La Ruta Ho Chi Minh, bombardeada una y otra vez por la aviación yanqui, que no pudo evitar la comunicación terrestre entre el norte y el sur de Vietnam, a través de las montañas selváticas de Truong Son

Por José Llamos Camejo. Fotos: Tuan Anh, e internet.

“Dormir ha sido una verdadera tortura; las heridas y las llagas hacen estragos y la espalda me ha dolido toda la noche… Me quedaré aquí; nunca me rendiré”.

Escrito con la brevedad de un flashazo, tal vez para dejar testimonio del sacrificio que implicaba caminar cientos de kilómetros cuesta arriba, con pesados bultos sobre la espalda, abriéndose paso entre la jungla intrincada, sobre la ruda geografía de Truong Son, el apunte, extraído del diario de campaña de una adolescente de diecisiete años, esboza el drama y la voluntad de quienes abrieron, transitaron y defendieron la Ruta Ho Chi Minh: el camino de la victoria vietnamita frente a la agresión norteamericana.

La Ho Chi Minh empezó a tomar forma en Lat, comuna del distrito Tan Ky, provincia de Nghe An, cuna del héroe que le dio nombre a la ruta. Allí marcó su Kilómetro CERO, el diecinueve de mayo 1959, fecha ligada a las vidas de un cubano y de un vietnamita, nacidos para fundar en el sacrificio: Vietnam celebraba 69 años del natalicio del Tío Ho, y Cuba conmemoraba 64 de la desaparición física de José Martí.

Urgía encontrar un canal seguro de comunicación con el sur, donde las guerrillas rebeldes actuaban contra el régimen títere de Saigón. Las operaciones guerrilleras tendían a crecer en magnitud y frecuencia, y en esa misma medida se intensificaba la réplica del ejército saigonés, armado, entrenado y reforzado por militares estadounidenses, cuya presencia era cada vez mayor en territorio vietnamita.

Otras vías como la marítima, abierta para apoyar a los insurgentes del sur, eran menos seguras, hasta el punto de ser torpedeadas por la flota militar norteamericana emplazada frente a las costas del país indochino, entonces divido artificialmente contra el deseo de su pueblo.                                                                                                                          

A un costado de la Ruta Ho Chi Minh, a treinta kilómetros de Don Ha, se localiza la necrópolis a los mártires de Truong Son, el mayor cementerio de Vietnam

Fue por eso que la dirección vietnamita decidió abrir un nuevo camino de norte a sur. Propósito en extremo escabroso, dadas las características geográficas de Vietnam, país alargado, estrecho y de topografía irregular. Truong Son era la única alternativa práctica.

Montañas altísimas, depresiones profundas; los insectos y el fango; la lluvia y el frío, las noches en la selva impredecible e inhóspita… Tamaño desafío para hombres y mujeres integrados en las Brigadas Especiales de Choque de la Juventud Vietnamita, que asumieron la dura pero inaplazable misión.

Hostilidad aparte, en alguna medida las características naturales del entorno ofrecían ventajas a los patriotas vietnamitas, que actuaban en suelo propio, conocían el terreno, y disponían de una sombrilla vegetal casi impenetrable, bajo la cual mantenían las caravanas de abastecimientos al sur, fuera del visor enemigo.

Con el devenir de los acontecimientos, tales ventajas de los agredidos supondrían obstáculos adicionales para los agresores, que, una vez detectada la ruta, intentarían cortarla desde el aire y los emplazamientos militares próximos.

No obstante, inicialmente en los cálculos del invasor no figuraba que los vietnamitas fueran capaces de abrirse paso a través de un laberinto selvático en geografía tan agreste. Los ocupantes no concibieron esa posibilidad, o la descartaron por imposible. De esa manera repetían en Vietnam, uno de sus errores más recurrentes: subestimar la capacidad de sus adversarios.

Combustibles, medicinas, alimentos, material bélico, y combatientes; toda la logística indispensable para mantener la vitalidad de las fuerzas y las acciones insurgentes, continuaban llegando al sur a través del nuevo “pasadizo secreto”, que aún ignoraba la inteligencia enemiga.

