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Delarra: el creador del Complejo Escultórico del Che

¿Cómo fue erigido y quiénes participaron?

Además de este conjunto escultórico, Delarra, junto a la terminación de la obra civil y el montaje de las piezas y textos del monumento, hizo otros once (de mediano formato) en cada uno de los pueblos que liberó el Che y sus compañeros durante la campaña de Las Villas, y creó así un sistema de cien kilómetros cuadrados de homenaje.

Esculpir grandes figuras fue uno de los sueños de José Delarra, desde que a sus veinte años tuvo la oportunidad de contemplar la monumentaria europea renacentista y moderna. Un periplo en autostop por las principales ciudades de ese continente, dejó trazas perdurables en su talento creativo.

Pero fue casi un par de décadas más tarde, en 1976, cuando le llegó por primera vez la oportunidad de atizar ese deseo. Con una escultura de Máximo Gómez, de bronce y cuatro metros de alto por tres de ancho, inauguró una de las más prominentes etapas de su vida artística.

En los años anteriores, Delarra estuvo enfrascado en una profusión de labores organizativas de la Cultura en el país. Y, aunque no detuvo su quehacer en la plástica, trabajó fundamentalmente en miniaturas y obras de pequeño y mediano tamaño.

José Delarra (1938’2003) “Él concibió todo el exterior del monumento, incluso las formas que iba a tener la base; no solo los murales y la figura. En este caso, hay un trabajo avanzado del escultor, muy poco frecuente”, aseguró la arquitecta Blanca Hernández..

Personajes históricos y sus proezas fueron una inspiración recurrente para el creador (que también experimentó la escultura y la pintura ambiental), pero entre quienes más llevó a la plastilina, el barro y otros materiales estuvo el Che Guevara, incluso antes de su caída en Bolivia.

El escultor ya había modelado varias veces la imagen del Guerrillero cuando, a mediados de 1982, mientras daba los toques finales a la Plaza de la Patria, en Bayamo, Víctor Bordón (compañero del Che), le hizo llegar la encomienda de hacer un monumento al héroe en la Ciudad de Santa Clara.

Y Delarra, que tantas veces tuvo la oportunidad de observar en Florencia al David de Miguel Ángel Buonarroti, se sintió honrado por el acierto de llegar a esculpir en gran formato la figura de un hombre cuyo espíritu e ideas revolucionarias compartió. Entonces, ya contaba con la experiencia de cuatro grandes monumentos: dos en México, la Plaza de Holguín y la bayamesa.

 

La escultura del Che de cuerpo entero tomó forma pocos meses después en plastilina, en el estudio del artista, en La Habana Vieja; un boceto de mediano formato y 2.25 metros de altura, luego vaciado en yeso. En ejercicio simultáneo, Delarra elaboró una maqueta del futuro monumento.

José Delarra, durante el proceso de vaciado en yeso de la maqueta de la escultura del Che emplazada en Santa Clara, en su estudio de La Habana Vieja. Fines de 1982. (Foto: Archivos del escultor).

Al taller de la calle O´Reilly no faltaron en aquellos días visitas imprescindibles: Ernesto Guevara Linch, Aleida March, y algunos compañeros del Che; entre ellos, Harry Villegas y el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés.

Una nueva etapa, la de esculpir con el mismo material dúctil la figura de 6.80 metros que hoy preside la Plaza, comenzó el nueve de mayo de 1985, en una nave del barrio Manuelita, en las afueras de Santa Clara.

Delarra comenzó a modelar la escultura por la cara”, escribió su esposa Gloria Leal Oliva, con su letra pequeña y diligente, en una libreta de notas donde dejó constancia de numerosos detalles, inéditos hasta ahora. “Trabaja en las manos y el torso. En la cara, falta darle un toque a la nariz y la boca, pues los ojos ya están”.

Días más tarde, apuntó: “A pesar de no estar terminada, la figura ya es una realidad, y parece que camina. Es impresionante y majestuosa. Todos los trabajadores detuvimos nuestra labor para ir a verla. Nos sentimos contentos, aunque Delarra todavía no está satisfecho”.

Primeras fases del modelado de la cara del Che. Escultura de 6.80 metros de altura. Mayo de 1985. (Foto: Archivos del escultor).

Siempre al tanto del resguardo de la memoria, Gloria también plasmó en sus textos que el día 20 del mismo mes se comenzó a vaciar el primer tramo de la escultura y que una semana después quedó totalmente hecho el molde.

“¡Así de intenso fue el trabajo!”, agregó al explicar que el lunes 27, fueron retirados los moldes de la cabeza. En esta labor   ̶ detalla  ̶ están con Delarra Chiquitico, Vikiko, Echemendía, Prado, Machado, Jorge Corrales y Pancho.

