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Ante los hechos:¿Fría o ardientemente?

El periodismo eficazmente legítimo —por ende el periodista— no es el que  se afana por codificar los síntomas, sino precisar las causas

Pablo, Ernest y Rysiard, entre los que se mojaban los zapatos buscando la verdad de la guerra. Fotomontaje: Yoandry Avila.

El dramaturgo austriaco Peter Handke sostiene que el periodismo ha dejado de ser oficio de románticos. Ideal de Quijotes. Y lo expresa en su obra  El viaje en la canoa o el guión para la película sobre la guerra, fundamentándose en que las noticias de la guerra suelen traer sólo el número de bajas, también la cifra de civiles muertos o heridos y la cantidad de bombas arrojadas sobre blancos enemigos. Ciertas noticias bélicas se han convertido en partes militares corregidos, descontaminados y luego globalizados, de modo que les falta lo principal: el odio, la crueldad, el dolor humano, la destrucción de las riquezas, el daño al medio ambiente, la perversidad de la propaganda… En mayoría,  los periodistas, principalmente los de la TV, operan fuera del escenario, quizás dentro de la concha del apuntador.

Se protegen. Porque las estadísticas acusan que escribir sobre la sociedad humana, sus verdades y sus conflictos podía conducir a la muerte en ciertos lugares y circunstancias. Solo los pilotos de prueba –esos cobayos del aire- afrontan más riesgos que los periodistas. Ante esa información, puede uno adoptar disímiles posiciones: creerla, no creerla; temer o no temer. Por mi parte, al conocer por fuente fiable que yo, periodista, podía alguna vez ser víctima del peligro que ronda el quehacer de los de mi oficio, admití que era verdadero el hallazgo estadístico. Y nada novedoso. Porque yo mismo, y cualquier otro de nuestros colegas cubanos, en alguna ocasión, nos hemos expuesto a un accidente por conquistar una historia o un personaje. Resulta, pues,  un recurrente talismán contra el desaliento el saber que la profesión que es el gusto principal de nuestros ocios, la misión primordial de nuestros deberes y la concreción cotidiana de los principios solidarios entre los cuales hemos crecido, nos reclama a veces hasta la existencia. Somos, junto a nuestros colegas de aquí y de allá, privilegiados con la eventualidad de morir realizando un acto de servicio. Y me parece que nuestros dedos, nuestra mente, son instrumentos que ofician un culto de solidaridad con el Hombre. ¿Romántico? En efecto, romántico. Y a mi parecer quien no asuma el periodismo con esa actitud romántica, como sugería Peter Handke, quizás no logre practicarlo con vigor, ira, amor y desprendimiento.

¿Podemos “acercarnos fríamente a los hechos”?, se pregunta Furio Colombo. Y él mismo responde: No. Porque la objetividad, que el ensayista español Julián Marías tachó de “tan recomendada y tan ilusoria”, no puede concretarse —en particular la periodística— si no es mediante un intermediación intensa, pasional, estremecida. ¿Cómo podría el periodista lograr la objetividad sin la mirada en tensión? La tensión intelectual, incluso emocional, legitima la objetividad. Porque sin el ánimo conmovido o convencido, a lo más que podríamos llegar sería a la exactitud del número, del rumbo, de las pérdidas. Debajo de esas magnitudes, realidad aparente, se halla la realidad esencial. Esta, veces, no se quiere detectar, porque la visión está parcializada, conducida subliminalmente por una cosmovisión donde el alineamiento de clase o el predominio de intereses y el correlato ideológico tienen influencia. Por tanto, la parcialidad o la imparcialidad son factores que condicionan el grado de objetividad de cuantos juzgan los hechos y los construyen en sus cámaras, sus grabadoras o sus ordenadores. La disyuntiva, en consecuencia,  se ofrece así: ser periodista de causas o de síntomas.

