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Gabriel Molina Franchossi: Un cubano de Fidel Castro

Entrevista a Gabriel Molina, Premio Nacional de Periodismo “José Martí”

Gabriel Molina está escribiendo un libro sobre el asesinato de Kennedy, a partir de conocimientos sobre el tema.

Premio Nacional de Periodismo “José Martí”, Molina integra la serie audiovisual que comenzó a grabarse recientemente para dignificar la labor de los periodistas cubanos, que este año celebran su X Congreso. La producción corre a cargo de jóvenes egresados de la Facultad de Comunicación Audiovisual de la Universidad de las Artes y es fruto de la colaboración entre la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

Por su pasión beisbolera pudo apercibirse con hondura de la sociedad en que vivía, cuando sus aspiraciones deportivas se vieron atrapadas entre prejuicios de origen racial y clasista; aunque mucho antes, desde que era un niño, también supo del oficio periodístico y del desarrollo de habilidades precursoras en el terreno de las letras. Porque ambas apetencias, y sus destellos (de herencia paterna), robaron los sueños juveniles de Gabriel Molina Franchossi, un hombre que igual palpita ante la lectura de una buena entrevista que ante una anotación de carrera de su equipo preferido en la pelota.

Hijo de periodista, de un reportero que cubría el Ministerio de Hacienda para una emisora radial, y que fue corrector de pruebas en el diario El País durante más de 25 años, Gabriel (de igual nombre que su progenitor), leía textos de importancia a su padre con el afán de ayudarle en sus labores. Más tarde aprendió a trabajar sobre otros materiales.

Pero, en realidad, en ese tiempo su gran atracción era el béisbol. “Fue la época de oro de peloteros tan versátiles y admirados como Martín Dihigo, lanzador de los leones del Club Habana”, cuenta mientras dibuja una sonrisa en su semblante.

Me gustaba jugar en el cuadro y también lanzar. Los azules, alacranes, eran sus eternos rivales y también los míos.

En la Academia de La Salle, donde estudiaba, le daban mucha importancia al deporte, y entre el tercer y sexto grados Gabriel desarrolló esa inclinación. Durante los dos últimos cursos jugaba también con los del año superior. Luego, cuando ingresó en el bachillerato en La Salle del Vedado, su principal motivación fue el interés que en la instalación educacional le daban al deporte.

—Participaba en campeonatos intercolegiales, sobre todo en baloncesto y béisbol. Allí contaban con el mejor entrenador de la época: Sungo Carreras (ex jugador profesional) y su ayudante, el no menos exigente, Moro Medinilla.  También antes, como alumno de La Salle de la Habana en sexto grado, era el único de su curso en jugar regularmente con el equipo de béisbol de primer año de comercio.

Pero ese universo comenzó a desmoronarse, a partir de roces que tuvo el manager del equipo del colegio Trelles con Gabriel en las competencias entre escuelas. “Era el padre de uno de los jugadores, y este señor me tenía ojeriza”. Ya en La Salle del Vedado (donde matriculó con mayor sacrificio de sus padres), en el primer año de Bachillerato, no fue seleccionado para integrar el equipo de menores de 15, “porque había gente que jugaba mejor”. En el segundo, sin embargo, es escogido en esa misma categoría, temprana condición que casi le aseguraba estar en la nómina de menores de 18 en los tres siguientes campeonatos.

—Pero el personaje de Trelles, quien se dirigía a su hijo en inglés, no podía perdonarme que lo hubiera puesto en ridículo en un juego y dijo en una reunión de la liga que La Salle se había fortalecido mucho porque contaba con varios jugadores de la Escuela de La Habana. No era mi caso. Yo estaba allí porque como todo el mundo pagaba las altas mensualidades. El colegio no aceptó los argumentos de Trelles, pero no hubo deporte colegial ese año.  Así que, descorazonado, y sin consultar a nadie, decidí abandonar la escuela al terminar el curso. Convencí a mi padre de que no podía seguir y él no se opuso.

Durante la grabación de la entrevista audiovisual. En primer plano, Daniela Muñoz Barroso, la realizadora de la serie.

—Es seguro que el manager de la Trelles había actuado de acuerdo a sus ideas racistas y de segregación social. Porque realmente pesaban demasiado las diferencias entre los más ricos, que pertenecían al Vedado Tennis Club o al Miramar Yatch Club y estudiantes como yo, casi podíamos entrar al terreno de béisbol, pero no al club.