Una jornada después, relata que, “al no haber compresor para preparar los moldes, Wichi (el soldador) resolvió el problema con un balón de oxígeno y una manguerita. Después se les untó grasa y ¡a vaciar!”.

Y el 29 de mayo dice: “Se está trabajando duro. Toda-vía quedan los moldes más difíciles porque son los que tienen mayor profundidad. En la mañana se vaciaron 16 y por la tarde 20. La tarea de bajarlos de la figura es más lenta, pues hay que cortar con la antorcha las cabillas que aprisionan al molde”.

Transcurrido un mes, Leal Oliva da cuenta de la unión y retoque de los moldes de la escultura del Che para enviarlos a la fundición de Guanabacoa en huacales.

Fue en aquella nave del barrio Manuelita, donde se ejecutaron todos los objetos escultóricos que hoy componen el Complejo, incluidos los frisos. Las labores comenzaron el nueve de agosto de 1984 y se ex-tendieron 16 largos meses.

Un proyecto y maqueta que incluía las esculturas en la Plaza, el vial, museo, salón de protocolo y centro de información, con memoria descriptiva de los detalles y símbolos, los mismos que estaban en el monumento inaugurado en 1988, había sido presentado por Dela-rra previamente a las autoridades villaclareñas.

La escultura lista para fundir. Al pie, Delarra y Gloria junto a un grupo de trabajadores. (Foto: Archivos del escultor).

El 25 de diciembre de 1985   ̶ escribió el artista en una cronología de fechas y hechos relacionados con la ejecución de dicho monumento ̶  ya estaba concluido todo el trabajo de taller y el proyecto ejecutivo de la obra civil, la escultura del Che lista para fundir y las piezas de relieve fundidas en hormigón. Las letras del monumento se hallaban en Placetas para ser elabora-das con la misma aleación metálica. Faltaba entonces iniciar las construcciones civiles.

Pero el movimiento de tierra en la Loma de la Tenería, el lugar de emplazamiento, no comenzó hasta el seis de abril de 1987, tras un período de aparente calma en el que el artista no cejó en gestiones impulsoras del avance de la obra y en la realización de otros dos de sus grandes monumentos: el dedicado al General Antonio Maceo, en la Finca San Pedro, y la escultura ecuestre de Máximo Gómez, en bronce, emplazada en la Academia de las FAR del mismo nombre. También concluyó el de la Toma del tren blindado, en la propia Villa Clara.

Once meses de ese mismo año costó la fundición de la escultura del Che en bronce, así como su traslado en partes a Santa Clara para su ensamblaje y soldaduras, anotó Delarra en una de sus agendas.  Fue en la fábrica de herrajes del municipio habanero de Guanabacoa. Allí, el periodista Heriberto Rosabal, encontró fortuitamente al escultor, “junto a un grupo de otros obreros”, publica tribuna de La Habana el 8 de abril de 1988.

Y, “digo grupo de otros obreros porque el artista, respondiendo a una de mis preguntas, me dijo:

 ̶ No es que me sienta bien trabajando con ellos, como muchas veces antes ha ocurrido; es que yo también soy un obrero. Además, este tipo de obras no puede hacerlas uno solo.

¿Ni aun Miguel Ángel pudo hacer sus famosas esculturas sin ayuda de otros?, inquirió Rosabal.

̶ Creo que no. Creo que es un mito. La escultura requiere un esfuerzo físico muy grande para una sola persona.

Ese fue el año en que José Delarra llegó a sus cinco décadas de vida y su energía vital le impelía al trabajo constante.  Es bastante probable que no imaginara que su existencia solo se extendería tres lustros más, pero al observar su crecido currículo y la multiplicidad de acciones que desarrollaba al mismo tiempo, puede evocarse a un hombre de gran fuerza creativa movido por un talento impetuoso.

Quizás así pueda explicarse cómo el escultor, junto a la terminación de la obra civil y el montaje de las pie-zas y textos del monumento, pudo hacer además otros once (de mediano formato) en cada uno de los pueblos que liberó el Che y sus compañeros durante la campa-ña de Las Villas, y crear, de ese modo, un sistema de cien kilómetros cuadrados de homenaje.

Versado en la ejecución de monumentos de grandes dimensiones, José Delarra siempre concedió gran importancia al equipo multidisciplinario asociado a estos proyectos. Y, asimismo ponderó e hizo manifestaciones de reconocimiento sobre el trabajo de sus integrantes.

