablar de Camilo. No podía ser otro. En 1972 publicó Protagonistas de Realengo a partir del seguimiento  de las huellas de Pablo de la Torriente Brau por ese bravo territorio oriental. Cuenta el fotógrafo- entonces novato-, que lo acompañó, Juan Moreno Hernández,  que “… me dejó sin piernas de tanto andar; las botas no sirvieron para más nada…”

En 1984, mi hermano presenta el cuaderno Camilo Cienfuegos, el hombre de las mil anécdotas. Como se expresa en el prólogo: “La anécdota define un carácter y mucho más, un temperamento. Fijan muchas veces conceptos y apreciaciones, delinean una posición en la intimidad de un diálogo ocasional que ahora retorna en la memoria”. El creador que las busca, las seleccionas, las pule, sin quitarles la ricura popular, ¡cuánto bien hace!;  y si pertenece a una gente espléndida, como en  este caso, y se dan como fueron, para ofrecer al hombre tal cual es —sin abuso de miel ni de oscuridad— hay que aplaudir el texto.

No pido preseas para estas obras y otras de Guillermo Cabrera Álvarez, de alto nivel en contenido y forma. Pero con solo afirmar a Camilo y a Pablo en el alma del pueblo,  misión que potencia nuestro patriotismo y más en momentos tan  heridos por la mentira y la sinvergüencería,  se dignifica el autor y enaltece el oficio que amó y al que se dedicó con todas sus fuerzas hasta los últimos días de su existencia, combativa y tierna. Y muestra caminos para nuestra profesión.

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