Cartas de agosto

Por Katiuska Blanco

Con la llegada del correo rebelde, un ser de andar fatigoso y ágil, que lleva los zapatos sin cordones, no se pone medias para caminar interminablemente el lomerío, y narra las historias del “Hombrón” con la frondosidad propia de los montunos, Lina regresa al pasado en intermitencias fugaces y reclina el cuerpo hacia adelante, en el sillón de mimbre.   Considera que su lugar está en el paisaje polvoriento, pedregoso y ondulado, como  una anunciación  de Los  Pinares. Alguien le recomienda marcharse; sin  embargo, a pesar de los reclamos  persistentes para  que viaje a otro lugar, donde no sean tan inminentes los peligros, ella permanece, en pleno tiempo  de guerra, como uno  de los troncos de caguairán, en el firme de lo que fuera la sombra de la casa grande en Birán. Su   apariencia, casi a los 55 años, sigue siendo pujante y resuelta, acentuada por la severidad del luto de sus vestiduras y las dolencias inconfesadas desde que don Ángel murió, en octubre de 1956, con la esperanza de vivir el regreso de sus hijos.   Hoy apenas logra contener  su euforia. La oportunidad de enviar una carta es una bendición de  los  cielos, precisamente en agosto, cuando se cumplen 32 años de aquella madrugada riesgosa y feliz. Dicta las palabras el 7 de agosto de 1958. La voz se detiene a retazos, para deshacer el nudo en la garganta y olvidar los sufrimientos al contar, no sea que sus preocupaciones enturbien la mirada del hijo. El  silencio habita la casa.   Querido e inolvidable hijo:  Ruego a Dios de todo corazón que al recibo de estas líneas y siempre te encuentres gozando de una perfecta salud y que la buena suerte sea como hasta ahora tu eterna e inseparable compañera. Por aquí, todos bien. G.A.D.  Te diré que tu hermano mayor fue a España, por iniciativa propia y voluntaria, yo me alegré mucho con ese viaje ya que ha trabajado mucho en estos años y en realidad necesitaba de ese descanso. Estoy muy contenta porque también Agustinita hizo un viaje muy favorable a Suiza para estudiar un año en un Colegio de ese País, todo esto cotizado por un buen señor que te admira mucho y quiso ayudarla.   Adjunto a esta carta te mando una foto, donde estamos tu hijo y yo, esto fue a principios del mes de Abril que fui a visitarlo, como podrás ver está grandísimo y muy bonito, que Dios quiera tenga tus mismos ideales y tu gran valor.  Tengo siempre muy buenas noticias de mi otro hijo, pues como está más cerca se me facilita mejor que las que recibo de ti.   Todos los días y a todas horas rezo y le pido al Señor porque muy pronto podamos abrazarnos todos juntos y llenos de felicidad, rodeados de la LIBERTAD que tanto amas, al igual que todos los cubanos bien nacidos y que tengan un átomo de grandeza, decoro e idealismo. Toda madre se siente orgullosa de sus hijos aunque éstos no tengan más virtud que la de ser sus hijos y nada más, pero ése no es mi caso, pues tengo en Uds., más que a mis hijos, a los héroes imborrables de toda una juventud  y de todo un pueblo que tiene cifradas sus esperanzas y su fe en aquellos que salieron de mis entrañas y a los cuales vi crecer bajo la mirada que sólo tenemos las madres, hasta llegarse a forjar su propio camino recto y sin manchas y al mismo tiempo, les indicabas a tus hermanos (los cubanos) el único sendero decoroso y firme que sin duda es el que están siguiendo en estos momentos: EL DE LA REVOLUCION LIMPIA Y JUSTICIERA, por eso es que me siento doblemente orgullosa de mis hijos que son Uds.   Te pido de todo corazón que me escribas unas líneas cuando puedas, pues me alegrarán mucho y me darán mucho más valor.  Sin más por el momento, me despido de ti con todo el cariño de una madre que desea verte pronto y que jamás te olvida.  Que Dios te bendiga,  Lina.