Lo confirma Blanca Hernández, arquitecta, cercana colaboradora del escultor, entre agosto de 1984 y diciembre de 1988, quien entregó a este trabajo todos sus conocimientos y esfuerzos. Llegó cuando ya había sido decidida la zona de emplazamiento, la construcción de la Plaza y de la avenida de los desfiles. Y Delarra ya estaba modelando la figura en plastilina en el taller de Manuelita.  Entre ambos   ̶ asegura  ̶ siempre hubo una relación de respeto mutuo.

̶ Como arquitecta decidí aceptar el desafío de hacer edificable el proyecto que él había ideado, y nunca me he arrepentido, dice Blanca sin sueños frustrados ni aprensiones que la inquieten.

Idea original del escultor del complejo escultórico al Che en Santa Clara. Cortesía de Blanca Hernández.

“Él concibió todo el exterior del monumento, incluso las formas que iba a tener la base; no solo los murales y la figura. En este caso, hay un trabajo avanzado del escultor, muy poco frecuente.

“Acordamos que yo laboraría en el taller de Manuelita, para facilitar el intercambio entre los dos. Allí permanecí desde los primeros días de noviembre de 1984 hasta la mitad de enero del siguiente año. Me creó un espacio dentro de la nave y recibí de sus manos una maqueta de madera, pequeña, con escalonamientos, elaborada por él y también unos dibujos que hizo del proyecto. Además, tenía entonces un criterio de la dimensión que quería darle a la obra.

Como a los quince días, llevé conmigo a Abilio Martín, ingeniero estructural, quien realizó todos los cálculos, añade Blanca. “Al pasar del tiempo, fue premiada la combinación constructiva que creamos entre los dos. Y se halla entre las siete mejores obras de ingeniería en Villa Clara”.

Cuenta la arquitecta que en aquella etapa ella le hizo a Delarra algunas propuestas de cambios que él aceptó. La primera, elevar la base del terreno para ventilar las locaciones de abajo (el museo y la sala de protocolo) y retirar hacia el interior las vigas y estructuras de esta. Otras dos fueron: añadir el pretil que rodea al monumento para dar unidad a la base y tapar la estructura y, además, agregar una tercera escalera en la parte de atrás, que da acceso al monumento y al actual Memorial.

“Luego le planteé la idea de reducir la base del monumento, pero él no estuvo de acuerdo”. Posteriormente, el proyecto sufrió otras variaciones a partir de decisiones directivas: la disminución de la altura del pedestal (de 18 a 10 metros), la eliminación de una torre y del poliedro” (esfera de tres metros de diámetro que giraría sobre su eje); sin contar que en sus orígenes se contempló la posibilidad de colocar la escultura en la Loma del Capiro y de hacer un parque en vez de una plaza, dada las características del terreno.

En cuanto al área de la Plaza, agrega Blanca, Delarra había previsto una dimensión general de ese espacio y algunas características, pero el proyecto arquitectónico fue diseñado por Jorge Cao, de la EMPROY 9. Y el escultor estuvo de acuerdo con dicha propuesta.

Seis años de labor intensa y de tensiones concluyeron el 28 de diciembre de 1988, con la inauguración hace casi 30 años del entonces llamado Conjunto Monumentario, hoy Complejo Escultórico Comandante Ernesto Che Guevara.

Ochenta cumpliría José Delarra en esta tercera década de su obra mayor: no solo en dimensiones, sino en trascendencia. Un monumento que tuvo en sus orígenes numerosos fustigantes de índole gremial, y que todavía padece, con marcada recurrencia, de omisiones mediáticas en relación a su autoría, entre otros descuidos y miradas encogidas.

El 15 de julio de 1988 la figura de bronce fue emplazada en su pedestal. (Foto: Cortesía de Blanca Hernández).

Y puede ser lícito este parpadeo de larga pertinacia, si de discernimientos estéticos o preferencias creativas se trata. Lo cierto es que Delarra obró al héroe universal en su existencia imperecedera, más allá de conceptualismos y miradas prejuiciosas, en una imagen vital del David de los pensamientos progresistas del mundo.

Además, la oportunidad de poner en ese lugar de memoria los restos del Che y sus compañeros (casi diez años después de su inauguración), dio total sentido a todo aquel trabajo de seis años, dijo el escultor al periodista Carlos Rafael Jimenez, de Radio Rebelde.

La obra, sin embargo, también trasciende por sus valores artísticos. Como monumento a un personaje histórico, esta escultura del Che es atrevida. Su presentación es informal: tiene el brazo enyesado y un gesto del andar cotidiano. Se torna mística debido al trata-miento del modelado, que exhibe un cierto estilo expresionista, apreciable desde varios ángulos; y por el alma que le puso el artista. Al observarse desde abajo, parece que al mismo tiempo levita y se conecta con la realidad. La proyección de la escultura en el espacio trasmite una fuerza y energía que cautiva. Su factura no es, en consecuencia, portadora del realismo frío de una estatua conmemorativa, como algunos han querido estigmatizarla.

