Por Patricia María Guerra Soriano, estudiante de primer año de Periodismo.

Antonio y Ernesto son hermanos. Son hermanos aunque ochenta y tres años sea la diferencia entre sus edades. Son hermanos porque nunca dos personas se parecieron tanto sin que la genética influyera.

La historia presintió aquella similitud e hizo que el 14 de junio Mariana Grajales y Celia de la Serna dieran a luz. La historia hizo coincidir días, para que, quizás curiosos o cronistas no dejen escapar este detalle y vean a Antonio y a Ernesto como dos figuras convergentes.

Pero la historia fue aún más lúcida cuando decidió que no nacieran el mismo año, ni el mismo siglo, porque entendió que el siglo XIX necesitaría de uno y que el XX necesitaría del otro; porque entendió que dos personas iguales no pueden coincidir en el tiempo.

Así, hasta Providencia y Rosario tienen otro motivo para saludarse. La primera es la calle santiaguera que vio nacer al hermano mayor. La segunda es la provincia argentina que vio nacer al hermano menor.

Y es que, Antonio y Ernesto son de los aferrados, son de los que persiguen credos, de los que no demoran para decir verdades, de los que hablan con la  mirada y se  vuelcan para encontrar en la acción el momento inmarcesible, de los que llevan el fuego sin necesidad de antorchas, porque ellos son antorchas. Porque más que titanes y quijotes hay en ellos un sublime misterio que les permite ser lo que siempre quisieron: hermanos y hermanos del pueblo. (Publicado en El Artemiseño).

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