La carta llega sin contratiempos y todavía le parece algo sorprendente leer las palabras de su madre. Se acomoda en la ladera de la montaña, guarda los lentes en el bolsillo y apoya la cabeza en un saco de carbón, con el cielo, la exuberancia frondosa de los algarrobos y el canto de los tocororos y zorzales, como cobija del espíritu en la Comandancia de la Plata. Pocos días atrás cumplió 32 años. Por esa fecha, “partió de Las Vegas, en un caballo dorado grande; Celia iba atrás, en una pequeña mula prieta”. Recuerda que durante el recorrido, pensó en todos, especialmente en el  viejo, que vivió los últimos años de su vida pendiente de los noticiarios y atesorando las fotos de sus hijos en el espacio más íntimo de la casa. La intensidad de las últimas semanas apenas le ha permitido descanso, conoce que las jornadas recientes, definen ineludiblemente a favor del Ejército Rebelde, el curso de la guerra. Concluida la contraofensiva rebelde en combates memorables, el pasado día 18, firmó la orden para que Camilo, con una columna de 90 hombres, llevara la guerra a Pinar del Río, y hace apenas 72 horas, asignó a Che la misión de conducir una  columna invasora, integrada por 140 combatientes, hasta Las Villas, territorio donde debía operar, según el plan estratégico del Ejército Rebelde: “batir incesantemente al enemigo en el territorio central de Cuba e interceptar hasta su total paralización el movimiento de tropas enemigas por tierra desde Occidente hasta Oriente”.

Llueve a cántaros en la serranía, mientras medita el plan para sitiar Santiago de Cuba,  los goterones se descuelgan de las guasimillas, cedros, caobas y copales con la misma premura con que se deslizan por los inmensos helechos o los mantos que Celia Esther de los Desamparados sembró en el sendero inclinado y resbaladizo hacia la Cabaña del Comandante, en lo empinado. Los partes meteorológicos anuncian ventiscas, deslizamientos y torrenciales aguaceros.   Siempre, para los momentos más reconfortantes y para los más tristes, reserva el último tabaco en la mochila. Así, consigue soportar la escasez, hasta que llegan buenas o malas noticias. Si se trata de un acontecimiento feliz, lo disfruta sentado en un horcón caído o reclinado en la inclinación de verde húmedo, acogedor. Si llega una noticia dolorosa, la caída en combate de un compañero o un problema grave, entonces se aparta y fuma pensativo su último tabaco.

Ahora siente una sensación especial,  evoca todos los desvelos de su madre, el afán porque estudiara, su apoyo perdurable: las volutas se pierden en el aire. Cuando termina de leer, conmovido, incorpora el torso y levanta una rodilla  para descansar la pequeña libreta de apuntes:

Sierra Maestra.  Agosto 24 de 1958.  Sra. Lina Ruz.  E.S.M.  Querida Madre: Recibí con mucha alegría tu carta y considero una gran cosa la oportunidad de enviarte estas líneas.  Seré breve porque sobre las cosas que podría hablarte habría que escribir mucho o no escribir nada. Tiempo habrá cuando concluya la guerra.   Estoy bien de salud como nunca lo había estado y Raúl lo mismo. Yo puedo comunicarme con él por radio cada vez que quiera, y todo marcha bien.  Sabía ya que Ramón estaba en España y también el viaje de Agustinita. Algún día la familia volverá a reunirse. Puedes mandarme noticias por esta vía y recibir cartas mías con frecuencia. Muchos recuerdos a todos los buenos amigos que no menciono pero a los que siempre recuerdo y recibe tú muchos besos de tu hijo   Fidel.

 

Bibliografía: Cronología del Comandante en Jefe Fidel Castro. Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.

Crónica publicada en el periódico Juventud Rebelde en agosto de 1998

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