Decir el qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué de un asunto, puede ser medianamente fácil. Investigar y luego plasmarlo con correcta redacción y gramática quizás no sea tan difícil. Si la pretensión es hacerlo sin caer en frases hechas, tomar distancia de los espacios comunes en busca de las esencias -usualmente subyacentes bajo circunstancias protocolares-, la tarea exige un poco más.

Siete años de ejercicio profesional, aunque fueran excelentes —no es el caso— resultan poco para hablar de periodismo. Ejercer el oficio encierra una dosis de responsabilidad considerable, directamente proporcional a nuestro compromiso con él; a varios colegas, veteranos en este mundo, he escuchado catalogarlo como “un sacerdocio, una aventura de la palabra y un deber moral”.

Como todas las profesiones, reporta alegrías y angustias, algunas propias de las rutinas laborales, otras llegan con las historias de vida de nuestra gente: los artemiseños, los cubanos, historias ajenas hasta el momento en que las descubrimos… y somos incapaces de permanecer indiferentes.

Quizás el mayor reto consista en ponerle contenido valedero al papel en blanco: exponer con suficientes argumentos el tema que usted quiere saber; tratar con amenidad aquel otro más abordado, pero que precisa mayor conciencia ciudadana.

José Martí, una de las plumas más brillantes de la literatura cubana y universal, fundador del periódico Patria el 14 de marzo de 1892 (fecha que marca la celebración por el Día de la Prensa Cubana), definió muy bien nuestra misión.

“Tócale a la prensa encaminar, explicar, enseñar, guiar, dirigir; tócale examinar los conflictos, no irritarlos con un juicio apasionado, no encarnizarlos con un alarde de adhesión tal vez extemporánea, tócale proponer soluciones, madurarlas y hacerlas fáciles, someterlas a consulta y reformarlas según ella; tócale, en fin, establecer enseñanzas, si pretende que el país la respete, y que conforme a sus servicios y merecimientos, la proteja y la honre”.

Probablemente convendrá conmigo en lo exigente del precepto martiano. Los instados a cumplirlo caminamos siempre sobre una daga de doble filo: un razonamiento bien elaborado puede consagrarnos; un error, hundirnos; un mismo argumento publicado nos gana adeptos y detractores. La fidelidad a la propia conciencia y a la verdad resulta la mejor brújula para marcar la ruta.

Mientras nos inquiete la búsqueda de las respuestas a las preguntas iniciales; mientras sintamos los nervios a flor de piel durante una trasmisión en vivo, la redacción de un trabajo a contrarreloj o el cierre de una edición; mientras nos asalte la preocupación por el criterio de los lectores, valdrá la pena correr el riesgo. Sin esa sensación, hacer periodismo nunca sabrá igual.

Aydelín Vázquez Mesa/Tomado de El artemiseño

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