Tras su resolución, Gabriel matriculó en el Instituto de La Habana. Pero ese año tampoco hubo deporte en dicho centro, porque los funcionarios de Educación de entonces se robaban los fondos escolares.

— No pude jugar béisbol. Creo que no hubo más deporte en los Institutos hasta después de la Revolución. Y pienso que todas estas realidades contribuyeron a mi maduración política. Cuando estaba en el quinto curso del bachillerato, Batista dio el golpe de estado. Entonces imprimimos proclamas y las tiramos desde las ventanas del Instituto a las calles. Vino la policía y ya de noche nos fuimos para la Universidad, porque todavía el dictador no se había consolidado, y allí se concentraron los estudiantes de la Colina y de todas las escuelas secundarias.

—En el local de la FEU estaban los dirigentes en plena discusión. No podíamos entrar. Decían que iban a ir a ofrecerle al Presidente Prío Socarrás que se mantuviese peleando con el pueblo y los estudiantes. Pero Prío huyó y se frustró la defensa. Regresamos a casa y en largo tiempo mucha gente se quedó decepcionada.

—Durante los años posteriores, me dediqué a mis responsabilidades laborales y a la carrera de Derecho, que había iniciado al finalizar el bachillerato. Luego comprendí que tal vez fue apresurado dejar La Salle, pero hice bien.

De regreso a la lucha contra Batista, Gabriel pudo mantener su empleo un tiempo, hasta que lo dejaron cesante en el Ministerio de Justicia y se quedó estudiando en la Universidad y, a la vez, Periodismo.

—Además de las proclamas, editamos un periódico revolucionario en la Escuela de Derecho, que titulamos La Hoja, con René Anillo, Guillermo Jiménez, Osmel Francis, Blas Arrechea, José Gabriel Gumá, entre otros. Me ligué sobre todo con los compañeros del Directorio Revolucionario, quienes no dejaban de hacer cosas importantes.

—A la mayor parte nos orientaban esperar a que avisaran para las acciones. Y también, que fuéramos al lugar donde se produjeran los hechos. Recuerdo una especie de aguardo por armas en la calle Lindero y también un intento de atentado a Batista por la avenida Línea. Yo participé en protestas y manifestaciones, pero trataba de no aparecer para mantener algunos trabajos que ya realizaba en centros periodísticos.

—El día del Asalto al Palacio Presidencial, fui para allí cuando supe del hecho,  pero la policía no dejaba llegar a nadie, ni allí ni a la Universidad. Como es sabido, habían matado a José Antonio, y un mes después, en abril 20, asesinaron al segundo presidente de la FEU y a otros dirigentes: Fructuoso, Machadito, Carbó Serbiá. Al único que no conocía de ese grupo era a Joe Westbrook.

La persecución se hizo más intensa. Gabriel fue fichado y advertido en varias ocasiones. Seguía en el periodismo y trabajaba en el Canal 13 de televisión (a color y solo de informaciones), con Agustín Tamargo, director periodístico. “Pumarejo era el dueño; la iniciativa había sido suya y fue muy adelantada para la época”. Después se supo que lo hizo con dinero de Batista.

—El día que se inauguran el hotel Habana Hilton y el Canal 13, la policía me hizo la segunda o tercera advertencia, me dijeron que sabían en lo que yo estaba. A los pocos días me cogieron preso y me metieron en la Décima Estación. Allí estuve varias semanas, a mediados de 1958, en días cercanos al 26 de julio.

—A mi padre y a mí nos prendieron juntos, pero a él lo soltaron y a mí me dejaron preso y, aunque no me golpearon ni me torturaron, no me liberaban. Él era el Secretario del Colegio Provincial de Periodistas de La Habana, quien firmaba, junto al Decano, Jorge Quintana, muchas de las denuncias contra el gobierno de Batista. De modo que, cuando un esbirro llamado Miguelito, El Niño, me identificó, porque estuvo infiltrado en la Universidad, y me insultó y amenazó con torturarme, al llegar ante el jefe de la Décima Estación, que era el capitán Mata, este último le ordenó que me dejara.

—Entonces me habían propuesto soltarme si me iba del país y yo me negué. Pero tras más de un mes preso me di cuenta de que estar allí el 26 de julio iba a ser muy peligroso para mi seguridad personal; en un final podría regresar a Cuba clandestino.

