Escuchaba por azar un diálogo entre dos consumidores de los llamados “paquetes” digitales, de los que de alguna forma, totales, parciales, selectivos, ocasionales o potenciales, somos todos los que disponemos de los medios apropiados de reproducción. Una le recomendaba y ofrecía a otro para que lo copiase y viese un buen elaborado filme inspirado en una verídica gesta latinoamericana frente a poderes extranjeros de sometimiento. Su reticente e huidizo interlocutor, terminó rechazando la propuesta, alegando que se trataba de una cinta “muy politizada”, y que en su lugar prefería “entretenerse” con “refrescantes” seriales de intrigas provenientes de la establecida y exitosa fábrica hollywoodense de ensueños.

Aunque en efecto, según la vieja máxima popular de que “para gustos los colores…”, de respeto a las libres elecciones individuales en múltiples ámbitos de la vida, ello no quita inevitables preguntas reflexivas tales como si acaso puede creerse que tales producciones audiovisuales de considerables preferencias sean políticamente asépticas, o distracción químicamente pura, capaces de lograr una “desconexión” de las tensiones del mundo real.

Vana ilusión esta última si todo productor mediático para destinos masivos explícita o implícitamente intenta desde una asunción o referencia ideológica y un intencionado punto de vista político una representación de un modo de vida social determinado recurriendo al despliegue de sus correspondientes valores y símbolos.

Por cierto que de cuanto llega de fuentes foráneas no siempre consiste en seriales que nos inciten a movilizar la bienvenida inteligencia espectadora para advertir las tramposas sutilezas distorsionadoras de las verdades históricas presuntamente reflejada en capítulos de ficción.

Peor aún, abundan bastante las propuestas maniqueas en las que la siniestra Agencia de Inteligencia (CIA) de repugnante trayectoria aparece como la encarnación del bien universal y salvadora de la humanidad frente a una temible amenaza islámica sin clara frontera entre terroristas y pacíficos creyentes, o una reactivada guerra fría de nueva factura en la que Washington combate gloriosamente a su caprichosa lista de ejes de mal, con Rusia a la cabeza, y por supuesto integrada por Irán, Siria, Corea del norte y hasta la Venezuela bolivariana, sin dejar fuera de refilón a la resistente Cuba.

Hace tiempo escuché de un autorizado comentarista del cine el concepto de la “consciente anulación de la inverosimilitud” para explicar lo que entendí como un tácito pacto del espectador para disfrutar solo durante el tiempo estricto de proyección que dure, una trama exageradamente fantástica.

Pero parece improbable que semejante mecanismo de corta aceptación convencional funcione en ofertas audiovisuales de prolongada continuidad llamadas cual gota que erosiona rocas, a dejar más huellas perdurables en las mentes receptoras, bajo la mano maestra experta de una industria del espectáculo demasiado posicionada y de momento sin una mejor alternativa que la oponga en cantidad.

Conste que en estos casos que siempre el sentido común me libre de clamar por la falsa salida de la censura y las prohibiciones que oscurecen el fértil ejercicio de sacar propias conclusiones. Eso sí comparto con quienes abogan por una educación desde temprano en la lectura de los medios de comunicación, para poder identificar el zumo del aroma, el trasfondo de lo aparente, lo falso de lo relativamente cierto, en un disfrute crítico inteligente en lugar de convertirnos en mansos tragadores de una papilla ideológica de fascinante factura.

¿Quién dice que los buscados seriales son apolíticos, nada más que entretenimiento?

Tomado de Cubadebate

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