Todo cuanto hoy se echa de menos en la papilla deshumanizada del acontecer mundial, solo  lo encontrábamos, hace años, en textos de periodistas como John Reed, Ernest Hemingway, Herbert Mathew, Norman Mailer,  Rysiard Kapuscinski y otros  que se mojaban los zapatos buscando la verdad de la guerra. También hoy la verdad esencial la trasmiten corresponsales de ciertas cadenas de izquierda que, mientas las cámaras del poder mediático predominante mostraban en Libia, en 2012,  los efectos de la onda expansiva, los enviados de TeleSur,  enfocaban el estallido de los misiles sobre edificios de viviendas, escuelas, hospitales.

Una de las células matrices del periodismo escenográfico, surgió y prosperó en la guerra hispano cubana americana, en 1898, cuando el astuto William Randolph Hearst —propietario de la cadena de periódicos del mismo nombre— le dijo al presidente de los Estados Unidos: Prepare la guerra que yo pongo las justificaciones. Y estas consistieron en publicar noticias presuntamente provenientes de sus enviados en La Habana con historias fraudulentas o manipuladas, de modo que ante la opinión pública estadounidense se amontonaran las buenas razones para avalar una guerra del naciente imperialismo norteamericano contra el senescente colonialismo español. ¿Alguna diferencia con los preparativos de la campaña contra Irak o Afganistán. Libia o Siria en los primeros años del siglo XXI?

El periodismo eficazmente legítimo —por ende el periodista— no es el que  se afana por codificar los síntomas, sino precisar las causas. Siguiendo otro ejemplo del italiano  Colombo, el título más útil y comprometido no sería: mueren tantos ancianos solos, sino tantos ancianos viven solos. La objetividad, pues, se opaca o resalta por el papel éticamente constructivo de la palabra. En un primer ejemplo, la guerra, el periodismo  ha de cumplir sus proteicos perfiles en la muerte que otras lentes pretenden soslayar; en el segundo: mucho más que por los muertos,  hay que hacer por los vivos en soledad.

Ryszard Kapuscinski  asevera que el periodismo no es una profesión apta para cínicos. Con lo cual, el autor de libros capitales del periodismo literario —hecho pasión, sangre,  arte— admite que el oficio periodístico necesita como ejecutor una buena persona. Y es comprensible. ¿Puede acaso uno arriesgar la vida por una verdad, una historia, un personaje si no posee la entereza de seguir una vocación que entraña la posibilidad del martirio y que ningún dinero puede pagar, porque el dinero la mancilla y contamina?

Y si mencionamos a Kapuscinski, elegido como el periodista primordial del siglo XX, en 1999, habrá que evocar a John Reed, merecedor también de ese título, por reportajes capitales como Diez días que estremecieron al mundo, o México insurgente, compuestos entre las balas de una ciudad en revolución o el polvo de las llanuras mexicanas plantadas de sables inmisericordes, o aquellos en los que el reportero se hacía meter preso para entrevistar a los líderes encarcelados de una huelga.

En esos periodistas, y en tantos más, como el cubano Pablo de la Torriente Brau, latía la lumbre de una vela que se consumía en el empeño de ver, oír y escribir para, luego, en la urgencia limitadora de un despacho cablegráfico, o en las letras más meditadas de un libro, los lectores asumieran como propio un fragmento de la Historia, único, irrepetible, pero transferible por la osadía y la abnegación de un periodistas que, olvidándose de sí mismo, vivía para luego hacer vivir a los demás.

Camilo José Cela dictó una pauta: El periodista no es el eje de nada, sino el eco de todo. En un momento de limpieza y claridad profesional, la española Maruja Torres  nos asignó los instrumentos: una voz narrativa, un punto de vista y una ética. Parecen instrumentos endebles. Pero su poder es, en verdad, incalculable: en un jirón de palabras entrecortadas, en unas fotos humeantes, o en ese trazo que grita por la justicia, enviamos la esperanza, quijotesca y romántica, de que sobre la ruina se alzará el triunfo solidario de un mundo compartido.

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