Hace 123 años, cayó en combate en Dos Ríos el más universal de los cubanos, José Martí. Todos los homenajes y tributos en su honra son pocos.

El día 18 de mayo, al campamento donde había quedado José Martí, por la tarde llegaron Bartolomé Masó y un nutrido grupo de 300 jinetes. Martí escribió a Gómez, a primera hora de la mañana, para informarle que se trasladaban a Las Bijas, campamento de las fuerzas de Masó, situado al otro lado del Contramaestre.

A media mañana del 19 de mayo, llegaron Gómez y sus hombres a Las Bijas, y poco antes del mediodía, una columna española avanzó sobre el lugar. Los mambises salieron a combatir; pero el adversario, bien posicionado, recibió a la caballería insurrecta con un nutrido fuego.

Martí, desoyendo las indicaciones de Gómez, se incorporó, resuelto, al combate, y avanzó hacia el enemigo, seguido por el jovencito Ángel de la Guardia. Su inexperiencia en aquellas lides no le permitió comprender que marchaba justo hacia el centro del fuego español: atravesó el Contramaestre por el paso de Santa Úrsula y cayó en tierra cubana, entre un dagame y un fustete, en la finca Dos Ríos. Recibió tres heridas, dos de ellas mortales: en el cuello y en el pecho. Su cuerpo no pudo ser rescatado y quedó en poder del enemigo; pero justo en el sitio donde se produjo su caída en combate, Gómez y los patriotas que lo acompañaban crearon con piedras un túmulo en su honor, similar al que acostumbran a hacer los indígenas latinoamericanos.

El cadáver de José Martí fue sepultado sin ataúd, con el de un soldado hispano encima y luego de que los españoles lo saquearan, en el poblado de Remanganagua, adonde había arribado la fuerza de José Ximénez Sandoval. Una vez que los colonialistas comprobaron la jerarquía del fallecido, sus restos fueron exhumados, colocados en un ataúd y exhibidos públicamente, como un trofeo, en la estación de San Luis, desde donde se le trasladaría a Santiago de Cuba. El 26 de mayo, llegó su cadáver a Santiago y, el 27, ocho días después de su caída en combate, se le dio sepultura en el nicho 134 de la Galería Sur, de la necrópolis de Santa Ifigenia.

Como su deber le mandaba, José Martí se había lanzado al combate y había caído de cara al sol. Quien levantó la guerra necesaria “para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la república norteamericana”,1 no podía permanecer impasible ante el fuego de la lucha. Estaba convencido de que era “tarea de grandes”2 y se sentía grande, inmenso en su amor a la Patria y su disposición al sacrificio.

Ya lo había dicho en su carta inconclusa del 18 de mayo, considerada su testamento político: “[…] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.3

De ese modo, hace 123 años, cayó en combate el más universal de los cubanos. Hombre de extraordinaria inteligencia pudo saltar por sobre los límites que le trazaba su humilde cuna le trazaba y adquirir una vasta cultura. Sus dotes creadoras lo convirtieron en un singular escritor y periodista, que colaboró con las publicaciones más importantes de su tiempo y cultivó casi todos los géneros literarios. Su profundo amor a la niñez le llevó a crear La Edad de Oro, que a pesar de los años transcurridos sigue siendo paradigma de literatura para niños. Su facilidad de palabra y su don de gentes lo transformaron en un excelente orador, cuyo verbo apasionado arrastraba y conquistaba multitudes para la causa de la independencia. Su amor infinito y desinteresado a la patria, su entrega y abnegación sin límites hicieron de José Martí el artífice de la guerra necesaria; el delegado del Partido Revolucionario Cubano, que forjó la unión entre los heroicos guerreros del 68 y los “pinos nuevos”; el mayor general del Ejército Libertador, que, en plena manigua, escribió importantes circulares que definieron el carácter de la Guerra de Independencia; el soldado mambí que cayó en combate en la flor de  la vida, pero de cara al sol, como quería. Ese 19 de mayo, José Martí abandonó su envoltura humana y se convirtió en nuestra conciencia.

Con su muerte, perdía Cuba al más lúcido de sus hijos, al combatiente, al organizador, al político, al maestro, al escritor, al periodista, al hombre culto y capaz que había echado sobre sus hombros la guerra necesaria y calado, como nadie, en la esencia rapaz del imperialismo norteamericano.

 

Notas

1 José Martí: “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, Patria, 17 de abril de 1894, en Obras completas, t. 3, Centro de Estudios Martianos, Colección digital, La Habana, 2007, p. 143.

2 Ibídem.

3 José Martí: “A Manuel Mercado”, en Obras completas, t. 4, ob. cit., pp. 167-170.

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