Heredia: pasión por la libertad

Ángela Oramas Camero

 En el enorme muro que rodea el mirador de las Cataratas del Niágara existe sólo una tarja —colocada allí en nombre del pueblo de Cuba el 3 de julio de 1999— donde aparece la efigie de José María Heredia, la bandera cubana y la referencia de José Martí acerca del poeta de Oda al Niágara, quien para siempre despertó la pasión por la libertad en el corazón de los cubanos.

José María Heredia y Heredia, poeta y periodista, fue un ser humano muy grande por sus luchas y prédicas de amor hacia la libertad, la naturaleza y las virtudes. Nació en Santiago de Cuba en 1803; pasó fuera de Cuba la mayoría de sus cortos años de existencia, a causa de que la carrera como magistrado del padre hizo que la familia cambiase frecuentemente de lugar de residencia. En Estados Unidos, Santo Domingo, Venezuela y, principalmente, México transcurrió gran parte de su infancia, juventud y años postreros.

Menos de diez años vivió en el terruño natal, incluidos los tres primeros de vida. En las ciudades de Santiago de Cuba, Matanzas, La Habana y Puerto Príncipe (actual Camagüey) quedan aún las huellas del poeta y brillante periodista.  Entre diciembre de 1817 y noviembre de 1823  trascurrió la más larga  presencia de Heredia en la amada isla, y fue  en Matanzas donde inició sus actividades conspirativas contra la dominación de España.

Así,  en el destierro, mientras recreaba la visión de las Cataratas del Niágara, las que al estremecerlo y agitarle el alma le inspiraron distinguirlas como torrente prodigioso y  trueno aterrador, indagó: ¿Por qué no miro alrededor de tus cavernas inmensas/  las palmas ¡ay! Las palmas deliciosas, que en las llanuras de mi ardiente patria/ nacen del sol a la sonrisa, y crece,/  y al soplo de las brisas del Océano,/bajo un cielo purísimo se mecen!

Por eso y pese a las prolongadas ausencias, Heredia jamás dejó desvanecer la adoración  por las palmas y la tierra en que vio los primeros rayos de luz.  Fue hijo de Cuba —escribió Martí— aquel de cuyos labios salieron algunos de los acentos más bellos que hayan modulado la voz del hombre, que murió joven, fuera de la patria que quiso redimir, del dolor de buscar en vano en el mundo el amor y la virtud.

El cantor del Himno del Desterrado, Teocalli de Cholula, La Estrella de Cuba y de la Oda al Niágara traspasó la época, porque según el Apóstol: Heredia no tiene que temer al tiempo. Su poesía perdura, grandiosa y eminente. También llegó a sentenciar el Héroe Nacional: Olmedo, que cantó a Bolívar mejor que Heredia, no es el primer poeta americano. El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en sus versos la sublimidad, pompa y fuego de su naturaleza. Él es volcánico como sus entrañas, y sereno como sus alturas. Y en el discurso conmemorativo al cincuentenario de su desaparición física, el 30 de noviembre de 1889, en el Hardmann Hall, de Nueva York, Martí vaticinó que a Heredia nadie lo vence en amor, nadie.

El 5 de noviembre de 1823 las autoridades españolas lo buscan para arrestarlo bajo la acusación de participar en la conspiración de la Orden de los Soles y Rayos de Bolívar contra el dominio colonial. Nueve días después embarca clandestinamente por el puerto de Matanzas hacia Estados Unidos. Y no regresa a Cuba hasta principios de noviembre de 1836, luego de dirigir una carta al Capitán General de la Isla de Cuba, Miguel Tacón, solicitándole permiso de entrada. Su pequeña hija acababa de fallecer en México; a la madre, que permanecía en Matanzas, no la veía desde hacía 13 años, y él estaba bien enfermo de tuberculosis.

Aquel viaje a Cuba le trajo mayores tormentos, pues los amigos más cercanos rechazaron su compañía, al considerar que en su carta a Tacón se había retractado de los ideales revolucionarios. Permaneció en la Isla sólo dos meses  y retornó a México, el país donde fue —además de reconocido poeta— abogado, soldado, profesor de lenguas, traductor, diplomático, magistrado, historiador y periodista desde 1823 hasta su muerte, a los 36 años de edad. De sesudo periodista” lo calificó Martí en el análisis que publicara en El Economista de Americano, en 1888.

Heredia inició  los primeros pasos en el periodismo en La Habana cuando fundó en 1821 la revista semanal Biblioteca de Damas, de la cual sólo se publicaron cinco números. Tanto en el Distrito Federal como en Toluca, Cuernavaca, Tlalpan y otras ciudades mexicanas tuvo Heredia una destacada labor periodística. Sin lugar a dudas, la armonía de lo bello y lo útil caracterizó el periodismo ejercitado por él y muchos de sus artículos los firmó sólo con la H, la letra inicial de los dos apellidos.

Publicó trabajos en Noticioso General de México, en Semanario Político y Literario, la revista Iris, El Indicador Federal de México, y las revistas Miscelánea y La Minerva, fundadas y dirigidas por él. Fue redactor principal del periódico El Conservador (1831); dirigió la sección literaria del Diario del Gobierno de la República Mexicana, y colaboró en El Amigo del Pueblo, El Fanal y El Reformador. A la vez, Heredia, en esos años, colaboró con distintas publicaciones en Cuba, entre ellas Diario del Gobierno Constitucional de La Habana, Semanario de Matanzas, El Revisor Político y Literario, Diario de La Habana y Recreo Semanal del Bello Sexo.

Luego de abandonar a Toluca, una ciudad demasiado alta y fría que no favoreció a su frágil salud, se instaló en la  capital de México, en la casa marcada con el número 15, de la calle del Hospicio.  Presintió quizás su final y escribe a la madre, Mercedes Heredia Campusano, poco antes de expirar en la mañana del 2 de mayo de 1839: “Le advierto para que no se espanten que no van a verme a mi, sino a mi sombra o espectro”.

En un ambiente triste y en la mayor pobreza fue conducido el ataúd con los restos de Heredia hasta el panteón de Nuestra Señora de los Ángeles.  Al acto fúnebre sólo acudieron los amigos íntimos, algunos trabajadores de la Audiencia y del diario del Gobierno.  Pese a que Heredia trabajó en la redacción del mencionado periódico de México, no hubo en estas páginas ni siquiera una nota necrológica para dar a conocer su fallecimiento. En Cuba, el diario Aurora del gobierno de Matanzas, el  21 de julio de 1839, bajo el título: En la muerte de José María Heredia, fue divulgado un poema del abogado y poeta español Francisco Iturrondo, firmado con el seudónimo de Delio. Años después, sobre la tumba de Heredia fue grabado un epitafio para recordar que la poesía y la virtud que en su alma ardían le han hecho inmortal en la tierra y en el cielo.

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