Era un hombre sencillo que “solía pasarse la mañana de domingo en el Museo del Prado, con sus pisos crujientes y su silencio oloroso a cera… recogía impresiones en apuntes morosos –evidentes ejercicios de un criterio que buscaba las razones de su gusto… “, apuntó Jorge Mañach en la biografía del Apóstol.

Martí entendía el arte como sustento para la cultura y el espíritu. Virtud. Triunfo. “La forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario”, una herramienta capaz de preservar naciones.

Tuvo un acercamiento a la creación desde temprana edad. No olvidemos que ingresa en la clase de Dibujo Elemental en la escuela profesional de pintura y escultura San Alejandro. Además, tras su primera deportación a España, se gradúa de licenciado en Derecho Civil y en Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza.

Luego de viajar por Europa, se instala en México. Por esos años, dos pintores, con los que entabló amistad, enriquecen su acervo sobre la pintura moderna: el español Pablo Gonzalvo y el mexicano Manuel Ocaranza.

Fue en México donde se inició como crítico de arte, en la Revista Universal. Tenía solo 22 años. Hoy sus consideraciones son de obligado estudio cuando se analiza la pintura mexicana del siglo XIX.

En su segunda deportación viaja nuevamente a España y a París. En 1880 radica en Nueva York. El semanario The Hour, le encomienda la crítica, ya que recién llegaba de Francia, la capital mundial del arte y estaba nutrido de las novísimas tendencias.

Desde 1875, hasta un periodo cercano a su muerte, no deja de ejercer juicio sobre el arte de distintas regiones a ambos lados del Atlántico en publicaciones periódicas, en apuntes, en cartas y discursos. Escribió sobre música, teatro, pintura y literatura.

Basaba su crítica en la impresión de la obra sobre los sentidos y el método. No rebuscaba elogios. Establecía comparaciones entre artistas, entre piezas; construía preguntas retóricas para enfatizar las ideas, a modo de coloquio; describía imágenes para que el lector las viviese.

Asumió el rol participante del crítico como conductor de los procesos culturales y del gusto estético. Una cuestión importante: llamó a la necesaria consolidación del arte nacional, desde una perspectiva americanista.

Específicamente, de su mirada al arte cubano, podemos mencionar algunos ejemplos:

Publicó más de 30 artículos sobre escritores, en su mayoría poetas, aunque abordó también libros históricos, testimoniales y científicos.

Realzó la música del matancero José White (en la Revista Universal, México, 1875); del compositor, pianista y profesor Nicolás Ruiz Espadero (en Nueva York, 1891); de Emilio Agramonte (en Patria, 1892); y de la Escuela de Ópera y Oratorio que fundara en Nueva York (en Patria, 1893).

Sobre el teatro refirió (en Patria, 1892) que debía alimentarse de nuestra rica historia, no imitar y representar lo foráneo proveniente de la metrópoli.

Destaquemos que ni uno solo de esos artículos fue escrito en Cuba; pero Cuba corría en el cristal de tinta que reprodujo cada palabra. Así era Martí, profundamente autóctono, pendiente del contexto de la nación, aún lejos de ella.

Pensaba la crítica como un ejercicio del criterio; y al crítico como “un hombre de peso, capaz de fallar contra sí mismo”, que debe “ver y deducir; debe analizar, resumir, explicar y adivinar”.

Hizo de la palabra poesía, por la riqueza del lenguaje, la fuerza y concisión del pensamiento. Bordaba con lirismo sus valoraciones, en una gramática colmada de tropos. Creía que educar el gusto y decir la verdad era servir mejor a la Patria. Por eso, fue agudo en los juicios, honesto y generoso en la mayoría de los casos (sobre todo al referirse a la literatura).

Parafraseando al Apóstol, diría de su obra crítica que son no pocas sus páginas, todas de oro.

Por Yanetsy Ariste/Tomado de El Guerrillero

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