El Memorial, sitio donde desde 1997 reposan los restos de los guerrilleros, tomó su área de aquel enorme salón de protocolo concebido en la segunda fase del proyecto presentado por el escultor.

Los arquitectos Blanca Hernández y Jorge Cao fueron los proyectistas de la nueva ocupación del espacio; Delarra concordó con el planteo y, además, modeló los 38 rostros de los héroes que están en los nichos, aun-que no estaba previsto en la concepción de dichos especialistas. También diseñó los osarios que se hallan en el interior de los mismos.

Desde aquellos días en que se les llamó a requisar sus estantes hogareños en busca de cualquier objeto de bronce que pudieran donar para fundir la imagen tridimensional del Guerrillero, hasta las horas de trabajo voluntario que muchos entregaron en los predios de la Loma de la Tenería, saben los santaclareños que esta obra, en buena medida, les pertenece. No fue casual entonces que, el 15 de julio de 1988, cuando la escultura del Che en bronce, de 20 toneladas de peso, fue subida a su pedestal, mientras Delarra velaba en la cima por su asiento preciso en cuatro pernos, se aglomeraran allí, sin previa concertación o cita.

Son pasajes inolvidables de los que Tom (José Antonio López Godoy), el fotógrafo del Poder Popular, desde el helicóptero, el andamio o el piso, no perdió un detalle en los más de 70 meses que duró el proceso. Ese día, también tomó instantáneas memorables, como hizo en tantas ocasiones. Por eso, en las últimas horas de 1988, Delarra le escribió estas palabras:

“El cariño más duradero nace con el trabajo, con el bregar cotidiano, con el desinterés. Tú, dueño de to-das estas cosas y algunas más, nos obligas a tenerte siempre presente en cada foto que merece un comentario por su calidad y por la anécdota de lo que aquel u otro día aconteció y cuánto reímos o cuanta preocupación nos causó a todos la posibilidad del fracaso. Creo que lo más importante que hemos realizado no es solo que las obras sean más bellas o no, sino que al fin las realizamos y han sido aceptadas por el pueblo. Tú has dejado constancia con tu cámara, con tu trabajo y tu paciencia, pero lo que no has podido fotografiar es cuánto te queremos Gloria y yo”.

Testimonio gráfico invaluable (y desconocido para muchos) el que dejó Tom, aquel hombre de baja esta-tura y sencillez profusa, para que esa historia pudiera ser contada con la fuerza de la fotografía. El escultor las agrupó todas en un álbum de gran grosor y tamaño que no se halla dónde debe: en el Complejo Escultórico Comandante Ernesto Che Guevara, en Santa Clara. Porque de allí es patrimonio documental.

Una reciente restauración del monumento no pudo contar con la mirada celosa de su creador, fallecido hace 14 años. Pero, en el desarrollo del proceso tecnológico ejecutado, la dirección del lugar y otros implicados del territorio, defendieron la permanencia de las manchas verdes que el bronce, por su oxidación, ha provocado en las losas de Jaimanitas, cubierta del pedestal. Entre esas personas, estuvo Blanca:

̶ Delarra las simbolizó como las raíces que está echan-do el Che en la Ciudad de Santa Clara y hemos hecho nuestra esa dilucidación del escultor.

La restauración. (Foto: Cortesía de Michael Diegman).

Preservar las huellas del metal sobre la piedra fue una labor ardua, cuentan los que allí estuvieron. Más fácil hubiera sido quitarlas, aseguran.

Pero, ¿quién y por qué hizo esta restauración?  Las respuestas llegan de su protagonista, el alemán Michael Diegman, propietario y presidente de MD Pro-jektmanagement GmbH, quien ha realizado varios trabajos en la Isla; entre ellos en la Catedral de La Habana y en el Capitolio. Y también en Santiago de Cuba.

Michael, con su habitual pantalón blanco y pulóver azul, al pie de las paredes del Palacio de los Capitanes Generales, en La Habana Vieja, donde dirige una limpieza de la piedra, explica:

̶ Fui de visita al Monumento del Che en Santa Clara y vi cuanto necesitaba de una restauración de alta calidad, especialidad a la que me dedico.

Entonces propuso hacer el trabajo y asumir todos los gastos de materiales, herramientas y mano de obra, ascendiente a unos 70 mil euros, informa Sofía Martínez, de la dirección de Inversiones de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Un mes de labor intensa, de-volvió al conjunto la esplendidez de sus primeros tiempos.

