Ah, el ruido. El ruido también se emplea como arma de guerra. Alejandro Magno a veces venció en una faena bélica golpeando el tambor de Queronea, cuero enorme que al estallar en medio de alaridos, sorprendía e inmovilizaba al enemigo. Y sin que me acusen de mezclar magnitudes incompatibles, cierta crítica de hoy, particularmente en nuestra blogosfera, aturde porque se caracteriza por la estridencia, que en términos estilísticos se refiere a la brusquedad de las palabras y al tremendismo del tono. Crítica, en fin, que se concreta en acusación o denuncia insultante.

Sin apretar las analogías, parece que aún  perdura la tradición decimonónica del periodismo vargasvilesco,  calificativo que sirve para nombrar la retórica del denuesto, uno de cuyos exponentes fue el colombiano José María Vargas Vila.  ¿Qué comparación propondríamos para definir a esta crítica, o crítruca, pensada desde el escozor de la frustración? Quizás sea el sable mellado de la lucha romántica contra militares convertido en tiranos, o contra licenciados y doctores en ademán dictatorial. O más contemporáneamente, tal vez sea un lanzallamas que calcina aquello mismo que procura mejorar.

La contradicción, pues, huele a bilis, porque esta cierta crítica se escribe o se habla como desahogo, como catarsis explosiva. Admito que la estridencia, esto es, la negación, la intransigencia, el insulto  expuestos en un artículo presenta un atractivo. Los  lectores, en medio de una circunstancia social que  no se explican, probablemente se compensen  cuando lean o vean que cuanto sufren recibe los efectos restallantes del tambor de la ira. Qué alivio. Y cuánto valor ha tenido ese periodista, o ese que ha escrito maldiciendo lo que a nosotros nos daña.

Vistas así las cosas, habría que preguntar para qué otra función sirve  la retórica del insulto y la negación. ¿Acaso ayuda a comprender la realidad o en cambio colabora a que se deteriore más?  Poco útil resultaría un análisis que no tenga en cuenta los diversos factores que determinan un problema, o que niegue pontificalmente competencia “a otros” para resolverlo. Concluyendo, además de atizar el encono y prodigar el desahogo por ósmosis, qué beneficio produciría una crítica contra la rigidez, articulada con rigidez y encono. La disyuntiva, a mi parecer, se reduciría por consiguiente a una opción: periodismo equilibrado o periodismo colérico. Más apegados a la teoría, podemos expresarla como una oposición: periodismo estridente versus periodismo sugerente.

Quizás sea atinado empezar aceptando que lo que distingue u opone entre sí  a la estridencia y a la sugerencia no es la forma. Porque la forma es el contenido, y el contenido, la forma,  por obra de una mediación dialéctica muy conocida. Y periodismo estridente y periodismo sugerente se diferencian, incluso se oponen, por las intenciones con que se cristaliza el cómo de un determinado qué. Como vimos, la estridencia escancia el licor del odio, la soberbia, la petulancia, entre otros elementos que podrían incluir al oportunismo político. Tiende a rebajar, dañar, desacreditar. La sugerencia, en cambio, analiza a la redonda, juzga lo que ve junto con lo que permanezca entre sombras, juzga mediante argumentos, y  propone sin disponer.

Al fin de los tiempos, qué llevó al notario de la historia el periodismo estridente de Hispanoamérica, incluida Cuba. Alma Guillermo Prieto, la reconocida periodista mexicana, que también estudió danza en Cuba, respondería: Nos legó el ruido y el escándalo. Por mi parte, yo diría que su opuesto, el periodismo sugerente, inscribirá el equilibrio, la explicación multilateral, y la crítica que, sin zaherir, razona y evidencia los errores.

Desde luego, lo dicho es sólo una sugerencia.

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