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Perfecto Romero: “Yo no sabía lo que era ser un corresponsal de guerra”

Entrevista con el fotorreportero Perfecto Romero Ramírez, Premio Nacional de Periodismo “José Martí”

Perfecto Romero: “He ido a las escuelas a dar conferencias sobre la Revolución y les he mostrado mis fotos a los niños y a los jóvenes, porque es importante que ellos conozcan a quienes vivieron otros momentos que yo también viví, que sepan a través de mis fotos las grandes cosas que hicieron esas personas”

El fotorreportero Perfecto Romero Ramírez, Premio Nacional de Periodismo “José Martí”, integra la serie audiovisual que comenzó a grabarse recientemente para dignificar la labor de los periodistas cubanos, que este año celebran su X Congreso. La producción corre a cargo de jóvenes egresados de la FAMCA y es fruto de la colaboración entre la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS).

—Soy hijo de campesinos. Yo nunca he olvidado mi origen.

—Mi papá, Rafael Romero Rodríguez, era hijo de vascos. Sus padres murieron muy jóvenes y los tres hermanos se quedaron solos. Él tendría alrededor de seis años, Arquina ocho y Perfecto, el mayor, unos diez.

—Mi mamá, María Ramírez Cardoso, venía de un hogar más numeroso. Trece hermanos: dos hembras y once varones. Era hija de mambises. Su papá tenía una especie de hospital de campaña para atender a los heridos en una prefectura, en un lugar apartado cerca de Camajuaní. Los españoles nunca habían podido entrar allá, pero los voluntarios lo consiguieron y se llevaron a toda la familia para el pueblo de Falcón, cuando la reconcentración de Valeriano Weyler. Sus once hermanos varones murieron de cólera en los barracones. Mi mamá fue una de las supervivientes de todo aquello. Vivió 96 años y nunca se cortó el pelo. Y mi abuela, ciento dos.

—María y Rafael, mis padres, se casaron a principios del siglo XX. Ella con dieciséis y él con diecinueve. Tuvieron catorce hijos. Trabajaban en fincas de otros porque no tenían tierra, y cuando lograban los cultivos, los animales y todo, venían los dueños y nos echaban. Así pasó varias veces. Hasta que nos fuimos para Falcón y luego para La Esperanza, cerca de Santa Clara. Después nos desalojaron de nuevo y volvimos para Falcón. Entonces mi papá se puso de vendedor ambulante de productos del campo, con dos bestias…

—Mi tío, el hermano de mi papá, Perfecto Romero Rodríguez, se fue con Maceo a los doce años. Maceo lo rechazó porque era un niño todavía, pero tuvo que dejarlo porque se le aparecía allí a cada rato. Y en las cargas al machete se amarraba al caballo por las piernas, porque no le llegaban al estribo. Luego terminó la guerra como capitán, y se quedó en el ejército que se creó en aquella época.

—Por él me llamaron Perfecto, Perfecto Romero Ramírez, aunque mi madre quería ponerme Sergio. Nací en 1936, en la finca La Sierrita, en las estribaciones del Escambray, donde nace el río Sagua La Chica.

Con el equipo de filmación de la entrevista audiovisual. En primer plano, la realizadora de la serie, Daniela Muñoz Barroso.

Delante de las cámaras, sentado en un taburete, en un salón del quincenal humorístico P’alante, abigarrado de murales que exhiben fotos o portadas de la publicación, y donde el aliento se retuerce por la agitación de los ácaros emergidos de pliegos viejos, Perfecto Romero habla con fluidez, en voz baja, y la mirada, casi siempre, perdida en el tiempo.

Su memoria, guarda muchos detalles. Y puesto a pensar en el pasado todo le viene a la mente con lúcida claridad. Recuerda que a los siete años iba a la escuela, pero era muy travieso y se escapaba. Entonces su padre se lo llevó con él, durante un año, para acondicionar una finca (heredada por su hermana Arquina), muy cerca de Santa Clara, a la que más tarde se mudó también el resto de la familia.

—En esa época, trabajaba casi como un hombre: ayudaba a recoger los huevos de las gallinas, a darle comida a los animales, en la casa y un poco en el campo. Luego, asentados en la finca nueva, todos los niños empezamos a ir a la escuela. Pero la maestra asistía solo una o dos veces por semana. Y yo no pude aprender mucho. Y cuando nos desalojaron otra vez, que nos mudamos para Cabaiguán, me fui a limpiar zapatos, descalzo y vestido como quiera. Y un día, mientras daba brillo a los del maestro Acosta, me preguntó si iba a la escuela.  Le dije que no, y me respondió que me llegara por la noche a su casa y que ya después veríamos cómo le pagaba. Era una buena persona, era socialista. Me dio clases de historia, de matemática, entre otras cosas. Y bueno, aprendí algo.