A España llegó con una carta que lo acreditaba como corresponsal de la revista Bohemia e hizo un par de trabajos que le ayudaron a mantenerse. Pero más que ejercer el periodismo, su pensamiento constante era el de participar en la Revolución.

—Me sentía muy mal, quería regresar a Cuba. Enseguida localicé a los compañeros del Directorio. Algunos de ellos ya me conocían. Me integré a los grupos revolucionarios y trabajé todo el tiempo con ellos y algo como periodista. Estuve menos de un año en Madrid y no me moví de la ciudad.

—El 31 de diciembre de 1958, los exiliados del Directorio que estábamos en ese país, acordamos regresar a la lucha, pues la agencia de prensa UPI daba por aniquilada a la Revolución. Los dirigentes de la célula del Directorio Revolucionario, que nos habíamos reunido para celebrar la proximidad del triunfo, perdimos el ánimo y esa noche tomamos la firme decisión de volver a Cuba.

—A la mañana siguiente, cerca de las seis, uno de mis compañeros me telefoneó y me dijo que Batista se había marchado. Lo insulté y le colgué porque creí que era una broma de mal gusto. Pero me volvió a llamar y me convenció.

¿Qué hacer entonces? Con Gerald Simon, el jefe de la célula del Directorio, el grupo acordó tomar la embajada cubana por la fuerza. Pero no hizo falta. “Cuando llegamos allí, junto con los compañeros del M-26-7, ya estaba vacía y se habían llevado los valores. Organizamos en ese momento una conga que iría hasta la Gran Vía de Madrid y también turnos de guardia para custodiar el inmueble noche y día.

—Yo me quedé en la embajada como encargado de prensa. Convocamos a una conferencia con los medios para rechazar la campaña que ya habían orquestado en España y en el resto del mundo por los fusilamientos de los esbirros. Hablaron los representantes del Directorio y del M-267. La tercera noche de las guardias, me tocó el turno, y entró una llamada que habíamos pedido hacer a Cuba desde el primer día. Esa madrugada hablé con Faure Chomón.

Es febrero de 1959 Gabriel Molina recibe otra importante llamada telefónica desde la Isla. Le habló Guillermo Jimenez, quien había sido Secretario General del Directorio Revolucionario cuando en 1957 Faure tuvo que irse clandestino para Miami. Que regresase enseguida, fue el pedido, pues la organización iba a crear un periódico diario.

—Asumí la jefatura de redacción y de información, había trabajado en el Directorio Revolucionario, siempre con Jimenito. Me ocupaba de la propaganda y otros temas, entonces hicimos varios números de Al Combate clandestino.  Ese mismo mes de febrero de 1959 regresé de España a organizar el periódico del Directorio con Jiménez en la Subdirección. Se llamó Combate.

—Esta fue una aventura, porque todos éramos jóvenes. Pero la Revolución nos daba mucho ímpetu para el trabajo periodístico y para tratar de arreglar el país. Y ya sabes, fue una época muy bella. Estábamos llenos de buenas intenciones y planes emotivos.

¿Cuál fue el momento más importante de esa época? Conocer a Fidel, al Che y a Raúl, se pregunta y responde Gabriel con la ecuanimidad de sus palabras, que mantiene hasta en los momentos más inquietantes de su narración. Al instante explica que existían entonces tres organizaciones: el Movimiento 26 de Julio, el Directorio Revolucionario y el Partido Comunista, constitutivas de la dirección de la Revolución.

—Como militante del Directorio desde que estudiaba en la Universidad, tuve la primera oportunidad en mi vida de poder trabajar por los ideales de progreso que ya tenía y mantengo. Fue como cristalizar aquellos propósitos. Solidifiqué mi formación en esas prácticas.

Entrevista al Che, publicada en el periódico Combate, 10 de junio de 1959.

—¿Fue la época en que entrevistó al Che?

—Sí, fue en junio de 1959. Es uno de los más importantes sucesos de mi vida. Imagínate, no solamente por la clase de dirigente y revolucionario que era Che, sino también por lo puntilloso.  Jiménez la organizó.

—El móvil de la entrevista era que el Che hablara de la Revolución en medio de una polémica que hubo entonces en el país. Se hacían críticas a los comunistas por sus errores y también por puro anticomunismo, y algunas gentes no querían que estuviesen dentro de la Revolución, pero esos pensaban más bien como anticomunistas. El Che, que estaba por la unidad, me hizo declaraciones significativas que destacamos en un cintillo de la primera página de Combate.