Los primeros envíos del norte partieron a mediados del año 1959, en hombros de sus transportadores: los miembros del Destacamento de suministros 559, primera fuerza designada para la estratégica operación.

Cada amanecer sus integrantes emprendían largas y fatigosas jornadas. En las noches acampaban en casuchas de bambú construidas por ellos mismos, y enmascaradas con elementos de la espesa vegetación.

La historia de Vietnam pudo ser distinta, de no haber existido jóvenes como esos, prestos a enfrentar el rigor y el desgaste físico, y hasta la inmolación, en aquellos caminos.

Poco a poco fueron creciendo las operaciones de abastecimiento y refuerzo a los combatientes del sur, en tanto la Ruta Ho Chi Minh ganaba en condiciones e infraestructura, con la  inserción de postas sanitarias, la apertura de áreas de cultivos agrícolas en zonas adyacentes, y la construcción de almacenes y dormitorios.

Después que la guerra terminó la importante carretera fue remozada, y es u factor importante de desarrollo

Vehículos automotores comenzaron a transitar la ruta en los años sesenta, lo que constituyó un gran salto en cuanto a agilidad, capacidad de transportación, y optimización del vial. La Ho Chi Minh se convirtió en canal de abastecimiento más importante de los patriotas del sur, y a su vez en un objetivo esencial para el enemigo.

Pronósticos fallidos, y una resistencia cada vez más sólida, amplia y organizada, por parte de las fuerzas opositoras a la invasión y a la arbitraria división de Vietnam, multiplicaban el temor de los gringos, que desplegaron poderío y tecnología para cortar ese canal de abastecimiento, que les causaba tantos dolores de cabeza.

Patrullas y comandos asentados en las bases enemigas más próximas a la ruta empezaron a internarse en el lomerío, en incursiones lanzadas con el propósito de interceptar los convoyes. Mas, al parecer los vietnamitas percibieron anticipadamente esas intenciones del adversario, y las contrarrestaron con sus mañas de guerrilleros.

 LAS “HAZAÑAS” BRUTALES DE LAS BOMBAS INTELIGENTES

Hacia la Ruta Ho Chi Minh, y en particular hacia el tramo de más de dos mil kilómetros de la cordillera Truong Son, apuntaron –y dispararon– las armas guiadas por láser, entonces consideradas entre lo más novedoso del arsenal bélico yanqui. Algunos expertos estiman que esa vía fue precisamente uno de los escenarios pioneros en servir de prueba a otros artefactos inteligentes, como los sensores térmicos norteamericanos.

Con frecuencia esos dispositivos espías, incapaces de distinguir entre el calor de un ser humano y el de un animal, indicaban blancos equivocados que los gringos ponían en el punto de mira. La fauna de la zona fue víctima de reiteradas masacres. ¿Culpables?: felinos, paquidermos, rumiantes, y otras criaturas civilizadas –tanto como sus verdugos– que a pesar de ello cometían la imprudencia de estar en la selva en cada momento de los ataques.

Es raro que los yanquis no hayan demandado a los sobrevivientes de las manadas, por hacerles desperdiciar en “daños colaterales” esas bombas humanitarias –entiéndase las destinadas a los seres humanos indóciles en las que se invirtieron tantos millones.

Operativos terrestres, aéreos y combinados, tuvieron lugar con recurrencia obstinada, en puntos clave de Truong Son y otros lugares de la Ruta. Eran intentos desesperados del invasor por detener el flujo de pertrechos y hombres hacia el sur. Pensaba que sin el corte de suministros la victoria militar les estaría negada.

Mucho se habla todavía de los enconados enfrentamientos librados en la Ruta Ho Chi Minh, durante la última guerra de Vietnam. Tal vez el más violento de todos tuvo lugar en el cruce de Dong Loc, un enlace intramontano, obligatorio para las caravanas que se dirigían hacia el sur.

En ese enclave se decidía la suerte de la Ruta; de ahí el empeño de las dos partes por dominarlo. De un lado la aviación gringa, implacable, descargando todo su poderío sobre el sitio; del otro una irreductible defensa vietnamita, que en un momento llegó a reunir dieciséis mil hombres sobre las armas en esa posición, y repelió con fiereza la embestida adversaria.

