Por Ángela Oramas Camero

En el año venidero, 2019, la capital de Cuba cumplirá 500 años de su definitiva fundación bajo una ceiba, donde fue celebrado su primer cabildo y misa.  Pronto la población crecería y con el paso de tiempo fueron sustituidos los bohíos por viviendas de piedra, y hubo también que edificar cementerios porque ya en el siglo XIX, los espacios de enterramientos en las iglesias se agotaron.

“Nacer y morir, binomio perfecto”, dijo una vez la periodista Mercedes Santos Moray. Esta frase la incluí en mi libro Los Cementerios de La Habana, de donde he tomado notas sobre los exiguos camposantos del siglo XIX. Entre ellos, el abierto el 21 de septiembre de 1817 en el Cerro, terreno donde años después comenzaría la calle Sarabia.  El primer cadáver enterrado allí fue el del esclavo  Apolonio del Real Consulado.

Mientras que los pobres fallecidos, de los barrios del Cerro y Mordazo eran sepultados en el segundo pequeño cementerio de esta última localidad, a partir del 16 de diciembre de 1852 y hasta el 20 de agosto de 1860, cuando fueron suspendidas las inhumaciones.  A finales del siglo pasado todavía se conservaban muros de este camposanto en la esquina de las hoy avenidas Boyeros y Puentes Grandes.

El 13 de noviembre de 1832 se autorizó a los ingleses residentes en la Isla, extensivo a los angloamericanos, a edificar necrópolis para los súbditos en las poblaciones donde vivían cónsules.  Así fue construido el llamado Cementerio de los Ingleses, construida sobre un antiguo pudridero de los Uveros, en el camino hacia el río la Chorrera o Almendares, entre la costa y las actuales calle H, 5ta y acera este de la calle G, Vedado. Ocupaba un terrero de 200 metros de largo por 150 de ancho y se utilizó hasta el 23 de abril de 1864.

A la izquierda del antiguo Paseo de Carlos III, hoy Avenida Salvador Allende, entre la Calzada de la Infanta y la vereda que conducía a la ermita de Monserrate y al Parque de La Requena, se hallaba un terreno de la estancia de Aróstegui (donde estaban los Molinos del Tabaco, Molinos del Rey), para construir el Cementerio de los Molinos, que ofreció el primer servicio el 27 de marzo de 1833 y fue clausurado poco tiempo después, en cuyo sitio fueron inhumados 451 cadáveres.

Con relativa distancia del mencionado, se abrió el Cementerio de Atarés.  Al ser clausurado el 8 de noviembre de 1868, sus entierros sumaron más de mil cadáveres. Un año antes, el 19 de octubre de 1867, quedó inaugurado el Cementerio de Casa Blanca, en la estancia de San Nicolás, cerrado el 16 de abril de 1869, por agotamiento de su capacidad.

En la misma finca y  a unos metros del Castillo de la Cabaña de San Carlos, se ubicó  el de Santa Teresa del Carmen, llamado también Cementerio Rural de Casa Blanca.

En el Cementerio de Jesús del Monte, enclavado en la falda de la loma y al fondo de la primitiva iglesia del mismo nombre, se efectuaron sepulturas entre el 23 de septiembre de 1823 y el 8 de febrero de 1878, aunque desde 1691 ya existían enterramientos en ese camposanto. Contó con una pequeña capilla que tenía al centro la bóveda para los curas fallecidos.  Al edificarse la iglesia de Jesús del Monte, se tomó parte de sus terrenos.

Al siglo XIX pertenecen también las construcciones de otras dos necrópolis de importancia histórica: el Bautista y el Chino, sobre los cuales prometemos la próxima crónica.

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