Y a los pocos días, cuenta Gabriel, estando en Prensa Latina —de donde también soy fundador (como de la revista Opina)—, de repente sale el Che de la oficina de Masetti y me dice amenazante:

— Molina, te voy a entrar a tiros.

La redacción aquella se paralizó, rememora. “Ni el teclear sobre las máquinas se sentía; era verdaderamente impresionante el silencio que siguió a la voz inconfundible del Che Guevara. Acerté a preguntar por qué me amenazaba.

—Por esa entrevista que publicaste en el diario, respondió.

—Bueno, yo publiqué lo que usted me dijo, añadí lo más tranquilo que pude.

—Pero la destacaste mucho. Te voy a entrar a tiros por eso que me hiciste, alegó con tono menos agresivo mientras caminaba hacia mí y yo hacia él.

—Bueno, ¿qué culpa tengo yo de que lo usted diga sea noticia de cintillo?

—Era broma, era broma, me dijo ya sonriente mientras me pasaba el brazo por el hombro.

Y durante aquellos años, cada vez que el Che veía a Gabriel, le hablaba en broma. Por eso no le creyó cuando en junio o julio de 1963 le anunció, sin preámbulos, que iría de corresponsal de Prensa Latina para Argelia, en el aeropuerto, cuando llegó con Boumediene a La Habana. Entonces el periodista le respondió:

—Yo estoy muy bien aquí.

Zafra de 1970.

Días después, también en el aeropuerto, Fidel llama a Gabriel, le presenta al vicepresidente del país del norte de África, y le dice que Molina iba a ser el nuevo corresponsal[i] de Prensa Latina en Argel.

—Ahí es donde yo me doy cuenta de que cuando el Che me había dicho que me iba para Argelia y creí que bromeaba, era en serio. Y en una semana, más o menos, salí para allá.

Con aquella presentación su labor resultó ser muy grata en la nación árabe. Tenía acceso a las informaciones, facilidad para llegar al Presidente Ben Bella, al vicepresidente Boumediene a quienes ya conocía. Y muy pronto al canciller Bouteflika, a cualquiera de los dirigentes o al pueblo argelino.

—Tuve que desarrollar el francés a toda velocidad, el cual me gustó desde que me enseñaron sólo a pronunciarlo en La Salle; en esa escuela aprendí el inglés con las clases que recibía y llegué a dominarlo bastante. Cuando arribé a Argelia en septiembre de1963 me vi obligado a despedir, por oportunista, al traductor de francés que había, un marroquí contratado por Angel Boan, mi antecesor. Pero el trabajo allí fue muy fácil porque, además, el embajador, el Comandante Jorge Serguera era mi amigo. Y como profesional, creo que en Argelia me acabé de graduar.

Fue el momento, explica Gabriel, en que ya estaban cocinando una agresión contra ese país. El presidente Ben Bella, Boumedienne y Bouterflika le pidieron ayuda a Fidel, en octubre de1963, mientras él afrontaba al ciclón Flora y sus consecuencias: más de mil quinientos muertos. El Rey de Marruecos quería arrebatar a Argelia su territorio sahariano rico en hierro y petróleo y la nación solo tenía un ejército guerrillero, carecía de armamento para contrarrestar una agresión de esa naturaleza, de guerra frontal.

En entrevista con Fidel.

—Y Fidel, fíjate qué clase de hombre era Fidel, que, en ese momento, en el que incluso estuvo a punto de ahogarse, dijo que para Argelia lo que pidieran. Fue Raúl quien recibió la noticia de que los argelinos necesitaban ayuda y tomó inmediatamente un helicóptero para trasmitirle el mensaje a Fidel.

—Esa misma noche Raúl comenzó a seleccionar a los oficiales que irían a defender a Argelia. Nombra como jefes a importantes comandantes, entre ellos Efigenio Ameijeiras, Flavio Bravo y Ulises Rosales del Toro, héroes de Girón, quienes llegan a Argel antes de una semana y la tropa antes de tres.

—Desembarcaron abiertamente por Orán, y cuando el rey Hassan II supo de la llegada de esa fuerza cubana, allí mismo terminó la guerra. Posteriormente los marroquíes devolvieron las tierras ocupadas y después de enseñar a los argelinos el uso de la técnica militar que también les fue donada, la tropa regresó a Cuba.