Truong Son fue la tumba de no pocas naves aéreas norteamericanas alcanzadas por el fuego de la artillería antiaérea. La batalla cobró un saldo notable, entre muertos, heridos y destrucción; pero los defensores preservaron el cruce.

Otra “hazaña” de las bombas inteligentes gringas en la Ruta Ho Chi Minh, fue registrada en la montaña Tro Voi, contra un grupo de jóvenes incorporadas a una fuerza voluntaria de choque, con la misión de restablecer la vitalidad de la ruta, interrumpida con frecuencia por los ataques de la aviación.

Realizaban su trabajo generalmente durante las noches; pues en la oscuridad  era menos probable que la aviación enemiga las detectara. Además de fusiles, disponían de azadones, picos y palas, herramientas que simultaneaban de acuerdo a la circunstancia.

Si aparecían aeronaves enemigas, las muchachas, fusiles en mano, apuntaban al cielo; esperaban que el avión se aproximara en picada, y le abrían fuego. Una vez que el bombardeo terminaba, ellas emprendían la atención a los heridos, enterraban a los muertos, y hasta colaboraban en salvar materiales útiles y piezas reutilizables de los carros aniquilados.

Durante las noches se ocupaban de rellenar cada boquete abierto por las bombas en los caminos, y de hacerlos transitables a la mayor brevedad. De ser necesario reparaban puentes y construían nuevos senderos entre los bosques. Sus jornadas se extendían hasta el amanecer, cuando la situación lo exigía.

Integraban una fuerza de voluntarias de más de cien mil jóvenes prestas a actuar en el lugar, la hora y bajo la circunstancia que las reclamara, aunque su tarea principal consistía en mantener la vitalidad de las vías terrestres.

Durante la etapa más difícil de la guerra, esas jóvenes veían a su familia una vez cada año. La Ruta Ho Chi Minh guarda testimonios del valor de aquellas muchachas, muchas de las cuales dejaron la vida entre las montañas.

En la mañana del 24 de julio de 1968, una escuadra de diez jóvenes del destacamento de choque de la provincia de Ha Tinh, donde radicaba su compañía comandada por  Vo Thi Tan –La sonrisa de la victoria– recibió la orden de rellenar  con la mayor urgencia, los cráteres abiertos por una bomba yanqui, en un tramo de vía, en la base de la montaña Tro Voi.

Cumplían la orden cuando un avión irrumpió inesperadamente, arrojando otra bomba que las mató. La acción conmocionó a todo Vietnam. Los cuerpos de las diez mártires, cuyas edades oscilaban entre los diecisiete y los veinticuatro años, fueron sepultados en el mismo lugar donde cayeron. Frente a sus tumbas se levanta el Museo a los Jóvenes de Choque.                                                                                                                                 

Dicen que miles de compatriotas, y personas de muchas otras partes del mundo acuden cada año a Tro Voi, para rendirles homenaje a las combatientes caídas. El sacrificio de esas heroínas, ni fue en vano, ni quedó en el anonimato.

Una de las muchas derivaciones internas de la ruta, que le permitía maniobrar a los patriotas anamitas y esquivar las bombas norteamericanas

CON LA HONDA DEL REY HERODES

El mando yanqui, desesperado ante los continuos fracasos, incrementó la potencia y la frecuencia de los ataques sobre la Ruta Ho Chi Minh, focalizando a la cordillera de Truong Son.

Apremiados por la necesidad de quebrar ese canal terrestre, lanzaron operaciones militares contra Camboya, nación limítrofe con la Ruta, y trataron de hacer lo mismo con Laos, país este último en el que no pudieron concretar su propósito, debido a una prohibición del  congreso estadounidense. Por eso, les transfirieron la tarea a sus subordinados de Saigón, que fracasaron en el intento.

Más impotentes aún, los gringos continuaron sus diabólicas embestidas, sin conseguir el saldo deseado. Pese a los daños ecológicos y materiales, y sobre todo a las decenas de miles de muertes que ocasionaron en las filas vietnamitas a lo largo de la contienda, los agresores no pudieron frenar los suministros del norte hacia el sur de Vietnam.

