Mi mesa era un mar de papeles, un océano agitado. Una redacción es una fragua. Atrapar la cultura en una página me sometía a un trabajo de selección, de purificación casi; quería hablar de todo en tan pequeño espacio. Un lustro al frente de la sección cultural del semanario de la ciudad. Cinco años, o acaso cinco siglos. Ya no sé…

Tras el cierre, me iba a caminar. No importaba el destino, ni la calle. Las penas se me alivian caminando decía Guillén. El verso será suyo, pero lo hice mío. Cada paso, acompañado de esa rutina misteriosa de repasar palabra por palabra, tema por tema, título por título, cual si levantara el periódico en el aire.

Esperaba el día de la salida con una mezcla de euforia y de terror. Me sentaba en un parque a auscultar aquel papel gris contra el sol. Vivía cada sábado al filo de la navaja.

2.

Aquel lunes la correctora me esperó en las escaleras. Me extrañó su semblante, el de una novia desesperada… Lo intentó de todas las maneras: me pidió disculpas con las manos, me pidió disculpas con las palabras, me pidió disculpas con el silencio; pero allí estaba la errata ajena, salida de un descuido que yo no había cometido, estampada en blanco y negro, marcando mi nombre como hierro candente.

El  piso se volvió arenisca, Empecé a hundirme. Le di la espalda. La esquivé durante semanas. Cargó con la culpa como una capa de piedras…

3.

Y la vida empecinada, siguió. Siempre sigue. Volvió la noria, la de repasar tema por tema, frase por frase, título por título, en medio de las calles… hasta que tropecé en la última sílaba. Un equívoco de factura propia se dibujó en mi mente, como un relámpago. Salí corriendo, corrí sobre mis pasos, corrí despavorido hasta los talleres; mas era tarde, no había nada que hacer: la plana ya giraba en los rodillos.

Sobrevino un lunes de muerte. Abrí la página con desdén, con rabia. La abrí como se despliega un látigo. Revisé el párrafo una, dos, otra vez … mas aquella palabreja la terrible, la palabra engendrada en una distracción, no estaba, no estaba. ¡No estaba!

Me dejé caer. Apreté mi cuerpo contra la butaca hasta que dolió.  ¡La misma correctora me había salvado! Nada dijo cuando la miré. Hay silencios de oro. Fue magnánima cuando tendí los brazos. Allí, calladamente, mientras la estrechaba, me dio una lección de humildad.

Nadie está exento de errar, nadie en esta vida es infalible.

2 comentarios

  1. Delia Rosa Proenza Barzaga

    Precioso. De los textos que disfruto. Y de los temas que me apasionan, como ese del uso del lenguaje en la cotidianidad de una redacción de un periódico.

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