—¿Qué cómo llegué a la fotografía? ¡Uff! Primero hice muchas cosas. Trabajé cinco años en un taller de chapistería como aprendiz. Allí di mucha lija, y solo me pagaban dos pesos a la semana. Le dije al dueño que necesitaba un mejor sueldo, pero me mandó para la casa hasta nuevo aviso (todavía no me ha llamado). Luego fui para Santa Clara y trabajé en otra chapistería por quince pesos. Después, en Cabaiguán, aprendí sastrería: corté guayaberas y pantalones. Y por una pesadilla fue que aterricé en la fotografía. Porque ya venía pensando en ella, pero no tenía cámara.

Quien por primera vez le habló de ese oficio fue un compañero del Movimiento 26 de Julio, cuando Perfecto se vio obligado a regresar a Cabaiguán, bajo la alerta de los revolucionarios de que mejor no se quedara en Santa Clara. Porque, además, pertenecía a la Juventud Ortodoxa.

—Y bueno, una noche salí y sonaron algunos tiros; la situación con Batista estaba en su punto. Regresé como a las doce y mi mamá me esperaba. Cuando me dormí soñé que la policía estaba registrando la casa, los veía ahí caminando, buscando en los techos y en todos los rinconcitos. Y eso fue tremendo. Me desperté a eso de las tres de la mañana y fui a ayudar a mi hermano en un negocio de distribución de pan que tenía. Por la mañana, le conté mi sueño al zapatero de la esquina, y me dijo: “juega el 251”. No tenía mucho dinero, pero jugué algo y salió en el primer premio de la Lotería Nacional. Y el lunes le dije al fotógrafo amigo mío: “Vamos a comprar una cámara”. Fue una Bessa, alemana, que todavía conservo, y algunos equipos de fotografía. Aprendí enseguida a manejarla: a la siguiente semana tiramos fotos en un baile, después en cumpleaños y donde fuera posible. Tenía que buscar dinero. Así me fui enamorando de la fotografía.

Fidel en la graduación de los primeros jefes de la Milicia, 1960. (Foto de Perfecto Romero).

A los 22 años, en octubre de 1958, Perfecto Romero Ramírez se fue a la guerra; se incorporó a las tropas del Che en el Escambray, poco antes de la Batalla de Santa Clara. Para presentarse ante el comandante guerrillero, solo llevaba su cámara; la primera que tuvo. Cargó con ella porque como era fotógrafo ambulante, si en el camino lo cogía la Guardia Rural podía decir que estaba tirando fotos, “un cuento de esos que me creé en la cabeza”.

—Entonces vivía en Cabaiguán y desde allí hay una conexión por carretera hasta la zona donde estaba el Che. En el viaje, la primera parada fue en Santa Lucía, donde había una avanzada Rebelde. Allí conocí al Isleño, Manuel Hernández, y a Pombo. Aquello fue terrible porque hubo un bombardeo tremendo. Y yo solo había visto ametrallar y caer bombas en el cine. Pero hice mis primeras fotos de la guerra. Y, por la tarde me fui en un jeep para Manacas.

—Nos bajamos cerca de un bodegón cerrado. En una de las esquinas estaba un hombre sentado fumándose un tabaco. “Mira, ese que está ahí es el Che, vete a hablar con él”, indicó la persona que nos llevó. Y, uno a uno, fuimos pasando los del grupo. A todos les dijo que salieran a buscar las armas. Solo uno iba preparado. Cuando me tocó a mí, me saludó, me miró de arriba a abajo, y a media sonrisa me dijo:

—¿Y dónde está tu fusil?

—No, yo no traigo fusil

—¿Y tú vienes a la guerra desarmado? Aquí hay que venir con un fusil ¿Qué traes en el hombro?

—Una cámara fotográfica.

Campamento Leoncio Vidal, Santa Clara, 30 de diciembre de 1958 (Foto de Perfecto Romero, una de las que entregó a José Delarra).

Y cuenta Perfecto que entonces el Che la quiso ver, y que empezó a hablarle de fotografía, de cuando en México había vivido de la fotografía.

—Quiero hacer un periódico, van a traer una imprenta. Vete a ver a Olo Pantoja y busquen dónde poner un cuarto oscuro, para revelar e imprimir, porque aquí vienen los fotógrafos de la prensa, tiran sus fotos y se van, y yo no he visto ninguna todavía.

Así Perfecto y Olo descubrieron que, en una escuela, convertida en clínica de primeros auxilios, había un espacio apropiado para hacer el cuarto oscuro, porque tenía una sola puerta. Y con quinientos pesos en el bolsillo partió el fotógrafo esa misma tarde, casi al anochecer, en un jeep para Sancti Spíritus, donde miembros del Movimiento 26 de Julio se ocuparon de gestionar algunos de los medios requeridos para el montaje del aposento fotográfico.