Aunque de ella nunca se hablara en plural, la Ruta “Ho Chi Minh” en realidad no era una sino muchas vías. Un complejo ramal de dieciséis mil kilómetros, con rodeos y derivaciones, que bajo el manto selvático eran imposibles de detectar por los invasores, pese a sus alardes radioelectrónicos.

El agresor obstruía un acceso y los vietnamitas maniobraban como el dragón de una antigua leyenda: les cortaban una cabeza y les nacían varias. Fue por eso que el Tío Sam, ante la imposibilidad de lidiar un crucigrama tan complicado de comunicaciones terrestres, decidió proceder al estilo del rey Herodes: matarlo todo: árboles, fauna, puentes, caminos, soldados…

Y empezaron a combinar el diluvio de bombas con el agente naranja, que medio siglo después aún sigue cobrando víctimas, pero tampoco fue suficiente para alcanzar su propósito militar. Renacía los caminos y los puentes, y los comandos gringos caían en trampas tendidas por sus hábiles adversarios. Los yanquis no pudieron con la audacia vietnamita.

Los soldados de Giap actuaron con ingenio y resolución en todo momento, aprovechando el dominio que poseían del terreno, ensayando técnicas de enmascaramiento a partir de la tupida vegetación, con la cual llegaron a camuflar hasta tres mil kilómetros del sendero; una gran parte de ellos en la cordillera Truong Son.                                                                                                                    

Se calcula que durante la guerra transitaron por esa vía  más de quinientos diez millones de toneladas de víveres, material bélico y combustible, además de decenas de miles de combatientes, que en todo caso resultaron decisivos para librar al país de la división territorial y de la ocupación extranjera.

La ruta Ho Chi Minh fue transitable en todo momento, desde el principio de la contienda hasta su conclusión, aunque para los vietnamitas el precio de mantenerla fue altísimo: aún las cifras son inexactas, pero se sabe que fueron decenas de miles de vidas humanas –jóvenes en su gran mayoría– las que se perdieron allí.

Al concluir la guerra era muy alto el grado de deterioro de la  Ruta Ho Chi Minh. Los vietnamitas la sometieron a un programa general de reconstrucción y ampliación, y en esa tarea recibieron el apoyo de Cuba.

Incluso, antes de que acabara el conflicto, el Comandante Fidel Castro Ruz la había contemplado entre los cinco objetos de obra que los trabajadores cubanos impulsarían en la hermana nación del sudeste asiático.

El ingeniero Gustavo Anglada Fuentes, ingeniero civil especializado en estructuras, trabajó durante diez meses en la reparación de varios puentes, en un tramo de más de veinte kilómetros de la legendaria carretera, que ostenta la condición de Reliquia Histórica Nacional, desde 1997.

“Recuerdo que siempre se hablaba de la cantidad de episodios protagonizados por los vietnamitas en esa ruta, y sobre todo en la cordillera de Truong Son”, rememora Anglada, quien dice haber perdido la cuenta del número de monumentos y sitios históricos que conoció, y cuya notoriedad está asociada al histórico vial.

El Comandante Nguyen Minh Ky, un  veterano de la guerra de Vietnam, recuerda que una vez terminado el conflicto, y en su condición de Presidente del Comité Popular de Quang Tri, él se encontró varias veces con los constructores cubanos que reparaban a la carretera Ho Chi Minh, en el tramo de Quang Binh a Quang Tri. “Los recuerdo muy consagrados y laboriosos; todavía las condiciones eran difíciles, y ellos acampaban en el bosque, desafiando las lluvias y otras muchas dificultades, para ayudarnos”, recuerda Minh Ky.

Otros elementos se han integrado al entorno de la histórica carretera. Plantaciones de cultivos agrícolas, aldeas florecientes,  restaurantes, comercios,  industrias e instalaciones de beneficio social, alternan con los bosques estupendos, y con monumentos y reliquias históricas que recuerdan tiempos gloriosos en las márgenes de la Ruta, exclusiva por su belleza, y única por su historia.

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