Conocí a Dario Mogno en 1990 cuando asistió al Primer Encuentro Iberoamericano de Historietas, cita a la que vino también, sino me equivoco, Alberto Breccia, argentino, uno de los historietistas más trascendentes del siglo XX y amigo del filósofo italiano por estudios.

Ese sería su primer viaje por la historieta cubana, ya había estado en la isla por asuntos de su editorial, dedicada a las ciencias médicas. Luego hubo muchas más visitas, incluso algunas dos veces al año, una de ellas con  Nicola, su hijo más pequeño, entonces un adolescente que lo preguntaba todo, como su padre.

En lo personal cada visita de Darío era un reto a mis conocimientos filosóficos, de cine, a mi pericia culinaria y a mi capacidad para beber Havana Club. Y también (en los noventa) cuando era fumadora empedernida, tener cigarros por unos cuantos días.

Jamás olvido una jornada que él quiso hacer unos espaguetis al dente y echaba tanta pasta de tomate, que yo me decía “madre mía, con eso yo cocino un mes”, mientras mi anciana madre pasaba y señalaba con las manos “aquel despilfarro”. Nosotros vivíamos la crisis económica más aguda y Dario más Franco, su amigo que a veces lo acompañó, eran representantes del país padre de las pastas ¿cómo no las iban a cocinar con lo que llevaba?

O en uno de sus primeros viajes que mi hermana Irma y yo “tiramos la casa por la ventana”, en pleno periodo especial, cuando una libra de cerdo valía 120 pesos y luego de alabar el asado y los frijoles, me comentó que lo que más a él le gustaba del cerdo eran las patas: “ Licia (su esposa) y yo las cocinamos con sal y nada más y así lo comemos”…. (Si yo lo hubiera sabido.)

Pongo estos ejemplo para hablar ante todo del amigo: un hombre culto, inteligente, generoso, solidario y enamorado totalmente del comic desde que era un niño, y que luego hizo una obra titánica por los muñequitos cubanos, de hecho llegó a tener la colección más completa de comics antillano y los colocó en el ciberespacio.

Pero Darío por sus amigos hizo más: sin herirlos en su orgullo les regalaba tal vez un pomo de aceitunas o un jabón especial, medicamentos, y que decir de las cenas en las que él participaba y llegaba con Habana club, refrescos, en fin un hombre de gustos refinados y con un poder de observación increíble. Se dio cuenta de cómo me gusta sazonar con ajo y me trajo un  aparatico, que aún conservo, para “machacar” esa especie indispensable en la comida criolla. O una vez se apareció con unos jabones que nombré en medio de una conversación.

Franco decía que cuando Darío llegaba a Cuba las comisuras de sus labios se inclinaban hacia arriba y cuando se iba, era al revés porque aquí era feliz entre rones, chistes y muchos comics, pero también porque fue un fundador. Lo fue del Primer Encuentro Iberoamericano de Historietas y de la Revista Latinoamericana de Estudios sobre la Historieta. Precisamente sobre este medio en el 2001 le dijo a la periodista Laura Vázquez : “Reza el editorial del primer número de la revista, aparecido en abril de 2001: “La información y el análisis de la producción de historietas en los países de América Latina resultan escasas y fragmentarias –excepto en Argentina, Brasil y México–, hasta inexistentes o de todas formas no emergentes más allá de los confines nacionales. La Revista Latinoamericana de Estudios sobre la Historieta nace con el intento de rellenar esta laguna, promoviendo el estudio de la historieta en América Latina en todas sus características y bajo el más amplio espectro de análisis (histórico, artístico, sociológico, semiológico, etcétera) y la circulación a nivel internacional de los resultados de estos estudios.”

Y agrega “La revista se dio vida en 2001, en Cuba. Para aclarar estos motivos circunstanciales tenemos que hacer no uno, sino dos pasos atrás y remontar a 1986, cuando, después de casi veinte años que en Cuba no se habían publicado revistas totalmente dedicadas a la historieta, por iniciativa de la Editorial Pablo de la Torriente se crean tres de ellas: un tabloide quincenal, un mensual y un trimestral… y varias colecciones de álbumes monográficos. Acogidas con entusiasmo por un público en crisis de abstinencia, las publicaciones de la Editorial Pablo de la Torriente tuvieron un éxito excepcional, con ejemplares que en los quioscos se agotaban en pocos días. La aparición de las revistas no sólo ofrecen, finalmente, un espacio estable donde pueden publicar los pocos historietistas históricos, que con entusiasmo retoman en mano lápices y pinceles, sino también estimulan y determinan el acercamiento a la historieta de numerosos jóvenes dibujantes y escritores, y además involucran a destacados ilustradores y pintores. Los años siguientes se caracterizan por una tumultuosa producción historietística que, a pesar de su desorden y de fuertes desniveles cualitativos, revela y promete grandes posibilidades de desarrollo futuro.”

