Páginas de la memoria: Asaltado el estudio del escultor Delarra

José Delarra, junto a su Martí de 1995. Foto: Juventud Rebelde

Hoy se cumple el 15 aniversario de la muerte del escultor y pintor cubano José Delarra (1938-2003), autor del Complejo monumentario en la Plaza de la Revolución de Santa Clara, dedicado a Ernesto Che Guevara. Para recordar a quien fuera también ilustrador gráfico y colaborador de varias publicaciones cubanas (Mella, Verde Olivo, Juventud Rebelde, OSPAAL, Tricontinental y Muchacha), Cubaperiodistas rescata del olvido una crónica que apareció en Juventud Rebelde, en 1995, cuando Delarra se enfrascó en un homenaje personal a quien, en vísperas de lanzarse al ataque al Cuartel Moncada y sacudir la historia de Cuba, defendió públicamente a un artista: Fidel.

Sobre una mesa revuelta apareció decapitada la Virgen de la Caridad del Cobre. En otra fotografía, varias figuras de Martí están deshechas por el piso, y el estudio de Fidalgo es un caos de manos de yeso trituradas, mascarillas rotas, imágenes profanadas. La policía de Batista había descargado en las pequeñas esculturas, víctimas silenciosas de esa mañana de febrero de 1953, su odio irracional contra el artista que había producido en serie estatuillas del maestro con un rótulo que decía: “Para Cuba que sufre…”, y debían ayudar a financiar la causa del grupo que se preparaba para el ataque al Cuartel Moncada.

“Asaltado y destruido el estudio del escultor Fidalgo”, encabezaba Bohemia el 8 de febrero de 1953, una de sus páginas interiores. El texto era de un joven colaborador bastante conocido en los predios universitarios y en las manifestaciones del Partido Ortodoxo. Fidel Castro había entregado en la redacción el artículo con ilustraciones de Chenard, excelente fotógrafo, amigo entrañable que fue de los primeros en caer en Santiago de Cuba el 26 de julio de ese mismo año.

El escultor Fidalgo, a la entrada de su taller, con un boceto de la estatua de Martí que le solicitó el Comité Martiano de Tampa. Foto: Revista Bohemia, 8 de febrero de 1953.

Cuarenta y un años después (en 1995), los hechos toman otra dimensión, un oportuno resarcimiento despojado ahora de odios y vandalismos. La juventud tomó por sorpresa una mañana de julio el estudio del escultor José Delarra y le pidió que hiciera una estatuilla de Martí, su estatuilla de yeso patinado, para que esté presente en la Isla, el próximo 26. Es una delicada manera de recordar el pasado, es otra sensible expresión del respeto que merecen los artistas.

Delarra, cuyo verdadero nombre es José Ramón de Lázaro Bencomo, se ha lucido. Su pieza, de unos 40 centímetros, muestra a Martí, caminando, con el saco batido por el viento y una mirada honda, extraviada en alguna idea imprecisa pero certera como un rayo. Las manos las lleva detrás y son tan bellas que conmueve como la figura toda. Descansan suavemente una sobre la otra, con tan perfecta nitidez que parece que en cualquier momento se van a abrir y nos van a tocar.

Este señor de 57 años, con una obra monumental regada por todo Cuba, con premios, exposiciones y reconocimientos nacionales e internacionales que no cabrían en estas líneas, ha tenido la idea de incorporar a su Martí el paso de Fidel. Si uno lo observa bien, es efectivamente ese caminar largo y firme del Comandante, inconfundible para cualquier cubano y que nos regala una entrañable imagen en movimiento del Maestro, a quien la balbuceante técnica fotográfica de su época únicamente nos reveló solo o con otras personas, pero siempre obligado a permanecer por varios minutos detenido frente a la cámara.

Por cierto, Delarra tomó como modelo la fotografía de Martí con su amigo Fermín Valdés Domínguez, y algunos rasgos de la conocida instantánea de Kingston, la que está de pie delante de unos arbustos, con su trajecito negro de sencillez conmovedora que hizo posible uno de los más hermosos poemas de Fina García Marruz, aquel donde confiesa al describirlo: “toco palabra pobre”.

El único conflicto que provocó en Delarra esta intempestiva solicitud de la UJC, fue la de posponer un complejo proyecto escultórico y los cuadros que pinta en sus escasos ratos libres y llevan por nombre, cada uno, una frase martiana. Delarra era, además, el artista ideal para este sueño juvenil. Una foto, en su estudio, habla por él. Sobre la mesa de zapatero de su padre, el adolescente que ya se sabía escultor, está cincelando el rostro del Maestro y hay en el ambiente un recogimiento en el que se adivina la hechura misma de la patria.

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