En Cuba, según ETECSA, existen hoy más de cinco millones de líneas de celulares activas y las cuentas Nautas sobrepasan los dos millones, ambas con tendencia continua al crecimiento, a lo cual se suma la próxima entrada en servicio de la plataforma 3G que brindará un nivel de conectividad  con la red de redes de mucho mayor eficiencia, entre otras ventajas.

Los datos de referencia nos ponen ante un fenómeno sociológico de nuevo tipo pautado por las tecnologías de avanzada y las lógicas globales que las acompañan; es decir, la telefonía móvil va formando parte de nuestras vidas cada vez más. Hoy todo lo humano y lo divino, o casi, queda registrado mediante fotos, videos y/o mensajes que van a parar al ciberespacio.

Una de las expresiones de  dicha realidad la encontramos en el ejercicio de la comunicación política desde una cualidad superior con la expansión de las posibilidades de los actores políticos  de expresar en público sus opiniones sobre lo político. En otras palabras, un teléfono inteligente como los que hoy poseen muchísimos cubanos (fundamentalmente los jóvenes)  se convierte en un instrumento de empoderamiento ciudadano.

Se abre así  también el espectro del espacio público y con ello la ampliación del horizonte participativo que rápidamente se está convirtiendo en tribunas de opinión pública y, de esta manera, la democracia participativa cuenta con una formidable instancia para acrecentar su ámbito de gestión.

Si uno de los objetivos estratégicos del país apunta a la informatización de la sociedad, entonces no cabe la menor duda que la gobernabilidad pasa también por las redes de intercambio social que propicia el binomio telefonía celular-internet para construir representación, legitimidad y confianza.

Los cubanos asistimos como protagonistas a un proceso objetivo e indetenible de formar parte activa de una nueva politicidad asociada a nuestra presencia en una inconmensurable plaza pública como lo es el ciberespacio, un ámbito de relación globalizado y globalizante que dinamiza las maneras de percibir la realidad y de participar en su transformación, lo cual impacta de manera positiva y profunda en las formas de operarse los roles entre gobierno y ciudadanía bajo el principio de la transparencia.

Esta es, ni más ni menos, una batalla en tiempo real. La velocidad  con que viaja hoy día la información, aún en las limitadas condiciones tecnológicas entre otras mediaciones políticas y económicas existentes en nuestro país, van conformando una nueva entidad para la construcción de la opinión pública y con ello la formación de consenso.

En tales circunstancias, nuestros medios de comunicación no pueden permanecer de espalda a ese intenso flujo de información que provee el público como receptor y gestor del acontecer y su contenido. En ese contexto el valor de la actividad mediática se acrecienta para decantar la hojarasca de ese torrente, para dar cuenta de la realidad de forma veraz y oportuna, para explicar, investigar y opinar bajo la perspectiva de ser orientador social relevante.  Se  trata de un escenario donde se avanza, pero no con la celeridad que merece el asunto.

Como es bien sabido, el uso del celular en este terreno no siempre transita por un lecho de pétalos de rosas. Entra en zona de conflicto cuando el cambio de mentalidad se manifiesta desde una deficiente cultura política y comunicacional y se hace presente como fuerza retardataria en quienes desde sus responsabilidades públicas a todos los niveles se creen dueños de la información y del espacio público desconociendo que ambos son, ante todo, patrimonios del pueblo.

Una situación cualquiera puede generar un altercado  cuando un celular, decenas de ellos en manos de sus portadores (asistidos de todo el derecho) comienzan a registrar un hecho, un suceso, una mala acción o el reclamo de una explicación que se le niega.

Viene entonces el consabido “¡Apaga el celular!” por parte del funcionario, cuando su función es orientar, informar, explicar, persuadir a sus conciudadanos (sus electores en muchos casos).  Es entonces que el individuo de marras “tranca el dominó” y, malhumorado,  da la espalda al público o pide el apoyo a los agentes del orden quienes también con frecuencia ven el en uso del celular para fotografiar y/o grabar un video un potencial  perturbador social.

Hoy en día transitamos por nuevas formas y maneras de hacer política. Estas conllevan nuevas formas y maneras de comunicar. Sus actores deben estar meridianamente claros de competencias y roles correspondientes, pues cualquier disonancia en su ejercicio conduce a errores que cuestan caros en el preciado ámbito de la credibilidad.

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