Retrato del joven Jose Martí en presidio, víctima de la represión del régimen colonial español.

El 4 de abril de 1870, sin haber cumplido aún los 17 años de edad, entró al presidio un jovencito que se convirtió en el preso número 113 de la primera brigada de blancos, al que le cortaron el pelo al rape, vistieron con un tosco uniforme y le colocaron una cadena de hierro de la cintura al tobillo. Resulta muy conocida la foto que, así vestido, dedicó Pepe Martí a su madre: Mírame, madre, y por tu amor no llores:/ Si esclavo de mi edad y mis doctrinas,/ Tu mártir corazón llené de espinas,/ Piensa que nacen entre espinas flores.1

Con la cadena y los grillos, trabajaba 12 horas bajo el sol en las canteras de San Lázaro, donde tenía que excavar y desbaratar las piedras a golpe de pico, y luego llevarlas hasta los hornos de la cantera, en lo alto de una loma. Todos los días, los reclusos eran levantados a las cuatro y media de la mañana y debían caminar más de dos kilómetros, desde la prisión hasta las canteras de San Lázaro —donde hoy se erige la Fragua Martiana—. Pasadas las seis de la tarde, realizaban el mismo recorrido de vuelta a la prisión.

En las canteras, Martí sufrió en carne propia y ajena los rigores, los abusos del régimen colonial español en Cuba. Las condiciones ambientales eran pésimas: “Una buena parte de la población de condenados estaba atacada por el mortífero morbu. La diaria y terrible jornada rendía 4 o 5 apestados. Los niños agonizaban entre vómitos […] Los viejos se iban unos tras otros, devorados por el castigo atroz y la epidemia”.2

Bajo el castigo incesante del sol, marchaban los prisioneros pálidos, encorvados bajo el peso de los cajones de piedras, hostigados por los golpes, aturdidos por los gritos y el ruido de las cadenas… El generoso corazón de aquel niño de apenas 17 años de edad no podía pensar en sus propias desgracias cuando “otros sufrían más que yo”. En su

trascendental testimonio conocido como El presidio político en Cuba, afirmaría: “¿A qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de sufrimientos, si otros han sufrido más que yo? Cuando otros lloran sangre, ¿qué derecho tengo yo para llorar lágrimas?”3

El día que ingresó en la prisión, esperaba el momento en que regresarían del trabajo quienes habrían de ser sus compañeros de castigo, los cuales, aunque habían partido mucho antes del amanecer, no llegaban aún, mucho después de que el sol se hubiera puesto. Cuando al fin volvieron, traían “[…] dobladas las cabezas, harapientos los vestidos, húmedos los ojos, pálido y demacrado el semblante. No caminaban, se arrastraban; no hablaban, gemían”.4

Al día siguiente, Pepe Martí se sumó a aquel grupo de condenados a trabajos forzados. Su descripción de la cantera y de lo que en ella ocurría es espeluznante. En el presidio, en las canteras, conoció Martí a Nicolás del Castillo, un triste y maltratado anciano; a

Lino Figueredo, aquella “rosa de los campos de Cuba” que el presidio transformó en un cadáver viviente, marcado por la viruela a los 12 años de edad; a Tomás, el negrito bozal de 11 años; a Ramón Rodríguez Álvarez, de 14; a Juan de Dios, un anciano esclavo de más de cien años, que había perdido la razón; a tantos y tantos infelices en cuyas terribles desdichas el joven de 17 años halló consuelo a las propias: “Yo suelo olvidar mi mal cuando curo el mal de los demás”.5

De ellos afirmó: “Castillo, Lino Figueredo, Delgado,6 Juan de Dios Socarrás, Ramón Rodríguez Álvarez, el negrito Tomás y tantos otros son lágrimas negras que se han filtrado en mi corazón”.7

Más adelante, ya en España, Martí publicaría El presidio político…, testimonio excepcional de lo que vivió durante esta triste etapa de su vida. En ese texto dejó constancia del dramático incidente ocurrido durante la visita de don Mariano al penal: el sufrimiento del padre al ver las llagas que el grillete le había causado en el tobillo, las quemaduras provocadas por la cal de la cantera… ¡Terrible dolor el de aquel padre que lloraba abrazado a la pierna magullada del hijo! Este incidente, cruel pero hermoso, profundizó el respeto y el amor entre ambos.

Aunque doña Leonor y don Mariano se habían opuesto a sus ideas y actividades contra el régimen colonial español, en este terrible momento le brindaron un apoyo total. Los sufridos padres estuvieron a su lado, y sintieron orgullo y dolor al apreciar la entereza con que el joven enfrentaba su destino.

Leonor y Mariano hicieron de todo para mejorar la suerte de Pepe. Gracias a sus incesantes gestiones fue destinado a la cigarrerría del penal y luego a la Cabaña. No conformes con ello, pidieron, suplicaron a las autoridades coloniales y lograron, hacia finales de 1870, el destierro a Isla de Pinos —hoy Isla de la Juventud—, y más adelante, a inicios de 1871, a España.

“La comprensión del padre hacia el hijo se percibe incluso en el creciente empobrecimiento de la familia […] a partir de aquel episodio, las penurias del hogar de Martí-Pérez se perciben asociadas a una decisión consciente: el abandono de posibilidades de beneficio económico venidas de compromisos con el régimen que le había impuesto al primogénito de la familia condena y crueldades que dejaron en él marcas físicas indelebles, pero también fortalecieron su vocación justiciera y fraguaron su inquebrantable carácter”.8

Sobre sus compañeros de presidio escribiría en su artículo “Castillo”, que fue publicado por el periódico La Soberanía Nacional, de Cádiz, el 24 de marzo de 1871 y reproducido el 2 de julio en el diario independentista La República, de Nueva York, con elogios para el desconocido autor, pues había firmado solo con sus iniciales. El texto es similar a la sección VI de El presidio político en Cuba, publicada ese mismo año en forma de folleto, uno de los más dramáticos y conmovedores salidos de su pluma.

Por todo esto, Máximo Gómez Báez expresó: “¿Quién es Martí para atreverse a tanto?, pensarán algunos y yo les digo: ‘un cubano a prueba de grilletes por ser cubano cuando apenas tenía bigotes’. He ahí una buena credencial ¿Que no se ha batido en los campos gloriosos de la patria? Pero puede batirse. ¿Y acaso solamente los que tiran tiros pueden y deben ser los depositarios de la confianza pública? Pobres entonces y dignas de compasión las naciones donde los hombres razonan de semejante modo”.9

 

Notas

1 José Martí, cit. por María Luisa García Moreno: La ruta cubana de José Martí, Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2011, p. 31.

2 Magdaleno Mauricio: Fulgor de Martí, México, 1940, p. 73.

3 Raúl Rodríguez La O: Dolor infinito, Ediciones Abril, La Habana, 2007, p. 74.

4 Ibídem, pp. 67-68.

5 Ibídem, p. 68.

6 Joven de 20 años de edad, que se mató lanzándose desde lo alto de la cantera.

7 Raúl Rodríguez La O: Ob. cit., p. 88.

8 Luis Toledo Sande: “¿Y de quien aprendió José Martí su entereza y rebeldía?”, en revista Honda, no. 21, Centro de Estudios Martianos, La Habana (digital).

9 Máximo Gómez: “Carta a Fernando Figueredo”, septiembre de 1882, cit. por María Luisa García Moreno: José Martí un cubano a prueba de grilletes, Casa Editorial Verde Olivo, La Habana, 2017, p. 11.

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