—Dos días después vinieron con dos lamparitas y unas cubetas, pero no consiguieron la ampliadora. Volví al Escambray y le mostré a Olo lo que había podido traer, y le devolví los quinientos pesos. Entonces, ya se estaba preparando el ataque a Fomento; era noviembre. Y esa misma tarde salimos a cortar la línea de ferrocarril sobre el puente del río Calabazas, con Silva, Olo Pantoja y San Luis. Ese día hice las fotos de la preparación del sabotaje al tren blindado.

Perfecto en la Toma de Yagüajay, 1958.

—Después tomamos Cabaiguán. Ahí fue donde el Che se cayó y se fracturó el brazo. Más tarde, estando en la jefatura, llegó un jeep cargado de morteros y ametralladoras, para llevárselas a Camilo, porque no se rendía el cuartel de Yagüajay. Me fui en ese viaje, conocí a Camilo y lo fotografié por primera vez. Luego regresé a la Columna del Che y seguimos para la toma de Placetas, de Santa Clara, y de ahí para La Habana.

—Ya era corresponsal de guerra, aunque solo me había guiado por mi intuición. No sabía qué era un fotorreportero ni nada de eso. Retraté todo lo que me pareció interesante: las tropas, la gente atrincherada. En el hueco que abrió una bomba, por ejemplo, metí a unos compañeros y los fotografié.

 

Camilo habla a los soldados enemigos en Yagüajay para que se rindan: 28 de diciembre de 1958. (Foto de Perfecto Romero).

—Bueno, el Che le daba importancia a la fotografía porque era un periodista. En la Sierra Maestra hizo El Cubano Libre, y quería repetirlo en el Escambray; en Cabaiguán montó una redacción en la casa donde vivía el alcalde. Sobre una mesa larga pusieron las máquinas de escribir y crearon un periodiquito; eran cuartillas sueltas. La idea era elaborar uno de verdad, pero la imprenta nunca llegó. No era fácil subirla a las lomas, por muy chiquita que fuera. El Che sabía la importancia que tenía la comunicación con el pueblo, por eso también utilizaba la emisora de radio, que casi llegó junto con él.

—Y en la batalla de Santa Clara, ¿cuántos rollos usted tenía?

—Antes de unirme a la columna del Che nunca pude imaginar que mi tarea allí iba a ser tirar fotos, así que no llevaba muchos rollos cuando salí de Cabaiguán. Pero bueno, en cuanto pude fui a una tienda y conseguí algunos más. No tenía dinero, y le dije al dueño que cuando volviera se los pagaba (promesa que cumplí unos meses después del triunfo de la Revolución), y me los dio; de Sancti Spíritus también me enviaron otros. Eran de 120 milímetros y solo podían tomarse ocho fotogramas por cada uno. Aun así, pude hacer muchas fotos.

Fidel, el 9 de enero de 1959, en el Hotel Habana Hilton, tomando un daiquirí. (Foto de Perfecto Romero)

Una vez en La Habana, tras el triunfo revolucionario de enero de 1959, Perfecto se incorporó a Verde Olivo como el primer fotógrafo que tuvo la publicación. Él estaba en La Cabaña cuando el Che le dijo que se iba a crear un periódico del Ejército Rebelde y que fuera para allí.

—Luego había que llevarle semanalmente al Banco Nacional, a las doce de la noche, todo el material que iba a salir en Verde Olivo; él lo veía antes. Sabía que los Estados Unidos estaban a la caza de lo que pasaba en Cuba y no quería que se mentara la palabra socialismo y hubo algunos directores a los que se les fue de las manos esa discreción. Por eso cuando íbamos a hacer una foto de un semáforo tenía que estar alumbrado en el verde.

Cuenta que en esa época Verde Olivo aun no tenía laboratorio fotográfico, y que recuerda a los periodistas Eduardo Yasser y Marta Rojas escribiendo en una redacción improvisada en el Campamento de Columbia[i], en una casa muy cercana al aeropuerto del lugar. Así que, tomó sus bártulos, y se fue a la Oficina de Prensa y Radio, ubicada en propio perímetro militar, que dirigía Tabaco, un camarógrafo que conoció en Yagüajay.

—En aquel lugar había un grupo de fotógrafos ex guardias de Batista, que no habían cometido delitos y todavía no los habían licenciado. De ellos tomé los primeros conocimientos que recibí en la vida sobre fotografía de prensa.

En la década de los años ´60.

