Alguien, cuyo rostro ya no distingo, me preguntó que para qué servía el código de ética del periodista. Le respondí que servía para lo mismo que el código de ética de los médicos, o de los abogados y tantos profesionales más. Pero, siguiendo la lógica de la pregunta, le hubiese podido responder preguntando: ¿Y para qué sirven las leyes? Tal vez me habría contestado con esa salida criolla propia de un polemista cuando lo recuestan contra  la pared: Ah, eso es distinto.

Es igual. Porque si las leyes se encargan de ordenar la conducta ciudadana en relación con obligaciones y derechos a escala de la sociedad, tampoco sobran los códigos de ética específicos. Vienen siendo las “leyes” que en ciertos sectores profesionales regulan la conducta del sujeto ante su objeto de atención. Por ejemplo, un médico no debe negar su concurso a un paciente, o diagnosticarlo al descuido. Y no basta con graduarse en medicina para saber cómo comportarse. Podrás concluir estudios con altas notas; mas no es suficiente estar impuesto de que eres apto para aplicar  a un enfermo esta o aquella terapéutica. Si te examinaras la conciencia para precisar si cumples tus obligaciones o las desdeñas en algún momento, habrás de saber  que actuar a favor de la ética o contra esta, no compete solo a tu voluntad o a tu humor. Te obliga el código que, en una instancia inmediata, previa a la intervención de la Ley, rige desde Hipócrates el comportamiento de los médicos.

La ética, sea la pertinente en un ejercicio de índole social o en la relación entre las personas, equivale a una conducta que protege los vínculos de los seres humanos en cualquier situación. Para intentar ser exacto,  me gusta demostrar la necesaria vigencia de la ética con esta especie de apotegma: Existe la ética porque existe el otro. Si no hubiera nadie más, salvo yo, la ética extrema sería el comportamiento conmigo mismo y con el medio donde habito y me sustento. Es, en primer término, una ética natural como el sentido de conservación.

La ética se relaciona con la moral, aunque “ethos”, en griego, haya significado  primigeniamente morada, de lo cual podría desprenderse el concepto de ética porque, sea dicho en lengua de pueblo, la obligación empieza por la casa, el hogar, la morada, espacio que se relaciona con las costumbres. En latín, “mos, moris”  significa también costumbre. Por ello, a veces convertimos sinónimos a ética y moral. Mas, en la evolución de la filosofía, se asignó a cada término una mayor exactitud: la moral nos dicta cómo actuar, y la ética nos define por qué hemos de actuar de esta u otra manera.

Intentando teorizar desde nuestra insuficiencia, empezamos a comprender  por qué  necesitamos el código de ética que rige nuestra actitud y nuestras aptitudes como profesionales de la prensa. No consiste -aunque a veces algunos lo estimen así- en un documento de índole inocua, ornamental. Al contrario, sus definiciones reguladoras son medulares. La práctica lo corrobora: un periodista es él, su persona, más su talento, sus conocimientos, sus experiencias y, sobre todo, su ética. Estableciendo cierta analogía con una frase antigua cuya fuente ahora no voy a nombrar, podríamos preguntar: De qué nos serviría ser inteligentes, cultos y  merecer el reconocimiento de  lectores, oyentes y televidentes, si nos faltara ética, es decir, honradez, solidaridad, bondad, capacidad de respetar a nuestras fuentes y receptores, y si careciéramos de una siempre avizora conciencia de la verdad y la justicia.

No imagino hacia dónde derivaríamos los periodistas cubanos  si, pongamos por caso, no existiera o no respetáramos el artículo siete de nuestro código de Ética. Cito: “El periodista no puede utilizar los medios de comunicación, para desacreditar o difamar a personas e instituciones, ni para exaltar inmerecidamente a personas naturales o jurídicas. No son éticos en el ejercicio de la profesión: el triunfalismo, el hipercriticismo y la manipulación de la información”.

Ahora bien, a consideración del ya inmediato congreso de la UPEC, se presentarán  modificaciones para actualizar el código de Ética. En particular, se proponen nuevos artículos e incisos  acerca de la ética que habremos de guardar en el uso de los medios digitales. ¿Acaso no está nuestra web profanada por insultos, infundios, irresponsabilidad? ¿No estimamos algunos que el anonimato, protegido por nuestros ordenadores, nos autoriza el empleo de valoraciones falsas, juicios inconsistentes, dicterios, descréditos que niegan nuestra condición de periodistas, es decir, de intermediarios entre la noticia, la información y nuestros destinatarios. Un blog personal, sobre todo, solo ha de ser defendido por la ética del periodista.

No dudo de que muchos de nosotros, quizás la mayoría, actuemos dentro de los principios que rigen la condición de periodista. Pero a los demás, esa cifra imprecisable que no cabe en la mayoría, habrá que hacerles recordar que no somos, por tanto, ni corsarios, con patente de corso, ni piratas, con un albedrío tan ancho como el Atlántico.

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