La entrevista, género de mal genio,  puede exponer al periodista ante la posibilidad de quedar varado ante un puente que de súbito se le ha roto alguna columna. También cabría añadir que el entrevistador se arriesga a ser inscrito en la memoria del entrevistado y de los lectores, como una especie de involuntario homicida de sí mismo. Involuntario, digo, porque tal vez el periodista fue demasiado intrépido, o poco autocrítico, o… bueno, en fin, quizás se haya autodesacreditado al desconocer la técnica, la forma y el espíritu de una entrevista de prensa.

Sostengo todo lo dicho, porque en mis 47 años de laborar en periódicos, revistas y emisoras, he aprendido que la calidad de una entrevista depende del que pregunta.  Qué agónicos nos parecen esos intercambios, sobre todo en la llamada entrevista de personalidad o biográfica, que empiezan preguntando: ¿Dónde y cuándo usted nació? Desde luego, habrá momentos en que el entrevistador tenga que inquirir por el lugar y la fecha de nacimiento de su entrevistado, si no lo ha buscado antes en la previa investigación del personaje que aguarda nuestras preguntas. Pero vacío nunca podremos concurrir a una entrevista, es decir, sin conocer detalles del oficio y el beneficio del que habrá de responder.

A veces, por ejemplo, se nos presentan entrevistas a boca de jarro; entrevistas momentáneas; preguntas que se dirigen a este o aquel personaje; interrogantes puntuales sobre cualquier asunto principal en la agenda de los medios, y entonces ya ese encuentro reporteril, será más bien un interrogatorio informativo. No una entrevista. La entrevista es morosa, honda, ambientada, provocativa, definidora…

Pero no escribo para impartir lecciones. Más bien me he propuesto  presentar la lección que el poeta y periodista Waldo Leyva nos da en su libro titulado El otro lado del catalejo. Título llamativo que resalta como el primer acierto de este volumen, publicado por la Editorial Pablo de la Torriente Brau, de la Unión de Periodistas de Cuba.

Como sabemos, el catalejo  posee dos extremos: uno pertenece al que observa y el otro al que es observado. Y por esa razón el título descuella por su exactitud para nombrar un libro de entrevistas. Del lado de allá del catalejo, se presentan nueve personajes de las letras, incluidos el teatro, el periodismo y la crítica de arte

Ya lo adelanté: Cuando se trata de un libro de entrevistas, o de una entrevista sola, el lado más sensible, incluso riesgoso, es el del que busca, elige y pregunta. Porque es el que, a fin de cuentas, escoge al entrevistado, lo interroga, lo evalúa  y selecciona de las respuestas, lo que considera más interesante y útil. Ahora bien, para ir precisando, el riesgo básico del entrevistador, ese peligro que lo coloca al borde del suicidio profesional,  radica en que las preguntas sean tan comunes, tan baladíes que no generen respuestas capaces de atar al lector a cuanto responde el entrevistado.

Pero el lector o la lectora,  según mi criterio, saldrán de este libro enriquecidos al leer el diálogo vivaz y enjundioso que Waldo Leyva sostiene con narradores y poetas, y un poeta crítico de arte, y un actor, también poeta, como Sergio Corrieri, y un periodista.  Fíjense en el nombre algunos de los personajes que atraviesan ese círculo del Infierno del Dante que es el ejercicio de la literatura. Menciono a Jesús Orta Ruiz (el Indio Naborí  que, aunque ya difunto, sigue viviendo en los destellos de bondad solidaria de sus poemas y décimas; también Luis Ortega, afilado periodista cubano que residió en los Estados Unidos por decenios, y vino a Cuba varias veces. También el colombiano Juan Manuel Roca, y otros poetas de América Latina y de España que ustedes deben de averiguar leyendo este libro que les recomiendo.

Salvo Sergio Corrieri, que habla esencialmente de teatro, casi todos los demás responden en esencia sobre literatura y poesía. Y según pasan las páginas vamos aprendiendo del inteligente diálogo desde el lado del catalejo donde se ubica Waldo Leyva, y el extremo donde están los entrevistados. Aprendemos, porque entrevistador y entrevistados se entienden. Hablan el mismo lenguaje culto, sabedores del oficio de conmover y perdurar en un verso o una frase. La literatura los vincula. Y Waldo, poeta, se despoja de su cabellera versificadora, y asume el atuendo inquisitivo del periodista que también es. Y el diálogo toma rutas insospechadas que preparan al lector para aprender o superar lo sabido y juzgar con más certeza las gemas que dimanan del talento y de la vida de creadores de diversos y a veces múltiples géneros o facetas.

En especial, las respuestas acerca de la poesía sobresalen por su interés. Por ejemplo, esta confesión del poeta español Luis García Montero nos obliga a bajar la cabeza y reflexionar: Dice el poeta: “Cuando buscando palabras para explicarte con el otro, llegas a saber cosas de ti que antes te pasaron inadvertidas, por eso entiendo la poesía como un ejercicio de hospitalidad…”.

Estimo muy original el descubrimiento de esa faceta hospitalaria de la poesía. Y abusando de la hospitalidad de Cubaperiodistas, quiero recordar los días de 1986 cuando Waldo Leyva y yo coincidimos, por tiempo breve, en la agencia de noticias Prensa Latina. La tarea le imponía al poeta estar seis horas leyendo cables para luego redactar la versión revolucionaria y cubana de noticias extranjeras. Para mí, que nací a las letras desde el periodismo, no eran tan duras aquellas jornadas jorobados sobre rollos cablegráficos. Para él, sí resultaba arduo. Waldo estaba habituado al ejercicio poético, ejercicio que entraña la reflexión, el silencio, el intercambio, el diálogo, la lectura sistemática. Pero el estoicismo lo  ha caracterizado. Estoicismo que exige escribir y rescribir un poema o una cuartilla tantas veces lo requiera el empeño de  captar exactamente la corriente que fluye y a veces silba o brama en el alma del poeta.

Para terminar, contaré otro momento en que Waldo Leyva y yo confluimos. Al yo nacer estaba cerca de Waldo. Él en el poblado de Remate de Ariosa, y yo en el de General Carrillo, ambos puebluchos separados por tres o cuatro kilómetros, junto a los carriles de la línea Norte, en el municipio de Remedios. Salí de mi madre a aquellos parajes dos años después que Waldo. Y cuando pude respirar, le pregunté a mamá en un vuelo de inspiración geométrica hacia el futuro: Cómo está Waldo. Y me dijo: Muy bien. Ya está escribiendo su primer libro; ya no lo puedes alcanzar.  Y para su honra, hasta hoy Waldo no  ha detenido su quehacer. Ni yo me he podido emparejar a él.

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