Sobre ese vínculo institucional dijo “Los dirigentes de la Editorial Pablo de la Torriente en febrero de 1990 organizan en La Habana el 1º Encuentro Iberoamericano de Historietistas. En el encuentro participan una centena de historietistas cubanos que tienen finalmente la posibilidad de intercambiar experiencias con colegas argentinos, mexicanos, peruanos, costarricenses, españoles: fue un éxito, y una experiencia muy prometedora. Pero atrás de la esquina estaba en acecho un acontecimiento histórico que metería de rodillas la economía cubana, y con ella la exaltadora experiencia historietística cubana: el derrumbe de los países socialistas del este europeo.

Víctima del treintañal bloqueo económico estadounidense, la economía cubana estaba en amplia medida dependiente de las relaciones privilegiadas con la URSS y los demás países socialistas. La caída de estos países determinó una gravísima crisis de la economía de la isla, y una de sus primeras manifestaciones fueron los drásticos cortes impuestos a la prensa. Numerosos periódicos y revistas desaparecieron, los pocos que se mantuvieron en vida vieron sus follajes severamente reducidos. Entre los primeros a desaparecer fueron las publicaciones de la Editorial Pablo de la Torriente, cuyos últimos números salieron en junio de  1990… pocos meses después de aquel febrero que había estado tan lleno de esperanzas y promesas.

Había empezado el “período especial”, que habría llegado a sus momentos más ásperos entre 1993 y 1994. La Editorial Pablo de la Torriente de todas formas no renunció a los Encuentros, que puntualmente siguieron a organizarse con la prevista periodicidad bienal. La desaparición de las publicaciones de historieta dejó sin trabajo al amplio grupo de dibujantes y guionistas que se había venido formando durante los años anteriores: algunos de ellos se dedicaron así a actividades afines como la caricatura personal, la pintura o la cerámica para el mercado turístico, otros cambiaron radicalmente trabajo, otros se fueron del país. Los encuentros que se sucedieron en aquellos años vieron así una participación cubana siempre más modesta, mientras continuidad a la iniciativa no lograban asegurarla tampoco los extranjeros que, ellos también afectados por serios problemas económicos, no lograban participar en más de una edición de los Encuentros.”

Puntualiza: “La revista no puede contar con ningún tipo de financiación. Su creación, en condiciones que cualquiera persona razonable consideraría imposibles, se debe a la férrea voluntad y al incansable activismo de Irma Armas, entonces directora de la Editorial Pablo de la Torriente, la misma que, a pesar de la dificilísima situación económica del período, nunca quiso renunciar a llevar adelante la iniciativa de los bienales encuentros internacionales. Estas dificultades económicas no resienten poco. Para contener al máximo los costos, ella se imprime con una máquina que no permite una reproducción adecuada de los medios tonos. No sólo esto, a menudo los números de la revista, aunque cerrados puntualmente, se imprimen después con retrasos a veces de meses por la ocasional falta de papel o de tinta…”.

Por esa actitud ante Cuba, la historieta y su posición de defensa de este país, la Unión de Periodistas de Cuba le confirió hace unos cuantos años  la distinción Félix Elmusa, un buen pretexto el día del acto  para una respetable ingestión de Habana Club.

Ese es el hombre que murió el jueves 17, por un cáncer de páncreas. Tenía uno de próstata desde un tiempo atrás, pero siempre que lo llamé era el mismo optimista de siempre. La historieta cubana ha perdido su más ferviente guardián, Cuba un defensor y yo un amigo. A partir de ahora no recibiré un correo diciéndome que lo que escribí “no está a la altura con la  que casi siempre vuelas”, o que sí, que le gustó.

Este mensaje es del 26 de noviembre del 2016, a la una de la mañana, el sabía lo que significaba Fidel para mi  “Querida Paquita, Te llegue la expresión de mi pésame por la desaparición de la gran guía del movimiento revolucionario. Un abrazo. Dario”. Ese era, es, mi amigo Dario.

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