Por Ángela Oramas Camero

Durante el siglo XX era todavía frecuente escuchar la frase llegó la hora de los mameyes, referida a un conflicto o situación abrupta. Surgió  en 1762, cuando los criollos, durante la toma de La Habana por los ingleses,  veían  por las calles de la capital a los soldados invasores vestidos con casacas rojas y pantalones carmelita y, a modo de choteo, los apodaron con el nombre de la fruta.

En 1761 fue firmado el Pacto de Familia y el Rey de España Carlos III intervino en la guerra de los siete años, aliado a Luis XV, rey de Francia, contra el rey Jorge III, de Inglaterra. El mencionado conflicto se extendió a las Antillas, lo que ocasionó a España la pérdida de La Habana, que entonces era cómo decir Cuba completa. Su habitantes sumaban alrededor de 30 000.

Así, los buques y fragatas, bien armados, de Inglaterra llegaron al litoral habanero el 6 de junio de 1762. Fecha que dio inicio a cruentos combates que duraron hasta el 13 de agosto, cuando se produjo la rendición militar de los colonialistas españoles y fue firmada la capitulación de estos ante los jefes del ejército inglés. Once meses permaneció La Habana ocupada por los británicos, hasta el 6 de julio de 1763, y fue devuelta a España (cambiada por la Florida) después del Tratado de Paz de Versalles.

¿Cómo fue defendida La Habana ante el más poderoso contingente que apareciera en el Nuevo Mundo?  Al  iniciarse la cruenta batalla, los soldados españoles y milicianos criollos pelearon como leones en la defensa de la capital cubana y este fue el episodio más sonado de la historia de Cuba española en aquel siglo. Cuentan que las milicias al mando del criollo Pepe Antonio defendieron con ejemplar valentía no sólo la bandera de España, sino a su patria chica: La Habana.

El machete empleado por Pepe Antonio en los enfrentamientos con los ingleses armados hasta los dientes, devino en símbolo de valor. Junto a él se destacaron también Luis Aguiar y Laureano Chacón. Pepe Antonio había nacido el 6 de diciembre de 1704 en la villa de Guanabacoa y con 300 hombres apenas armados con machetes y mal alimentados enfrentaron al enemigo a través de la guerra de guerrillas.  Estudiosos del tema aseguran que llegó  a causarle 26 muertos y 83 prisioneros al invasor inglés.  No obstante, Guanabacoa fue conquistada por los británicos el 8 de junio.

La Habana de los ingleses no conoció el florecimiento económico como erróneamente se describe en algún libro de antaño. Al ocurrir la devolución de La Habana, los españoles encontraron gran escasez de alimentos, sobre todo de carne, con motivo del bloqueo económico que el resto de la Isla decretó a los invasores en la capital. La producción agrícola había sufrido gran merma por causa fundamental de la ausencia de mano de obra, pues muchos esclavos negros habían muerto (o huido) durante los combates. Obligados a sacar licencia, mercaderes, taberneros, zapateros y otros, en desacuerdo con la medida, huyeron de la capital y esta quedó sin tales servicios.

Por otra parte, los conquistadores ingleses desalojaron a dueños de mansiones y se apoderaron de hospitales e iglesias, además de imponer donaciones a la población y al clero.  Contra los donativos  se opuso del obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, por lo cual fue expulsado de Cuba hacia la Florida.

Los habaneros acusaron a Sebastián de Peñalver y de Gonzalo Recio de Oquendo, quienes presidían el Cabildo durante la ocupación inglesa,  de tiranizar a la población y exigirle exagerados impuestos. Estos colaboradores de los invasores fueron enviados a España para ser juzgados en las Cortes.

La toma de La Habana quedó plasmada en los 12 grabados que realizara el famoso pintor Dominic Serres, a partir de los dibujos que hizo el teniente invasor  Philip Orsbridge desde el buque Orford en medio del asedio a la capital cubana. Gracias a Serres, de origen francés, hoy es posible apreciar sus dibujos al óleo, como testimonio visual de aquel episodio armado, que quedó como la única oportunidad en que una colonia española fuera atacada por otro imperio, y mucho menos ocupada.

Fuentes consultadas: Emilio Roig de Leuchsenring: “La dominación inglesa en La Habana. La Habana. 1929”; Hernán Venegas, conferencia: “Los ingleses en Cuba”, y  Opus, revista Habana, número 2/2002.

 

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