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 La imagen que nos acompaña

En la mañana de este miercoles 15 de agosto quedará inaugurada en la sede de la Upec una exposición en homenaje a Antonio Moltó, en el primer aniversario de su desaparición física

La fotografía es, en apariencias, un suplente de la inmortalidad. Tal vez Daguerre, y cuantos perfeccionaron después la técnica, y luego arte, de la fotografía no repararon en que la imagen tomada en una cámara oscura sería con el tiempo una especie de garantía para no perder  la presencia de los seres amados, ni los momentos significativos de su vida, frágil y temporera como la nuestra.

Parece extraño que, nosotros, mortales conscientes de nuestros límites vitales, pretendamos retener para siempre, en una copia intocable, a quienes quisimos en medio de la vida. Vida a la que nadie de nuestra especie, ni ninguna otra, sobrevivirá. Lo sabemos: verlo detenido en la pared es un consuelo;  solo la oportunidad de reavivar nuestro afecto fraterno, renovar nuestra gratitud a quien ya, irremediablemente no está.

Lo sabemos: La muerte, el amor, la pérdida, la ausencia serán siempre asuntos de reflexión, motivos del poema elegiaco, la canción de lírica tristeza o las memorias zaheridas. Pero no dejemos de ver en este momento un misterio. Este momento en que inauguramos una exposición fotográfica de nuestro amigo, nuestro hermano Antonio Moltó. Ahí lo vemos. Como siempre lo vimos en su configuración corporal. En su sonrisa pronta, su mano presta. Mostrarlo aquí como fue hace uno y más años atrás, no significa más que un remedo. La fotografía, a pesar de su parentesco ilusorio con el milagro, sólo nos da la imagen, el contorno físico. Nos lo detiene como era en un instante: activo y sonriente, presto a escuchar y a ofrecer su mano.  Es una ilusión que, sin embargo, suaviza el dolor, la queja.

Antonio Moltó, Lázaro Expósito y el periodista Reinaldo Cedeño

Quizás, con más hondura que una foto, nos lo dan nuestros recuerdos. Todos guardamos de Antonio Moltó una imagen que perdurará mientras perduremos. El papel se humedece, la película puede enmohecerse. Su recuerdo, los momentos en que soñamos y trabajamos juntos por construir un país más apto para la cristalización humana, permanecerá vivo en los aún vivos que lo quisieron, y le agradecieron hasta el final.

Junto a Ernesto Vera

Cada uno de nosotros guarda alguna hora en que Moltó nos hizo falta. Y Moltó nos echó la mano. Confortó nuestra pena, ayudó a resolver nuestra urgencia. ¿Cuándo no estuvo abierto a cualquier colega que se le acercó con un problema o una queja? ¿Cuándo no calmó nuestra duda con una sugerencia, un compromiso, una gestión?

Uno ha pensado con los poetas en qué solos quedan los muertos. ¿Y en verdad quedan solos? Nos negamos a no creer que nuestros sentimientos  los resguarden de la soledad, del olvido. Hay tanto de misterio en la vida. Y tanta vida en el misterio.  Solos, en efecto, quedamos nosotros cuando el tiempo que cumple su destino o la enfermedad incurable a deshora, nos arrebatan a la persona que solíamos querer, amar, estimar, y sobre todo por momentos necesitar.

Esa soledad que deja la ausencia definitiva de hombres como Antonio Moltó; esa soledad es incurable en nosotros. Ahora lo tenemos aquí como un ícono, como un conjunto de luces que lo retuvieron para que nosotros hoy pudiéramos sentirlo como vivo viéndolo en el aparente milagro de la fotografía.

Él quizás no nos vea. Pero todos los aquí presentes, lo vemos, lo valoramos y lo retendremos en toda su virtud humana. Ese es el regalo que más le hubiese gustado en aniversario primero de su partida definitiva. Y quién no lo imagina conteniendo una sonrisa de gratitud y satisfacción. Que siga, pues, Antonio Moltó en nosotros.

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