Gabriel Molina Franchossi conoció a Fidel Castro en la primera celebración del aniversario del Ataque al Palacio, en marzo de 1959. En los primeros años de la Revolución, el líder iba a la Universidad a hablar con los estudiantes cada vez que tenía alguna cosa que discutir o que informar al pueblo. “Quienes lo escuchaban eran estudiantes, como yo, prácticamente. Pero fue el momento en que comencé a preparar versiones de sus palabras, se las enviaba y él las devolvía para publicar con sus arreglos”.

—Así dimos en el periódico Hoy varios ‘palos periodísticos’, hasta que el propio Fidel empezó a llevarme con él a distintos lugares. Estuvimos, por ejemplo, en 1963, en la entonces provincia de Oriente donde él se preguntaba cómo resolver el problema de la falta de agua. Fue cuando inició el programa de las presas y del sistema hidráulico. Luego Raúl completó esa obra con los trasvases, que han podido vencer largos períodos de sequía…

Con García Márquez y Marta Rojas.

—En aquella época usted conoció a Gabriel García Márquez y, por supuesto, a Jorge Ricardo Masetti, que dirigía Prensa Latina. 

—Sí, son dos gigantes del periodismo latinoamericano y mundial. García Márquez también fue fundador de Prensa Latina. Trabajábamos allí como redactores. Ellos dos vinieron, y nos hicimos muy amigos aquí en La Habana, y nació un aprecio muy fuerte.

—Éramos un grupo de jóvenes periodistas cubanos, entre ellos Ricardo Sáenz, Juan Marrero, Joaquín Oramas y Marta Rojas, muy ligados a Masetti, quienes después, casi siempre que García Márquez venía a Cuba, nos poníamos de acuerdo y nos íbamos a algún restaurante. Discutíamos mucho sobre los asuntos de Cuba. Era realmente muy agradable poder intercambiar ideas con una persona como él que, además, tenía una gran ligazón con Fidel. Era un todo revolucionario.

— ¿Una anécdota sobre el Gabo? Estábamos él y yo solos en 2006, el día que se pensaba que Fidel no sobreviviría a la gravedad. Nos reunimos para hablar de su trabajo en Prensa Latina, a fin de incluirlo en mi libro. Tuve que desistir, pues él no podía coordinar nada. Estaba desesperado por no poder evitar la posible muerte de Fidel. No quisiera ni acordarme. Yo primero no me había percatado.  Fue sencillamente impresionante. Felices nos sentimos porque superó la crisis en aquella ocasión.

Preguntarle a Gabriel Molina qué es para él periodismo resulta casi redundante. Pero de este tipo de demanda muchas veces nacen respuestas insospechadas, o al menos ideas resumidas.

En el primer viaje de Fidel a la URSS,1963: con Fidel, Mikoyan, Jruschov, Brejnev, Aragonés, Escalona y Raúl León

—El periodismo es mi vida realmente. Yo nací, me crié y me desarrollé como periodista, como cubano, como revolucionario y como miembro de esta gran idea que ha sido el desarrollo de la Revolución en Cuba. Desde esa trinchera he vivido, padecido y honrado. He vivido, que es lo más importante.

Veinte y siete años como director del periódico Granma Internacional, adonde llegó por unos días, son testimonio de su constancia y profesionalidad. Lo reafirma Anne Marie García, su esposa. Ella se graduó en Francia, su país natal, de lengua española y vino a buscar trabajo a Cuba. Lo obtuvo como traductora en el semanario donde trabajaba Gabriel. Y luego, se hizo periodista de deportes.

— ¿Desde cuándo están juntos?

—Desde 1988, responde ella. Y añade:

—Gabriel es el sol de mi vida. Siempre piensa en positivo. Todo lo que soy es gracias a él: aprendí a ser periodista y a escribir mis trabajos también en español. Nunca es pesimista. En el 2011, se enfermó y estuvo 18 días ingresado grave en una pequeña ciudad de Francia, quería volver a Cuba y se quitaba los sueros para irse. No le podían administrar sedantes y los médicos un día lo tuvieron que amarrar. Él quería soltarse y gritaba: “A un cubano de Fidel Castro nadie lo amarra”. Y así lo llamaron allí, el cubano de Fidel Castro. Luego me confesó: “Ana Maria, yo nunca pensé que iba a morir”.

[i] Ángel Boan, el corresponsal precedente en Argelia, a quien se consideraba el mejor de Prensa Latina, había fallecido allí en un accidente, durante la primera visita de Che a Argelia

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