̶ Con agua y arena de vidrio a presión quitamos toda la suciedad de los últimos treinta años en bajos relieves y jardineras. Luego hicimos una restauración y completamiento de diferentes morteros que habían sufrido pérdidas con materiales muy parecidos a todo el sistema de piedra existente en el lugar. Asimismo, limpiamos las letras y las superficies que las soportan. Después, para quitar la corrosión y la suciedad de la escultura del Che, utilizamos arena de vidrio y poca presión, nunca abrasivos ni decapantes. Conservamos así el color verde sin brillo, propio del metal envejecido. Al final, le aplicamos cera micro cristalina, un protectivo que permitirá mantener el efecto de la limpieza realizada.

̶ Y, ¿por qué lo hizo?

̶ En agradecimiento por la vida del Che, por lo que él hizo por Cuba. Él era un extranjero como yo y vivió como un cubano. El Che para mí significa muchas cosas. Y también lo hice por Fidel. Yo soy un fanático de Fidel y el Che era su amigo, dijo Michael con su español dificultoso, pero en claras palabras.

Por su parte, Dignober Nogueras, restaurador de la Oficina del Historiador de La Habana, quien formó parte del equipo encabezado por Diegman, añadió que en la parte del friso donde está la ruta de la invasión que condujo el Che, había partes en que la conjunción del metal, el hormigón y la piedra provocó importantes rupturas. “Tuvimos que pegar los pedazos y anclarlos sobre la misma base de hormigón. Fue como una especie de rompecabezas”. También, agregó, le dimos tratamiento e impermeabilizantes a la base donde descansa la escultura del Che para que no continuaran las filtraciones hacia el interior del pedestal e incrementamos el número de pernos que sujetan la figura.

El Complejo Escultórico dedicado al Che, según expresión de Blanca Hernández, ha colocado a Santa Clara en el mapa del mundo. Y, tanto es así que, desde 1988 hasta julio de 2017, cuatro millones setecientos treinta y cinco mil, ochocientas personas (4735800) estuvieron en el lugar.

 

Esta foto fue hecha el 28 de diciembre de 1984. En ella Blanca Hernández explica, la forma y estructura que iban a darle al monumento, a través de una maqueta que hizo para estudiarlo. Aunque Delarra no sale en la imagen también estaba allí. (Foto: Cortesía de Blanca Hernández)

A partir de que fueron depositados en el Memorial los restos del Che y sus compañeros, hubo quienes comenzaron a traer objetos (entre ellos, un pañuelo de las madres de la Plaza de Mayo y las llaves de un ex recluso de las cárceles de Pinochet). A la colección que hoy existe la han denominado Colección Tributo.

Ha sido un modo de honrar al Che, desde la experiencia de otras vidas. Porque es este un lugar de memoria. Un monumento evocador del pensamiento y la acción del héroe. No un mausoleo. Aunque en sus podios se hallen los restos de un hombre excepcional y de sus compañeros de la guerrilla boliviana.

El arte de esculpir y sus nexos

Una escultura como la del Che, emplazada en Santa Clara, conlleva un proceso tecnológico impresionante. Primero se requiere de una armazón metálica sobre la cual es colocada la plastilina en trozos, de modo que, una vez adherida a la estructura, pueda ser moldeada sin caerse. Después que el artista modela la figura, se le hace un molde de yeso. Posteriormente, a través del vaciado de este con el mismo material, es obtenida la imagen en positivo. En el desarrollo de las dos últimas fases, es preciso dividir la escultura en partes. Luego, para fundirla en bronce, el positivo de yeso es vaciado con arena, también en fracciones. Sobre estas piezas se aplica la aleación metálica. A base de soldaduras, en un trabajo integrado entre el artista y los obreros, es conseguida la recomposición de la escultura.

En el proceso del modelado un elemento esencial es conseguir llevar la figura de la maqueta al tamaño final, en este caso de 2.20 a 6.80 metros, Delarra aplicaba en estos trabajos el sistema de puntos utilizado por los escarpelinos para tallar en mármol, aprendido por el artista en Europa. Él adaptó la técnica a las condiciones y visiones propias. Creaba una estructura con mediciones en 3D, consistente en un esqueleto metálico rectangular, escalado, que colocaba alrededor de la maqueta. Asimismo, ubicaba otra de estas en el espacio donde se levantaría la escultura de tamaño definitivo. Dicho método le permitía reproducir las proporciones de la pequeña en la grande. (Versión de una publicación en Bohemia).

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