Porque cuando Perfecto Romero llegó a Verde Olivo sabía manejar la cámara, y poco más. Y allí fue donde se convirtió en un profesional de la fotografía y de la prensa, en el día a día, en la cobertura de todos los eventos de las Fuerzas Armadas y en las salidas del Ministro fuera del país; en el reporte del vuelo al cosmos del cubano Arnaldo Tamayo Méndez desde el Cosmódromo de Baikonur y durante toda su etapa preparativa; en los viajes con Fidel a muchos países y con el canciller Raúl Roa a la ONU, entre incontables acontecimientos de los que dejó el testimonio de la imagen.

—En Verde Olivo me ayudaron mucho. Pavón me daba un libro y me decía: “Léelo y me haces un resumen”. Llegué hasta el grado doce e ingresé en la Universidad, pero la dejé a medias porque no me gustaba escribir. Y me dije, no voy a perder tiempo aquí, tengo que seguir tirando fotos.

Perfecto Romero Ramírez es uno de los fotógrafos que más captó la imagen de Camilo y del Che. Y no sólo en la guerra, sino también en la ciudad.

—¿Cómo logró hacerle al Che todas esas fotos con su familia?

—Porque un día fui a su casa con Pavón Tamayo, el director de Verde Olivo, y el Che estaba allí jugando con los muchachos, y aproveché y se las hice. A él no le gustaban esas cosas, pero bueno, lo aceptó.

En el Estadio Latinoamericano, del Cerro. (Foto de Perfecto Romero).

—Y Camilo, cada vez que iba a un lugar pedía que un fotógrafo y un periodista le acompañaran. Estuve con él cuando vino la gente de Trujillo, de Santo Domingo; en Trinidad; en la Ciénaga de Zapata; en un buceo en la Bahía de Matanzas. Esa foto tan conocida, en la que están él y Fidel vestidos de peloteros, fue en el estadio del Cerro. Me enteré que iban a jugar esa tarde y fui para allá. Y cuando vine a ver me los encontré entrando al terreno y les hice la foto. Aquel día retraté a Fidel picheando y bateando y a Camilo, “quecheando”, porque a Camilo, desde niño, le gustaba ser quécher.

—A veces la foto tiene una cosa, que es estar en el lugar. No es un problema de ser el mejor fotógrafo ni el más malo. Si uno está en el lugar, puede hacer una foto que luego llegue a ser famosa.

—¿Y es cierto que fotos suyas sirvieron a José Delarra cuando esculpía  sus obras del Complejo Escultórico del Che en Santa Clara?

—Sí. Un día me encontré a Delarra y me dijo que le hacían falta unas fotos del Che. Me contó lo que iba a hacer y le imprimí, posiblemente, unas ocho del rostro del guerrillero y otra donde él está de pie.

La llegada de Tamayo Méndez del cosmos. Perfecto aparece con su cámara en el borde izquierdo de la imagen.

Son las cuatro de la tarde del 25 de enero de 2018. Perfecto narra su historia en el saloncito del quincenario humorístico P’alante, donde el aliento se retuerce por la agitación de los ácaros emergidos de pliegos viejos. En tono y ritmo invariables, casi sin signos de exclamación, habla de su vida. Pero cuesta explicarse, aun ante la transparencia de su mirada campesina, cómo llegó a la fotografía humorística hace veinticinco años, después de haber dedicado una buena parte de su existencia al foto reporterismo en las Fuerzas Armadas.

—La foto humorística puede hacerse hasta los cien años. Requiere menos esfuerzo, y ahora los equipos modernos facilitan mucho el oficio. Solo hay que estar pendiente de lo que ocurre a tu alrededor, y tener siempre la cámara a mano. Fíjate que, un día yo iba por la calle y un hombre aparentemente ciego, con un bastón, venía delante de mí por la acera. De frente a nosotros, se acercaba una muchacha, y de pronto se le cayó algo al piso. Ella se agachó para recogerlo y el hombre del bastón inclinó la cabeza para mirar el escote de la joven. Bueno, ese día yo no llevaba la cámara (risas).

—Y bueno, cuando Rosendo Gutiérrez me invitó a venir para P’alante, ya yo tenía mis años; me acababa de jubilar de las FAR. No cogí vacaciones ni nada. Porque, mira, yo nunca he podido olvidarme de mi origen: vengo de una familia de gente trabajadora. Además, trato de ayudar a todo el mundo y no presumo de nada, lo que he hecho en la fotografía, lo hice y ya. Es mi forma de ser. Creo que cumplí ese rol lo mejor que pude. La Revolución, me hizo gente.

—Otra cosa, a mí no me gustan las fotos en que no aparezca el hombre y la mujer, el ser humano debe estar siempre en la fotografía. Yo veo mucha televisión, pero a veces no aparece ni un campesino, ni un pescador, ni un albañil. Es bueno hablar de la cultura, pero también hay que hablar del trabajo ¿Verdad?

[i] Actual Ciudad Libertad.

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